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Callejeando por Zamora

Balborraz, del antiguo corazón artesano al icono más fotografiado

El recorrido por la arquitectura popular, el legado de antiguos gremios y joyas modernistas entre los edificios de esta pendiente desafiante, la convierten en una de las calles más bellas del país

El recorrido por la calle Balborraz en Zamora descubre joyas de la arquitectura popular que sobreviven al paso de los años. | L. O. Z.

El recorrido por la calle Balborraz en Zamora descubre joyas de la arquitectura popular que sobreviven al paso de los años. | L. O. Z.

Iniciar un recorrido por la ciudad de Zamora a través de sus calles implica elegir un lugar que resuma, en unos pocos metros, siglos de historia, transformaciones urbanas y el carácter de una ciudad que nunca ha perdido de vista sus orígenes. La calle Balborraz concentra todo eso. Nexo entre la zona alta de la ciudad y la antigua Puebla del Valle, en algo más de 150 metros de recorrido, presenta una pendiente desafiante y escenario cotidiano para generaciones de comerciantes, artesanos y vecinos. Esta rúa empedrada es uno de los rincones más fotografiados de España y no es algo casual.

Su situación explica gran parte de su relevancia. Desciende desde el corazón institucional de la ciudad hacia el río, justo donde los mercaderes que llegaban desde el sur cruzaban el Puente de Piedra. Esa conexión directa con las puertas de la muralla convirtió Balborraz en paso obligado para quienes transportaban mercancías o se dirigían al mercado. Con el tiempo, el tránsito constante derivó en un potente foco comercial: talleres, oficios y tiendas ocuparon la calle y su entorno, dando nombre a muchas vías próximas como Oro, Plata, Caldereros, Zapatería, que recuerdan su pasado gremial.

El ir y venir constante de comerciantes y artesanos dejó una impronta clara en Balborraz. La topografía de la vía obligó a muchas viviendas a salvar la pendiente a través de estructuras apoyadas en los restos de la muralla. Algunas construcciones históricas, como el antiguo Palacio de Las Golondrinas, no han llegado hasta nuestros días, pero esta calle conserva un conjunto de elementos populares que cuentan su evolución: balcones de madera que se van sucediendo hasta llevar la mirada hacia el río, miradores añadidos entre finales del XIX y comienzos del XX y fachadas repletas de detalles de la arquitectura popular que se descubren al observarlas con calma y que distinguen a Balborraz frente a otras zonas del casco antiguo.

Dos joyas modernistas

Del recorrido por esta calle destacan a pocos metros de la Plaza Mayor dos joyas modernistas: en el número 3, la Casa de Faustina Leirado (1910), un estrecho edificio de fachada azul; y prácticamente enfrente, en el número 4, la de Mariano López (1908), una construcción mínima. Son dos edificios de líneas verticales y diseño estilizado, ambas firmadas por Francesc Ferriol, y que contrastan con las construcciones populares que las rodean. Este tramo de Balborraz es una de las paradas imprescindibles para aquellos que siguen la ruta del Modernismo de la ciudad de Zamora.

A pocos metros de estas joyas arquitectónicas destaca el inmueble del número 16. Se trata de la casa donde vivió y trabajó el escultor e imaginero Ramón Álvarez, figura clave para la imaginería zamorana ya que con su obra ha contribuido a la fama internacional de la Semana Santa de Zamora. Dos placas en la fachada recuerdan hoy su vínculo con la calle y el legado artístico que dejó a la ciudad.

Con el paso del tiempo, el comercio zamorano se desplazó hacia otras zonas de la ciudad y la mítica actividad artesanal de Balborraz entró en retroceso. La calle llegó a rozar la decadencia, pero una intervención a finales del siglo XX, a cargo de Lourdes Arenas y merecedora de un reconocimiento europeo, consiguió recuperar un espacio que parecía condenado.

Hoy, Balborraz mantiene su valor histórico, pero es una calle con vida, marcada por siglos de pasos. No sorprende que figure en el Portal Oficial de Turismo de España como una de las doce calles más bonitas del país. Lo demuestra cada día el turista que se detiene a fotografiarla o el zamorano que la sube sin prisa, consciente de todo lo que representa esta rúa.

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