Así era en los años 50 Monte la Reina, el prestigioso campamento militar de universitarios
El campamento militar ubicado en Toro fue uno de los más importantes de España en la última mitad del siglo pasado y hasta poco antes de su cierre en 1997. De ese prestigioso pasado da fe uno de aquellos jóvenes soldados.

F. E.
Durante 92 días, entre junio y agosto, más de 800 jóvenes convivían en el campamento militar de Monte la Reina de Toro bajo las órdenes de unos 25 mandos, para realizar la denominada instrucción premilitar superior, "milicias universitarias", un plan de 1942 exclusivo para estudiantes universitarios que les permitía realizar los tres últimos cursos de carrera sin interrupción, recuerda uno de aquellos soldados, Emilio García, que ingresó en junio de 1959 en la Unidad de Caballería. De ese modo, sorteaban los dos años de mili impuestos por el franquismo.
Monte la Reina, enclave de las tropas de Isabel la Católica en la batalla de Toro, pasó a convertirse en campamento de instrucción militar, tal y como se ha conocido en Zamora, en 1944 en una extensión de 1.236 hectáreas, con la zona de maniobras y de práctica de tiro recuperadas recientemente con el proyecto de reapertura del Ministerio de Defensa como centro logístico 3.0.
Allí, destinado en la Unidad de Caballería, pasó los dos veranos de quinto y sexto de la carrera de Veterinaria Emilio, un leonés que a los 90 años recuerda con nitidez cuando con 21 años cruzó por primera vez la "ancha puerta de la verja que daba a la estancia donde hacíamos guardias en la entrada y se tramitaban asuntos. A unos 50 metros, estaba el edificio principal, donde residían el coronel y sus subordinados". Cerca, la heladería, el bar, la piscina daban un respiro a los soldados, que disponían de una tienda para comprar y de "una amplia pradera para descansar", la misma en la que hacía la instrucción y daban las clases teóricas.
Las tiendas de campaña y el lavadero
Caballería estaba "al final del recinto y a la derecha, en paralelo a la carretera de Toro a Zamora", tras las dependencias de Artillería y de Infantería. En cada unidad, las tiendas de campaña con "paredes de cemento redondas de un metro y medio de altura y techadas con una gran lona sujeta en el centro del habitáculo por un mástil conformaban los espacios donde de en ocho en dormían los soldados sobre colchonetas", que ellos mismos limpiaban. En la cabecera del hueco en el que dormía cada recluta, una especie de balda sujetaba aquellas maletas de cartón.
"Más distanciados estaban los caballos y las tiendas de los regimentales, que eran soldados que hacían la mili normal", los dos años obligatorios, "que cuidaban de la limpieza del campamento y de los animales", agrega este veterinario leonés, de Trobajo del Camino, que se encontró en Monte la Reina con otros dos chicos de su pueblo con los que reforzó los lazos de amistad.
Cada unidad tenía distribuidas en círculo las tiendas de campaña, "menos en la parte del camino que cruzaba el campamento, donde había un amplio espacio destinado a la entrada de vehículos si fuera necesario". Al lado contrario de ese camino, estaba "la fuente y los lavaderos para asearse y lavar la ropa", tarea de la que se encargaba cada recluso.
Escapadas a las fiestas de Toro
Una alambrada de espino de varios metros de altura, rodeada de maleza, cercaba las instalaciones, bajo vigilancia en dos garitas para impedir que los soldados pudieran escaparse o salir sin permiso, lo que no era tan difícil. Emilio no faltó a las famosas fiestas de San Agustín en Toro, "los dos años fuimos cuatro o cinco, avisábamos a los compañeros de la garita, ‘esta noche vamos a salir’. Solo había que tener cuidado de que no nos pillaran al salir y de ‘que no os vean al entrar’. Nos preparábamos de paisano cuando se ordenaba ir a dormir" para ir hacia la salida con sumo sigilo.
