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Doce meses, una causa | 8M Mujer

Rafaela Caballero Villalón, agricultora, ganadera y hostelera: "No llegué a ver el sol salir porque ya estaba trabajando en el campo"

"Me marché a los 27 años a Alemania porque veía que la gente volvía con dinero. Dejé a mis tres hijos con mi marido, no me lo pensé dos veces"

A sus 87 años, la firmeza de su voz define el arranque que hizo de Rafaela Caballero Villalón una luchadora y emprendedora, mujer moderna, dispuesta a aprender y a arriesgar para romper las barreras de aquellos tiempos en los que se les prohibía todo y la dependencia del hombre era absoluta. Ni los límites que pudiera ponerle su pequeño pueblo, Ferreruela de Tábara, pudieron con su espíritu indomable, cabezota y libre por naturaleza. Nacida en 1938, supo desde muy niña qué era trabajar duro en el campo, desde el amanecer al anochecer, con los animales, cabras y vacas y, después, en los negocios familiares.

Vivir mejor, "dar mejor vida a mis tres hijos y a mis tres hijas", era el único horizonte de esta enérgica mujer como tantas abuelas fraguadas en aquellos duros años del franquismo, de penurias económicas, de imposible acceso a los estudios, en los que la mujer estaba destinada a quedarse en casa, ser sumisa, a cuidar al marido y a la familia. Cuidar cuidó, pero con su esposo siempre como cómplice, cuenta esta tabaresa dicharachera, de buena conversación. A los 16 años se casó con Manuel Fernández Blanco, "ya se había enamorado de mí en la escuela y a mí me gustaba, era muy guapo. No quería ir a la mili y un día me dijo que nos teníamos que casar. Yo no quería, pero ha sido el mejor marido y el mejor padre", auténtico compañero de vida de esta revolucionaria que siempre andaba maquinando cómo ganar una peseta más, un afán que tenía que ver con esas ganas de arriesgar en nuevos negocios y nada con la codicia: "Yo lo doy todo, ahí están los hijos y los nietos".

Rafaela venía de una familia de agricultores y ganaderos "con hacienda, mi padre no quería que me casara con Manolo porque no tenía tierras, entonces las familias te casaban para aumentar lo que tenían". Pero Rafi no cedió, "le dije, ‘yo me enamoro con esto y con esto’", y señala los dos ojos y la boca, y retó a su padre con irse de casa si no permitía esa unión.

"No llegué a ver el sol salir porque ya estaba trabajando en el campo" | JOSE LUIS FERNÁNDEZ

Rafaela observa la foto de boda con Manuel Fernández / JOSE LUIS FERNÁNDEZ

Lleva a gala su destreza para cocinar, "eso es cosa mía, si no me dejan, me enfado", y para jugar a las cartas y dar la batalla como buena peleona que ha sido siempre. Quizás la dureza del campo fue labrando esa forma de encarar lo bueno y lo malo que la vida le ha puesto delante. Trae a la memoria a aquella Rafi de seis años que sus tíos llevaban "en la burra, atada para no caerme, a recoger los chivos cuando parían las cabras. Me los colocaban en las alforjas y yo guiaba a la burra". ¿Pero sabía?, "claro, si yo siempre fui muy lista". Cuidaba la hacienda de la abuela "desde los 10 años, hacía lo que me mandaban, si había que arramar abono en las fincas, era otra más".

La jornada era interminable, "el sol entraba pronto por la ventana de mi habitación, pero yo nunca lo vi", el quehacer del campo y del ganado concluía y las mujeres y las niñas afrontaban solas el trabajo de la casa: cocinar, limpiar, lavar, planchar... Tenía 12 años cuando aprendió a llevar las vacas para arar, la misma a la que "empecé a andar con las cabras por el monte sola durante cinco años. ¡Si estoy molida, hija!". Pasó de la casa paterna a formar su propia familia, "estuvimos unos años mi marido y yo arando y con los animales, pero le dije ‘esto no es vida, tenemos que marchar de aquí’".

Esa lucidez innata para descubrir dónde hay un buen invertir les convirtió en empresarios, "el del bar vendía el negocio y mi marido lo compró con el salón de baile y la casa, la mejor de Ferreruela entonces". El joven matrimonio pagó las 100.000 pesetas ahorradas en cuatro años. Rafaela tenía 21 años cuando se colocó tras la barra en 1959, abría a las 12.00 cuando regresaba del campo, pendiente de las ovejas, y cerraba pasada la media noche. "Dormir, poco, como todas las mujeres de esa época".

Su hijo mayor entonces tenía dos años, "yo no sabía ni poner una taza, ¡pero cómo aprendí!". A base de poner cafés, copas y refrescos logró aprender ella sola a sumar y restar. Apenas fue al colegio aunque lo comenzó con 6 años y terminó con 14, "estaba trabajando siempre", pero "El Salón" de baile le abrió las puertas a otros mundos que le enseñaron a tratar con gentes de toda condición, absorbió de cada uno aquello que ampliaba sus horizontes culturales, "mi marido y yo íbamos con el maestro, el médico, el farmacéutico".

Su inteligencia natural, siempre en efervescencia, no dejó de nutrirse hasta convertirla en una mujer más ilustrada y abierta de mente. Tanto que pasó de amenizar las tardes de baile con una gramola y meter una orquesta, de dar alguna comida a embarcarse en banquetes de boda, tras la primera petición, que salió a pedir de boca, la fama en la zona se extendió y le contrataban bautizos y comuniones. Fueron años dorados para la familia que cerraría el local hacia el año 1985, desbancado por las discotecas.

La incesante búsqueda de nuevos retos llevó al matrimonio a comprar un camión para repartir abono, negocio al que se unió el hijo mayor, que con 13 años tuvo su primer tractor, y al que Rafaela arrimó también en hombro, "¡descargaba sacos de 100 kilos yo sola!", exclama orgullosa. Pero las aventuras de Rafaela no terminaron ahí: decidió irse sola a Alemania con 27 años, "fui a ver qué tal era aquello. Yo veía que la gente volvía con dinero y quise marchar, no me lo pensé dos veces. Mi marido no quería" y él se quedó en Ferreruela con los tres hijos, "me dijo ‘ir vas, pero verás que pronto vuelves’, bien sabía él".

En la fábrica de textil que la contrató "lloré todo lo que quise, los seis meses que estuve". La aventura terminó rápido, había ido embarazada sin saberlo. Ese carácter le sigue acompañando, se pone en pie y exclama "¡Mira como ando!" y recorre ágil la amplia cocina donde tiene lugar la entrevista. No se despide sin advertir que cumplirá los 100 años, "mi suegra me dejó un papel firmado con ese compromiso".

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