67 años después, también te rezamos, señor, por aquellos hombres
OPINIÓN | Este 9 de enero, los supervivientes nos volvemos a unir en la oración, en el recuerdo herido y en la pena, para rendir nuestro pequeño homenaje a nuestros seres queridos

Supervivientes rezan ante los cadáveres de la tragedia de Ribadelago. / A. H. Z.
"Tú sabes señor de nosotros/ Tenemos frío y nos moja la nieve/ tenemos noche y nos hiere la sombra", Alcaraz, el obrero poeta.
Este 9 de enero, los supervivientes nos volvemos a unir en la oración, en el recuerdo herido y en la pena, para rendir nuestro pequeño homenaje a aquellos seres queridos: familiares, amigos, vecinos, que perdieron su vida arrastrados por el agua de nuestro Tera la noche del 8 al 9 de enero de 1959. Nuestro mítico río se reveló contra el muro de hormigón, que lo retuvo para hacerlo correr hacia arriba, cruzar toda la sierra encerrado en túneles y canales, hasta caer veloz desde una altura de 1600 metros de longitud, sobre unas turbinas situadas al otro lado y regresar a su cauce natural en Ribadelago. Ganó la guerra, pero perdió en la batalla la vida de 144 de aquellos seres que lo recibían con alegría y vivían en su orilla en total armonía con sus arrullos y sus aguas cristalinas como durante siglos habían hecho sus antepasados.
Aquel muro, aquellos túneles de duro granito, aquella central que alojaba las turbinas que convertirían su fuerza en energía para llevar la electricidad y progreso a las ciudades de España, fueron construidos por hombres pobres, duros, sacrificados, que dedicaron durante sus mejores años todo su esfuerzo y voluntad a sacar adelante unas obras durísimas que solo ellos en palabras de los jefes serían capaces de lograrlo.
Con ese espíritu, con el agradecimiento de un trabajo en su tierra y con la fuerza y el empuje de quien nada tiene y "llega el milagro". A las órdenes de otros hombres preparados, inteligentes que habían llegado desde Madrid, afrontaron como una gran familia aquella tarea ingente, aquella obra enorme para la que al principio no había suficientes medios, ni económicos ni mecánicos; ni métodos. Solo ilusión, esperanza, voluntad y fe.
Se dieron cuenta en seguida, de que el sueño era menos idílico de lo que creyeron: sufrieron con estoicismo los primeros y trágicos accidentes, presenciaron las muertes de los primeros compañeros, aprendieron con la propia experiencia a salvar en cada momento su vida. Muchos no lo lograron.
Con sus propias manos, barra y martillos, horadaron kilómetros de granito, construyeron carreteras y caminos, las presas del Cabril primero y las del Moncalvo después, cuando las cosas iban mejor para la Empresa.
"Te rezamos Señor cuando hincamos el pico/ cuando alzamos la pala/ Cuando sacamos de la mochila el tocino grasiento y el pan negro...", (ídem)
Aquellos hombres cargaban con su agotamiento, frustraciones, ruidos estrepitosos de barrenos y martillos perforadores, comían mal y poco, su cara siempre quemada por el sol o por el frío, cubierta de polvo blanco, las cejas congeladas, sus labios morados, sus manos resquebrajadas como el cemento que no fraguaba…y sueldos exiguos. Pero siempre resignados y agradecidos:
"Con malos ratos y sueldos de miseria sobrevivimos y alimentamos a nuestra familia, pero no nos vemos obligados a marchar lejos de nuestros hogares a buscar la vida",dejó escrito otro obrero anónimo.
Por la tarde, agotados, se sentarán en la puerta de la cantina rumiando su fracaso, las sombras de algunas sospechas, las broncas a veces injustas, el futuro incierto… y quizá con remordimiento tomen un vasito de vino bautizado que les costará unos céntimos, necesarios en casa… Una sonrisa amarga dibuja una mueca de profunda tristeza, que llevan ya pegada al alma.
"Te rezamos cuando vencida la jornada regresamos/ Qué lentos son los viejos Dodges, Señor", Alcaraz.
Por la noche, el aire helado se filtra por las rendijas de los barracones y les impide a veces conciliar el sueño.
"Te rezamos Señor bajo las mantas ásperas/ cuando los barrenos del primer relevo nos despiertan/ y mordiendo las primeras migajas del sueño/ nos apretamos al regazo tibio de la madre, de la esposa", (ídem).
Pronto llegan las nieves, las grandes heladas; no fraguará el hormigón y tendrán que parar la obra hasta que el tiempo mejore. La salud comienza a fallar. Respiran mal, retomarán de nuevo los sacrificios, las prisas, el caos. Vega de Tera es un Campo de Agramante: apremio, hasta el agotamiento producido por el destajo. Avanzar, avanzar ¡Hay que terminar ya!
Llegan órdenes perentorias de los jefes pero en la presa se hace lo que se puede, o ¿lo que se quiere? Los hombres han comenzado a morir por silicosis contraída en los túneles. Será una lista interminable de muertes más allá de la tragedia. Casi está termina la obra. Los mayores son despedidos.
El día 5 de enero del 59 los jefes visitan Vega de Conde. Dos técnicos toman de prisa unas medidas. Hace mucho frío. El director y el resto se despiden en seguida han estado unos escasos minutos. Los obreros se encogen de hombros. "A lo mejor la próxima vez vienen con más tiempo",dice con sorna el operario que los atendió. Siempre vienen con prisa".
Saben que la situación de la cercana presa de Vega de Tera está al límite de pérdidas, pero no van a verla.
Cuatro días después la presa revienta. Algunos de ellos y las familias de muchos de aquellos hombres de Ribadelago mueren. Sus sacrificios han sido para su propia perdición, su vida queda destrozada. Pero España sí progresa.
"La Empresa ha sufrido poco daño. La central siguió produciendo al máximo. Sólo estuvo parada un día…", le dice el presidente de la sociedad a sus socios cuando ocurre la tragedia. Eso era lo importante.
¿Quién se acuerda hoy, Señor, de aquellos hombres, al encender la bombilla o enchufar su computador?
Nosotros nos unimos a la voz de sus capataces que ya entonces reconocieron el enorme valor de su trabajo:
"…y yo no encuentro palabras/ con que poder dar las gracias / por tanto sudor vertido/ en ayuda de la patria/ Una oración por aquellos que en las alturas descansan", A. Matas, capataz.
"Nuestro recuerdo, (cariño y homenaje) para aquellos que en el sagrado cumplimiento del deber inmolaron su vida", A. Justo (ídem).
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