La proximidad de la estación de Renfe facilitaba la escapada, "el señor que trabajaba allí nos dejaba llamar por teléfono a un taxi de Toro. Volvíamos para estar antes del toque de diana" para levantarse. Nunca fueron descubiertos.

Emilio García junto a otros compañeros en la fuente lavando su ropa. / Emilio García/Cedida
Otros momentos de asueto eran las "celebraciones en la tienda de campaña o al lado, nos permitían pasarlo bien siempre sin molestar y sin beber, estaba prohibido". Esas juergas, las más discretas en la cantina o la puerta, nunca tenían como escenario los comedores, "había uno grande cubierto, con columnas" y otro al aire libre. Los menús "eran variados, comíamos bien, no pasabas hambre".
Las duras maniobras a caballo junto al castillo
Monte la Reina era entonces "uno de los cuarteles más importantes de la época", incide Emilio, quien guarda "buenos recuerdos, había buen ambiente", de los que da fe su amplio álbum de fotos. Sin embargo, en su memoria guarda también otros episodios menos gratos. "El campamento en Caballería era duro, el primer año toda la instrucción la hacíamos a caballo, maniobras, ataques...", no tanto para él, que sabía montar porque procedía de una familia de ganaderos que tenían caballos.
Quienes tomaban contacto por primera vez con estos animales "recibían unos días de clases para aprender a montar, pero no era fácil. Había caballos y caballos, cogías el que te tocaba". Si se trataba de "el Panamá", la maniobra sería dura sin duda porque "era vago y no caminaba, era muy cabrito y sacudía patadas, había que bajarse y llevarlo a un sitio cubierto a veces".
"¡El que tenga cojones que me siga, el que no, para casa!"
El mal carácter del jefe que le tocó en suerte no puso las cosas fáciles. El teniente de Estado Mayor "durante las maniobras nos metía por los sitios más peligrosos, por donde había pendientes grandes", en la parte donde se ubica ahora mismo el castillo de Monte la Reina, al otro lado del campamento. "Nos decía ‘¡el que tenga cojones que me siga y, si no, que se vaya a casa!’. Al bajar pendientes, los pasábamos mal, los caballos también". Algunos soldados se caían y acababan heridos; otros tenían que proseguir a pie.
Cada "batalla" ganada iba seguida de una celebración "en pueblos cercanos como Peleagonzalo, entrábamos a caballo" en busca de algún restaurante "para comer", eso sí, "se pagaba a escote". La victoria se alcanzaba al hacer la envolvente al enemigo sin fuego real, la Caballería vadeaba el río Duero, la Infantería y la Artillería atacaban por el otro lado. Coreses y Toro fueron otros de los pueblos que Emilio conoció así.
"Operación perdiz"
La "operación perdiz", propia de una película de Berlanga, anécdota que define a aquel ejército franquista, tenía por objeto cazar las aves a mano, sin escopeta, manjar para el disfrute de los mandos. "Los 80 caballos se colocaban escalonados, uno cada cinco o seis metros, iban al trote por el campo y espantaban a las aves, desde los coches de Caballería las esperábamos más abajo, llegaban tan cansadas que se quedaban acurrucadas en el suelo y las matabas a mano".
Pero no todo fueon maniobras e instrucción, también hubo tiempo de salir, "se alquilaba un autocar entre unos cuantos a una empresa de Zamora por mediación de un compañero que organizaba todo a cambio de un dinero, nos llevaban a casa y nos traían de vuelta".
Los soldados destinados a este campamento procedían fundamentalmente de lo que hoy es Castilla y León, de Zamora, de León, de Ávila, como el expresidente del Gobierno Adolfa Suárez, de Salamanca o de Valladolid; y del norte del país, Asturias, aunque llegó a haber andaluces, como el también expresidente del Gobierno, Felipe González, o catalanes como el expresidente Jordi Pujol.
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