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Doce meses, una causa| 8M Mujer

"Se me quemó la comida un día y pensé, tiene razón, no sirvo para nada", Andrea Benítez Nóguez, víctima de violencia de género

"Quería irme, se enteró de que tenía trabajo, me llevó a su bodega, quedé inconsciente de la paliza que me dio, creyó que me había matado y se fue"

La necesidad de trabajar en un país que no es el suyo colocó en su camino a quien pudo haber sido su verdugo. Él buscaba cocinera para su bar, ella tenía experiencia, y llamó. Andrea Benítez Nóguez se vio sin trabajo al poco tiempo y otra vez la necesidad la colocó en el lado más vulnerable de la cuerda. Y terminó "ayudando en el campo" a su empleador, de iniciales J.G.I., aunque no tenía experiencia, "andaba con las plantas tomateras, de cebollas", extenuada, "me dolían las piernas muchísimo, pero seguía porque yo quería trabajar, no quería que nadie me mantuviera". Ella vivía en una habitación que su patrón le alquilaba a cambio de su trabajo en el campo.

La relación laboral se convirtió en sentimental con el tiempo, "aparentemente todo iba bien, no era mala persona". Andrea pasó por alto los comentarios que había en la zona de La Guareña sobre su carácter "violento, muy fuerte y altanero". Ese hombre de convivencia fácil no tardó en mostrar el lado oscuro y agresivo que los maltratadores ocultan hasta convertir a sus parejas en víctimas de violencia de género.

"Tenía que hacer fotos de los tickets de la compra y de las vueltas que dejaba en la mesa. Él controlaba todo"

Pronto le comenzó a molestar todo, especialmente que ella hablara por teléfono sin que él pudiera controlar con quien. "Yo hablaba con mis hijos" que siguen en su país de origen, "a solas porque es mi intimidad con ellos". Recuerda cuando él le preguntó "¿Qué pasa con el puto móvil?" de malas maneras. Menos aún soportaba que mantuviera contacto telefónico con el padre de sus hijos, "de quien me separé hace 14 años pero con el que mantiene una buena muy relación, con una hija menor de edad en común", la misma que la visitó este verano y a la que no dejó salir de casa por miedo, para protegerla.

Uno de sus hijos quería venirse a España a trabajar y Andrea vio la puerta abierta para escapar de esa relación que ya la estaba cercando y asilando, pero no llegó a ver ese momento. "Empezó a querer que yo estuviera para todo, a la hora que él decía: a las ocho en punto, el desayuno; a las once, íbamos a tomar café y tenía justo cinco minutos; a las dos en punto, tenía que tener la comida. Tenía que cargar en el coche los sacos de patatas, los de legumbres y tenía una hora para repartirlo por las tiendas, hubiese tráfico o no".

El retraso suponía aguantar el interrogatorio: "¿dónde has estado, dónde te metiste?...". Ella se encargaba de la limpieza de la casa y de la compra en el supermercado bajo un control absoluto de lo que gastaba, "tenía hacer fotos de las cuentas de la compra y del dinero que me sobraba después de pagar y dejarlo sobre la mesa". Si tardaba un tiempo que su expareja juzgaba excesivo, vuelta a los reproches, los gritos y los insultos, "puta, zorra". A derribar la autoestima de su compañera sentimental, "eres una inútil, no sabes hacer nada..., tanto me lo decía que una vez se me quemó la comida y pensé ‘es cierto, no sirvo para nada, tiene razón’".

"Se me quemó la comida un día y pensé, tiene razón, no sirvo para nada"

Andrea Benítez con la responsable del equipo VioGén de la Emume de la Guardia Civil. / Jose Luis Fernández

También le incomodaba la forma de vestir de Andrea, "me gustan los pantalones, no lo veo masculino", pero él quería que verla con vestidos, "'te tienes que lucir, tengo que presumir de la mujer que tengo’, me gritaba", aunque delante de la gente se portaba como un hombre atento. Uno de los últimos episodios violentos llegó tras una cena en casa de un matrimonio amigo en la que le prepararon un plato especial "porque la chanfaina no me gusta y él se fue a la cocina para traérmelo, ‘para que vean cómo trato a mi reina’, yo le dije ‘aquí porque en casa me gritas’", cuenta entre sollozos que obligan a detener la entrevista de forma continua.

El intento de asesinato en una bodega

Esa noche se torció tanto para esta mujer que casi termina en el cementerio, siendo otra de las mujeres por las que se guarda un minuto de silencio en repulsa a los asesinatos machistas. De vuelta a su casa, él la inquirió, "¿por qué me quieres dejar mal delante de la gente". Es la verdad, le contesté yo, "no me gusta cómo eres, la relación no va y quiero dejarla". La amenaza fue la antesala del intento de matarla, cuenta esta mujer que teme que la remate su expareja o alguien a quien se lo encargue.

"Mi deseo es que la justicia resuelva mi caso cuanto antes, llevo tres años esperando, que ninguna mujer pase por esta angustia cuando todo está tan claro como en mi caso. Y que pueda vivir con mis hijos de nuevo sin tener que vigilar si me siguen para rematarme"

Antes de la brutal agresión, ella trató de huir de Zamora. Andrea tuvo en sus manos la posibilidad de liberarse de ese infierno, "trabajando de interna cuidando a un anciano", pero él descubrió su plan: "Aquí no te vas a quedar". Ese 5 de febrero de 2023 Andrea terminó "inconsciente, apaleada, golpeada con una llave inglesa que cogí para tratar de defenderme y me quitó", tendida en una bodega que tenía el acusado de intento de asesinato en la nave a la que la arrastró desde el coche en el que la llevó y del que la impidió tirarse en marcha.

Para llevarla hasta ese lugar alejado del pueblo, "me cogió de los pelos y me arrastró hasta dentro. Me metió un saco en la boca y después, con ese mismo, trató de estrangularme, cuando me desmayé, se fue". Él mismo lo contó en el pueblo, "la he matado, dicen que dijo", agrega Andrea.

"Me vienen a rematar"

El siguiente recuerdo que tiene esta mujer es de dos personas socorriéndola, un hombre y una mujer, aunque ella cree que "querían rematarme, eran cómplices porque él me dijo que vendrían a rematarme". De hecho, les gritó "¡no me metan en la nevera de los helados!, donde él me hahía dicho que acabaría". Con esa obsesión vive y con ese miedo a terminar bajo tierra.

Él fue a prisión, pero pagó 3.000 euros de fianza en el Juzgado de Toro y está en la calle, con pulsera, un dispositivo que no le ha impedido encontrarla en Salamanca, seguirla a diferentes localidades en las que ha trabajado. Casi tres años después de esta tortura, de haber recorrido casas de acogida e intentar salir a la vida, continúa esperando un juicio que la mantiene anclada en la pesadilla.

Acude a la Guardia Civil de Zamora para preguntar qué está ocurriendo. Con frecuencia la justicia es lenta, aunque "tienen todas las pruebas que le imputan", comenta que le han dicho. Andrea teme que llegue demasiado tarde para ella. "Solo quiero justicia, volver a mi país y pasar esta navidad con mis hijos".

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