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Cartografía de un regicidio

Un comentario a propósito de "El Cerco de Zamora", el mural de Antonio Pedrero que deparó la reciente exposición en la Biblioteca Pública sobre este pasaje histórico

Mural de El Cerco de Zamora (1963-1964)

Mural de El Cerco de Zamora (1963-1964) / Antonio Pedrero

Alejandro Méndez Frades

La Biblioteca Pública de Zamora ofreció, hasta el pasado 1 de julio, una muestra dedicada al pintor Antonio Pedrero que trató sobre el Cerco, uno de los acontecimientos de mayor trascendencia y resonancia.

Sin duda, el mural de "El Cerco de Zamora" es el acreedor de la selección de óleos y dibujos que conformó el itinerario expositivo. De hecho, esta muestra contó con una reproducción fotográfica del mismo que fue cedida por el IES Maestro Haedo, un hecho que prueba su vigencia, aún transcurridas seis décadas desde su hechura.

La génesis del mencionado mural se sitúa en el entonces alcalde, Gerardo Pastor Olmedo. Corría el año 1960 cuando el munícipe encargó a Antonio Pedrero una alegoría artística a Arias Gonzalo basándose en la circunstancia de que se trataba de un personaje que respondía a heroicidad y, por tanto, suponía un argumento eficaz para personificar las raíces históricas del poder civil en la ciudad. Frente a esta perspectiva "reductora", habida cuenta de que se ponía el foco en el valor icónico de un personaje, Antonio Pedrero presentó una alternativa "integradora", planteando la representación del Cerco de Zamora, es decir, el conjunto de hechos y circunstancias que encumbraron los valores de Arias Gonzalo hasta el punto de transformarlo en una celebridad con profundo calado en la memoria colectiva zamorana. Su entusiasta predilección por este asunto fue a raíz de su inmersión lectora en la obra de Fernández Duro (1880).

Una vez acordado que el referido acontecimiento histórico sería el enfoque de este encargo, Antonio Pedrero planteó historiarlo por medio de una secuencia de escenas escogidas en el contexto de un retablo con regusto medieval. El elevado coste de su ejecución lo hizo inviable y favoreció la definitiva apuesta por el mural como medio de expresión artística sobre el que narrar el famoso regicidio. La elaboración se prolongó durante dos años (1963-1964) y tuvo lugar en el gimnasio de la Sección Femenina de la entonces Jefatura Provincial del Movimiento, ubicada en la Avenida de Requejo.

Primera aproximación en forma de retablo (1962)

Primera aproximación en forma de retablo (1962) / Antonio Pedrero

En líneas generales, el mural es una narración planimétrica y continuada de los principales hechos del Cerco de Zamora. La escena, aunque no sigue una simetría, se presenta cohesionada y constreñida al ámbito terrenal por la ausencia de cielo. Por su parte, la escasa tonalidad cromática, habida cuenta de la preponderancia de los ocres, sienas y rojo ladrillo, transmite esa carencia de profundidad en la medida en que convierten a este mural en un "sueño de tapiz".

Los hechos plasmados se disponen alrededor de una ciudad que, en el siglo XI, aparecía inscrita en un recinto sutilmente ovalado a tenor de la orientación de sus recios muros de mampostería que, de algún modo, la dotan de un cierto empaque disuasorio. De un lado, la cerca del Duero, evidenciada por el lienzo meridional que asoma peligrosamente al zócalo rocoso del Duero; de otro, la Peña Tajada, reconocida por el rodapié rocoso sobre el que la muralla se sostiene; veintiséis cubos, patentizados por esta característica estructura de sección circular que sirvió para flanquear la defensa de la ciudad en su costado septentrional y, por último, la barbacana, cerrando el recinto en su extremo oriental.

