Raigambre
De calzada romana a autovía: la persistencia de la Vía de la Plata a través de los siglos
Desde los tiempos de Roma, la Vía de la Plata ha sido un eje vertebrador para el comercio, la administración y la cultura, conectando ciudades y comunidades a lo largo de los siglos.

F. E.
Gustavo Rubio Pérez
Mucho antes de que los ingenieros romanos desplegaran su geometría de piedra, el oeste peninsular estaba ya surcado por sendas duras abiertas por los pasos de los ganados trashumantes y las caravanas que enlazaban el golfo de Cádiz con la cornisa cantábrica. Zamora, asomada al Duero y desde tiempo inmemorial erigida en encrucijada de cañadas, conocía ese tráfico remoto de lana, sal, minerales y de noticias que tardaban semanas en propagarse por sus dehesas y parameras.
Tartesos, vetones, vacceos, astures y otros pueblos peninsulares ya sabían que seguir este pasillo natural era avanzar hacia otras tierras sin despeñarse en las sierras y esquivaban la mayor parte de las trampas de la orografía. Roma, que tenía la virtud de convertir en sistema lo que los pueblos hacían por instinto, no hizo sino formalizar estos corredores, acotarlos, medirlos, dotarlos de pavimento, puentes y miliarios, hasta convertirlos en calzadas dignas de un imperio.
Y así, con la conquista romana de Iberia y la constitución de Emerita Augusta (Mérida) como capital de la Lusitania, y de Asturica Augusta (Astorga) como gran centro administrativo y militar del noroeste, la vieja senda se convirtió en calzada con nombre propio, la Vía de la Plata. Y no, no se trataba de un capricho cartográfico, sino de un eje de dominación en toda regla, pues por ella marchaban las legiones, los recaudadores, los mercaderes de aceite bético y vino lusitano, así como los funcionarios que sostenían la maquinaria de la administración imperial.
Por aquella Zamora de antaño, la calzada discurría al oeste del casco urbano, asociada a mansiones y núcleos secundarios que salpicaban el paisaje, testimoniando aquel pretérito y continuo tránsito de personas y mercancías. La calzada cruzaba ríos mediante puentes de sillería, salvaba arroyos con alcantarillas y marcaba su autoridad con piedras miliarias, esos cilindros pétreos donde se inscribían los nombres de emperadores que jamás pisarían nuestras soledades de montes, mesetas y ríos.
Tras la caída de Roma y los siglos convulsos que siguieron, la vieja calzada no se borró, sino que se degradó a camino terroso, pero manteniendo su función primordial de ser pasillo entre el Sur y el Norte peninsular y siendo sostén de gentes que buscaban supervivencia, comercio o refugio; pero cuando el Reino de León empezó su avance repoblador hacia el sur, acorralado por Portugal por poniente y por el reino de Castilla por oriente, la Vía de la Plata se convirtió en su verdadera arteria vital.
Las huestes leonesas, los monjes que bajaban a fundar monasterios, los colonos que recibían cartas pueblas en villas a medio camino entre Salamanca y Zamora, todos seguían esa cicatriz milenaria, como si la misma historia les marcara el itinerario. Desde las campanas de la catedral de Zamora hasta las murallas de León o las aulas tempranas salmantinas, una misma línea de polvo y herrumbre unía territorios y comunidades, cosiéndolos en una sola geografía política y cultural.
En la Edad Media la Vía de la Plata se transfiguró en camino de fe, pues los peregrinos que desde las actuales Andalucía o Extremadura se encaminaban a Santiago, empalmaban aquí con el Camino Francés tras atravesar Salamanca y Zamora, haciendo de la ruta leonesa la más natural para alcanzar el sepulcro del Apóstol. Zamora, entonces escala, centinela y puerta del norte del Reino de León, comenzó a escuchar en su piedra el paso de bovinos y romeros, arrieros y estudiantes, soldados y tratantes de mulas, devotos y peregrinos.
