8M-Mujer
Tamara Salazar Bermúdez: "Tuve miedo de quedarme sin clientes en el bar por ser gitana"
Madre y divorciada, empresaria a base de ahorrar en sus ocho años de trabajo, se mira orgullosa : "Me siento calé, pero he sacado los pies del tiesto"

Tamara Salazar Bermúdez sirve un café a una clienta en su bar-restaurante de Huerta Nueva. / JOSE LUIS FERNANDEZ
Su madre de Revellinos, su padre de Barcelona, esta zamorana de 40 años y de larga estirpe gitana, se ha ido empoderando como mujer independiente, partiendo de cero para forjarse un oficio, hostelera, y emprender con los ahorros reunidos en ocho años, los que lleva divorciada y trabajando en todo lo que le salía. Primero abrió el local como bar, "ahora estoy empezando con el restaurante" y con empleados, su hermano y su cuñada.
Tamara Salazar Bermúdez, gitana por los cuatro costados, rompe los estereotipos, "me siento gitana, pero he sacado los pies del tiesto". Y es que "hay un desconocimiento grande sobre mi pueblo, por eso se desconfía. No existe el prototipo de gitano extendido, cada persona es distinta también en nuestra cultura", reivindica esta zamorana de 40 años del barrio de Pinilla.
"Tenemos que demostrar siempre que no engañamos, no robamos, que somos trabajadores y trabajadoras, hay desconfianza con el pueblo gitano porque no se nos conoce"
Esa losa pesa y mucho, "hay que demostrar siempre que no engañamos, no robamos, que somos trabajadores y trabajadoras. Cuando abrí el bar tenía miedo de que se extendiera la voz de que soy gitana y no tener clientela", aunque Tamara no ha sufrido el racismo porque "no tengo rasgos gitanos, paso más desapercibida porque no soy morena, mi piel es blanca y tampoco tengo el acento", lo que en sí es ya un signo de racismo.

La empresaria recoge seca una copa. / Jose Luis Fernández
Sin dejar de defender su cultura y luchar contra el doble cliché de ser mujer y gitana, defiende que "la persona puede cambiar si quiere, las gitanas y los gitanos también. La gente conmigo se sorprende por mi educación y mi comportamiento", algo que le duele porque se sigue encasillando a su etnia, aunque admite que "yo he roto todas las fronteras" entre la gente de su pueblo y entre la cultura paya, término que no le gusta usar. Para cuando saben de su origen, porque "no vas con un cartel que diga ‘soy gitana", ya ha demostrado que es de fiar y que cumple.
"Mis padres siempre me han apoyado para salir adelante, mis dos hermanos también han estado a mi lado"
El zapatazo por ser gitana: "A vosotras no os duele"
Incrédula, le pido que haga memoria: a los 9 años una compañera del colegio "me tiró un zapato a la cabeza". Cuando le preguntó por qué le pagaba, "me dijo que a los gitanos no nos dolía". Le replicó "me duele igual que a ti". Ese miedo al rechazo estuvo muy presente cuando decidió volar a los 33 años. Sus dos hijas, Begoña y Tamara, tenían 9 y 8 años. El matrimonio llegó cuando cumplió los 19 años, tras uno de compromiso con un hombre gitano que "eligieron mi padre y mi madre, hay cierto temor a perder la identidad y la cultura", por eso los matrimonios son entre personas gitanas.

La hostelera prepara un café en su establecimiento. / Jose Luis Fernández
El enlace fue a una edad tardía para una mujer calé para aquel tiempo en el que las niñas a los 15 años ya tenían cerrado el compromiso. Sus padres "no querían que me casara pronto. Nunca fueron tajantes, me dejaron cierta libertad dentro de las costumbres", puntualiza agradecida. De hecho, contó con el respaldo de su padre y de su madre cuando se separó, "me apoyaron para salir adelante".
Sus dos hermanos varones, la familia carnal, también estuvieron ahí, pero le tocó construir otro círculo social porque el divorcio todavía es tabú, "el machismo está muy arraigado", la mujer tiene que ser ama de casa y madre, "el gitano no está preparado para el matrimonio con personas de otras culturas", por ejemplo.
"Me gustaba estudiar, era una niña rara dentro y fuera de mi entorno porque entonces no era la norma, ahora han cambiando mucho las cosas"
Pero "las cosas han cambiado mucho en los últimos 20 años", se apresura a puntualizar, "hemos pasado de la generación de mi padre, que no me dejaba ir al instituto, a que ahora anime a mis hijas a estudiar".
Hija de vendedor ambulante, Tamara siempre tuvo inquietudes, "me gustaba estudiar, era una niña rara entre las de mi cultura". Su padre se lo permitió, pero tuvo que colgar los libros cuando terminó la ESO, "se veía mal que las niñas fuéramos al instituto. Los gitanos quieren la honradez de la mujer", lo que se traduce en el miedo a que pierda la virginidad sin haberse casado, explica sin tapujos.
"Con 12 años te encajonan y te educan para ser una buena esposa y madre, para ser una mujer que se dedique en cuerpo y alma al marido, a su propia familia". Cumplió con esa tradición "pero estaba feliz, es para lo que te preparan y para mí no era un sacrificio", puntualiza.

Tamara sirve una tapa de tortilla en su bar. / Jose Luis Fernández
"Quiero que mis hijas se formen, que estudien, que se labren un futuro y sean independientes económicamente"
Una vida nueva
Sus hijas han cumplido el deseo de la madre, la mayor cursó hasta segundo del módulo de F.P. de Márketing y Comercio y la segunda está a punto de terminarlo. Orgullosa ella y orgulloso el abuelo. "Quiero que se me formen para la vida, que se labren un futuro y sean independientes", como lo ha logrado ella a base de evolucionar. "Desde que me separé, he tenido que recorrer muchas calles buscando trabajo, vi la vida real, esto cambia tu forma de pensar, escuchas y aprendes". La integración en el mercado laboral para ganarse la vida le permitió cruzar esa frontera que le ha permitido vivir sola con sus hijas, libre. "Antes mi vida era ir de la casa al merdadillo y a la iglesia".
Se sonríe cuando recuerda estos últimos años en los que ha construido su propio mundo, "sin ataduras, me he dado cuenta de que no necesito a nadie para salir adelante, saber que tú sola puedes es una satisfacción", aunque insiste en el apoyo esencial de sus padres. Ha valido la pena tomar este camino aunque haya perdido gente al optar por elegir otra vida.
Presume de su capacidad para trabajar y para organizar el negocio y sus finanzas, "me he comprado un piso, voy avanzando para poder dar a mis hijas un futuro mejor". No daría marcha atrás aunque "he roto todas las barreras como gitana. Me alegro mucho de las decisiones que he tomado, las he tomado bien".
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