Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Miradas de Zamora: historia de una destrucción reversible

El Puente de Piedra ha mutado con el paso de los siglos, adaptándose a los avances tecnológicos y a las necesidades de cada generación

Miradas de Zamora: historia de una destrucción reversible

Fernando Esbec

¿Ya nos sigues?Márcanos como medio preferente
Añádenos en Google

Las ciudades avanzan al ritmo de los avances tecnológicos de cada época. Hasta mediados del siglo XIX, estas crecían con el ciudadano como eje central, pero en ocasiones la tecnología puede nublar la vista y alterar el orden de las prioridades. Así ocurrió con la llegada de los vehículos a motor, que transformaron por completo el diseño y la organización urbana.

El peatón, antes protagonista, cedió su lugar al automóvil, símbolo de una nueva era. Las calles se rediseñaron para adaptarse al tráfico rodado, estableciendo una nueva normalidad en las sociedades del siglo XX. El coche deslumbró a todos, como lo hizo antes la luz eléctrica, y en aquel momento nadie parecía cuestionar la alteración del patrimonio para dar cabida a estas innovaciones.

El arquitecto Francisco Somoza, en uno de los momentos del episodio

El arquitecto Francisco Somoza, en uno de los momentos del episodio / Fernando Esbec

Zamora no fue la excepción. El arquitecto Francisco Somoza reflexiona en este episodio de 'Miradas de Zamora' —LA OPINIÓN-EL CORREO DE ZAMORA— sobre cómo el automóvil deslumbró a los zamoranos de su tiempo: "Nadie pensaba en conservar el patrimonio frente a la posibilidad de viajar en coche". De la misma manera que tampoco se discutió la construcción de la chimenea de la vinícola de la fábrica de luz detrás de la iglesia románica de Santa María de la Horta: "Lo importante era la luz, el milagro de convertir la noche en día", relata Somoza.

Con el Puente de Piedra ocurrió algo similar. Los arcos estrechos de las torres que lo custodiaban dificultaban el paso de los vehículos, por lo que se decidió derribarlas, eliminar el pretil y ampliar la calzada. Estas modificaciones permitieron que dos coches pudieran cruzar el puente en paralelo, y la estructura permaneció así durante todo el siglo XX. La población aceptó esta solución hasta que, con el tiempo, la fascinación por el automóvil comenzó a disiparse y renació la idea de peatonalizar el puente.

Estas vicisitudes forman parte de un proceso evolutivo natural que finalmente ha llevado al Puente de Piedra a recuperar su aspecto de siglos atrás —a falta de las Torres del Pontazgo, que ejercían de barrera y aduana—. La destrucción en nombre del progreso y la funcionalidad de cada época se puede revertir para devolver la estructura a su forma original y otorgarle la utilidad que los tiempos actuales demandan. Un retroceso que, paradójicamente, se vuelve evolución.

Suscríbete para seguir leyendo

Tracking Pixel Contents