Los siglos trajeron nuevas tecnologías, pero el viejo instinto geográfico persistió, pues donde Roma traza una calzada, la Edad Contemporánea superpone raíles, carreteras nacionales o autovías, y ya a finales del siglo XIX inauguraría la línea férrea de la Ruta de la Plata, que unió durante casi un siglo Astorga con Plasencia, pasando por Zamora, y prolongando de hecho hacia el sur aquella vocación de pasillo longitudinal del occidente hispano.
Los trenes que cruzaban nuestra provincia no eran sólo convoyes de carbón, cereales o viajeros modestos, sino la encarnación moderna de la función vertebradora que, desde tiempos de Augusto, definía este corredor. El cierre de la línea, a finales del siglo XX, fue algo más que una decisión administrativa y supuso, para Zamora, el resto de León y Extremadura, una amputación simbólica, económica y social de esa columna vertebral de hierro que actualizaba la milenaria Vía de la Plata. Hay quien dice que sepultura.
Hoy, la N‑630 y la autovía A‑66 se superponen, en buena medida, a aquel itinerario, reconvirtiendo la calzada y la vía férrea en ruta turística, cultural y de negocios que presume de unir Sevilla con Gijón, mientras atraviesa las provincias de Salamanca y Zamora rumbo a León y Asturias. Debajo del asfalto, sin embargo, aún palpita la memoria romana y medieval como un eco perpetuo de siglos.
Y cómo no, como bien sabe el lector, todo camino antiguo engendra sus leyendas y la Vía de la Plata no podía escapar a esta lógica secreta. Una de las que tiene sentida un servidor, cuenta la historia de un arriero que se atrevió a desafiar la voluntad del camino, empeñado en forzar una etapa más, cuando las sombras ya se tendían largas sobre los campos y las guías de entonces aconsejaban buscar refugio antes de que el Duero se volviera negro como un espejo de carbón.
Aquel arriero, cargado de sacos de lana rumbo a Astorga, ignoró las advertencias recibidas en una venta cercana a Zamora, convencido de que su recua aguantaría la noche. Al poco de internarse en el tramo siguiente de su ruta, un extraño silencio cayó sobre el llano; ni grillos, ni cencerros, ni el rumor lejano del río. Entonces, de entre la penumbra, se le apareció un caminante envuelto en capa raída, con un bordón muy gastado y una concha en el sombrero, que le pidió plata para comprar una vela que encender en la catedral de Santiago.
El arriero, cicatero, se negó, alegando que nadie llegaba tan tarde a Zamora sin mala conciencia. El caminante le miró con tristeza y le dijo: "Este camino se llama de la Plata no precisamente por el metal que codiciáis. A partir de hoy, ninguna ganancia te llegará entera". A la mañana siguiente uno de sus animales había caído por un terraplén, y un saco entero de lana se había empapado en un charco que olía más a destino que a agua.
Desde entonces, los arrieros que recorrían la vía solían guardar una moneda para el primer pobre o peregrino que se cruzara con ellos en la ruta, no por caridad exquisita, sino por miedo reverencial a la maldición del camino que no perdona.
En cualquier caso, no es casual que los grandes virajes de la historia del Reino de León hayan sucedido a lo largo de este corredor pertinaz que llamamos Vía de la Plata, heredero de las sendas que ya hollaron astures, vetones y vacceos cuando Roma aún no había soñado sus legiones. Por aquí subieron y bajaron monarcas ceñidos de hierro y polvo, como antes habían marchado centuriones y recaudadores del César, y más tarde prelados custodios de reliquias, corregidores de los Austrias, recaudadores borbónicos y hasta ingenieros de la modernidad que trazaron raíles y carreteras sobre el viejo espinazo de piedra. Cada miliario, cada pontón, cada desvío hacia una aldea encaramada en el páramo han sido testigos mudos de muchos aconteceres solemnes, pero también de la crónica menuda de quienes, sin figurar en los anales —pastores, soldados romanos, frailes medievales, comerciantes decimonónicos, conductores de tráiler bajo la luz mortecina de las áreas de servicio— han mantenido vivo el pulso de esta tierra, cosiendo con sus pasos, siglo tras siglo, la memoria entera de lo nuestro.
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