Doce meses, una causa | 8M Mujer
Laura, mujer transexual de Zamora: "El camino es difícil, pero hay que vivir, los miedos no duran siempre"
"Queremos respeto no comprensión, ¿qué te hace sentirte dueño de la vida de otra persona?, es muy triste que tenga que haber leyes para protegernos"

Laura, en la plaza de la Catedral de Zamora. / JOSE LUIS FERNANDEZ
Laura llegó a Zamora para sentirse totalmente libre como mujer, eligió esta ciudad como el kilómetro cero de su nueva vida, a la que dice sentirse "inmensamente agradecida por la acogida y el cariño que estoy recibiendo". En su ciudad, en Vitoria, deja un pasado lleno de dolor, toda una vida de amargura y miedo, mucho miedo. "La mayoría de mujeres transexuales optamos por asentarnos en un lugar diferente para poder hacer la transición", el anonimato les concede un respiro, la paz que no hallan en lugares de origen pequeños donde han crecido con el aspecto físico en el que habitaban en silencio las mujeres que son.
El intento de suicidio
"Con tres o cuatro años me vestía con las ropas de mi madre, me maquillaba y me colocaba los tacones". Siempre a escondidas, "en la intimidad, era como un juego, me miraba al espejo y era feliz". Laura ha tardado décadas en dar el paso, tras un intento de suicidio con 17 años después de una infancia solitaria, "de ser el niño raro, que hablaba poco, no interactuaba. Era yo en mi mundo y que me dejaran en paz", atenazada por "un sentimiento de miedo" que la acompañó hasta que "con 35 años decidí que no podía renunciar a vivir, tenía que salir a la luz". Entre las personas transexuales la tasa de suicidios es del 40% y más de la mitad lo intenta, subraya Laura.
Desde parvulitos hasta que acabó los estudios de administrativo, el acoso por sentirse una niña fue feroz. No recuerda un solo día feliz en clase, "sufrí agresiones constantes, me escupían, me pegaban, me insultaban... y no entendía qué pasaba, no había la información que existe ahora. Bibi Andersen empezaba a salir en televisión y yo solo quería ser como ella, pero me parecía inalcanzable".
"He tenido una vida desde la niñez de mucho sufrimiento: agresiones, insultos, escupitajos y soledad desde que tenía tres o cuatro años, con 17 años intenté suicidarme"
De vuelta a esa niñez "de mucho sufrimiento, de no querer mostrarte y construir un muro alrededor para que nadie pudiera hacerte más daño", relata dos episodios que la marcarían profundamente y contribuirían a sumirla en una depresión de la que ha podido salir recientemente e iniciar el tratamiento médico en noviembre de 2024 para transformar su cuerpo en el de la mujer que siempre se ha sentido. El primero de esas situaciones extremas fue cuando "a los cuatro años me rompí el brazo porque me empezaron a perseguir para pegarme, me caí y se tiraron todos encima". Ir al colegio era un suplicio, el maltrato por romper la dualidad patriarcal chico-chica lo ejercía alguna profesora, "una me apartaba del resto de la clase en una silla".
La paliza de su único amigo
Laura creció sin amigos ni amigas, solo fue "uña y carne con un niño desde EGB hasta bachillerato: yo era ‘el maricón’ del instituto y a él empezaron a llamárselo por ir conmigo. Un día me dio una paliza delante de todos. Me dejó rota por dentro, para mí era mi amigo del alma, mi hermano". La adolescencia incrementó su aislamiento con un cuerpo que comenzaba a transformarse y no la identificaba, "no quería ducharme en el colegio porque no quería mostrarme".
Su familia ni preguntó ni se preocupó ni se ocupó de esta tremenda situación. "Mi madre lo tenía que intuir porque estaba siempre con ella y ella muy encima de mí". Cuando le habló de su transexualidad hace un par de años y de que iba a vivir en pelnitud, "reconoció que había madres con hijos homosexuales que los cambiaron de colegio varias veces, pero ella no quería que pasara por eso, me protegía ocultándome".

Laura en el parque de Olivares, donde se reúne el Colectivo KuZa al que pertenece. / José Luis Leal
No se sintió segura ni en su casa, "mi padre era un machista, estricto y dominante, mi familia es machista cien por cien". Todavía hoy, no entienden que haya dado el paso de hormonarse. "Siempre he estado oculta. Tras el intento de suicidio, decido encerrar todo en el baúl de los recuerdos, aparentar lo que no soy". En Vitoria, no había bares de ambiente, ni colectivos de homosexuales. Cuando salía "siempre me entraban chicos, los apartaba, había decidido ocultarme. Estaba anulada, no sabía quién era, qué quería, vivía por inercia".
Crisis de indentidad y terapia: el perdón y el renacer
Agotada por esta lucha, inicia el camino de la terapia con 30 años en busca de sí misma, "para darle sentido a mi vida". Abre la puerta a la meditación, el yoga, el crecimiento personal "y empiezo a recordar mi infancia, la tenía encerrada. Ahí tomo conciencia de quién soy, sufro una crisis de identidad al cumplir los 40 años, me planteo qué ha sido mi vida todos estos años. Es un proceso muy doloroso de perdonarme por haberme hecho todo ese daño a mí misma y de perdonar a mi familia, a la gente que enfrento con psicólogos. La terapia me ha dado herramientas para vivir".

Laura, mujer transexual que ha elegido Zamora para vivir. / José Luis Fernández / Jose Luis Fernández
Esa etapa coincide con su trabajo en Madrid, "empiezo a derribar el muro, a ver más allá, a conocer mi cuerpo, a maquillarme y vestirme de mujer, a tener relaciones con hombres como yo me sentía. Es un despertar, un renacer". Hace cinco años se empoderó y hoy es activista del Colectivo LGTBIQ+ KuZa en Zamora. Su empresa le ha permitido instalarse en la capital, donde se ha sentido muy integrada con sus compañeras para las que no encuentra palabras de agradecimiento por trato cercano y cariñoso.
"Deseo que las mujeres trans vayan hacia la luz y no permitan que nadie las apague; a los hombres, les digo que no pasa nada por salir con una mujer transexual, al contrario, es apoyar a alguien que decide vivir como es"
No olvida la primera vez que salió vestida de mujer, aunque iba acompañada para sentirse más segura, "tenía pánico por la exposición, la reacción de la gente, a las miradas, lees en ellas el rechazo, el asco, a veces, el deseo", aunque iba acompañada para sentirse apoyada.
Hace un año sufrió una violación, "vivimos una época muy peligrosa". No logra entender a la gente tránsfoba: "¿qué más les da que hago con mi vida?, ¿qué te hace sentirte dueño de la vida de otra persona?", se pregunta con un punto de indignación y otro de amargura. "Pido respeto, no comprensión, no espero que me comprendan, solo que me dejen vivir como decido. Es muy triste que tenga que haber leyes para protegernos".
A quienes pasan por su misma experiencia les anima vivir, "el camino es difícil, pero los miedos no duran siempre" y tiende su mano, abre las puertas de su casa, para ayudar a quienes estén pasando por lo mismo que ella ha pasado para llegar a donde está. "Vamos a dejar de victimizarnos, sal a la calle y muéstrate como eres, una persona como cualquier otra, vive tu vida. Hay muchas asociaciones, colectivos, también gente mala, pero tenemos que aprender a vivir con ella, no podemos condicionar nuestra vida por esto".
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