VÍDEO | La visión de Antonio Pedrero del Cerco de Zamora puebla la Biblioteca Pública de Zamora

N. S.

La muralla señala los ejes cartesianos que delimitan, de una parte, una ciudad cerrada en sí misma y con una escasa opulencia material, y de la otra, el exterior, abierto e ilimitado, donde se refieren los hechos con dosis altamente narrativas y verosímiles. La catedral de San Salvador es una idealización del pintor, toda vez que su construcción data de un siglo posterior a los hechos delineados.

Sin duda, el equilibro de toda la composición apunta al centro, que está representado por una abstracción en forma arco con regusto románico. En su interior, Arias Gonzalo y doña Urraca aparecen entronizados y vestidos con un inteligente aliño indumentario que insinúa su condición de prebostes de la ciudad a la que están cercando. Tras ellos, los tres hijos del Gobernador: Pedro, Diego y Rodrigo Arias, quienes, con su vida, salvaron el honor de la misma.

Tríptico del Romancero de Zamora (1987-1988).

Tríptico del Romancero de Zamora (1987-1988). / Antonio Pedrero

La variedad de detalles enriquece los puntos de vista y denotan la sagacidad resolutiva del pintor y su esmerada formación. Veamos. La plasmación de la Puerta de Doña Urraca con apariencia almenada sugiere una analogía de planteamientos con el grabado de Filuco de "Zamora Ilustrada". Por su parte, Sancho II se exhibe con un acertado cromatismo que le dota de corporeidad y gallardía junto a la cruz que señala donde fue herido por Bellido Dolfos, el personaje que encarna la epicidad menos vistosa de toda la historia y que se localiza en dos pasajes: atravesando, no sin cierto agobio, el Portillo de la Traición, y posteriormente, desmembrado por cuatro potros como pago a su traición. En cuanto a los hijos de Arias Gonzalo, digno de mención es la muerte de Diego Arias a lomos de un caballo que invoca una estética picassiana. La escena no es estática en toda su extensión y guarda un orden discursivo, pues queda patente el empleo de los mismos personajes para protagonizar los diferentes pasajes que se leen de izquierda a derecha y circundando los muros que guarnecen a la ciudad.

De acuerdo al periodista José Arroyo Gago, el mural contó con un friso de madera sobre el que Ramón Abrantes grabó, en una tipografía medieval, un romance sintetizado por el entonces alumno de Románicas, José Luis Alonso. En la restauración practicada en 1991 se sustituyó este material por bronce debido a su avanzado deterioro.

El encanto de lo pupular: un juglar junto a su rabel.

El encanto de lo pupular: un juglar junto a su rabel. / Antonio Pedrero

El mural que aquí se ha reseñado ha promovido varios estudios y obras, destacando especialmente el tríptico que formaba parte de la exposición de la Biblioteca Pública y que llevaba por título "Romancero de Zamora" (1987-1988). Es un óleo sobre una tela enteriza donde se plasman tres escenas con gran detalle y con un paisaje relegado al fondo que, de algún modo, logra transmitir una profundidad a toda la composición que no se aprecia en el mural que aquí se ha reseñado. La escena de la Jura de Santa Gadea muestra una portada ajedrezada de estilo románico que insinúa a la de la iglesia de Santiago El Viejo. Además, en su extremo inferior, aparece un juglar junto a su rabel que, de algún modo, personifica la predilección del pintor por la cultura popular.

El mural del Cerco de Zamora es un magnífico muestrario que ha logrado la virtud de lo perdurable gracias a la simplicidad de sus formas y al poder icónico que Antonio Pedrero concedió a sus protagonistas. Aunque inicialmente se había previsto para colmar una necesidad decorativa de una estancia oficial, el tiempo acabó otorgándole una función pedagógica, habida cuenta de su facilidad para dar sentido a unos hechos que propiciaron un magnicidio que llegó a abrumar a toda una ciudad.

Mi gratitud a Javier García y a su proyecto de divulgación "Artistas de Zamora del siglo XX".

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