Obituario

¡Buena “carrera” Pepe!

De la despedida de un hombre bueno

El grupo de cargadores de La Caída en la procesión de 1970

El grupo de cargadores de La Caída en la procesión de 1970

Rubén Sánchez Domínguez

Rubén Sánchez Domínguez

El pasado 8 de julio, con las primeras letanías a la Virgen del Carmen, nos dejaba José Hernández Rodríguez, Pepe (el de "La Caída"), Pepito "el Bueno". Con una buena parte de Zamora de vacaciones, el bueno de Pepe se fue con la discreción que le caracterizaba -con la misma que vivió-, sin estridencias y sin ruido, como si no quisiera molestar ni importunar a su gente más cercana, ni si quiera con su propia muerte.

¡Buena “carrera” Pepe!

Arriba, Pepe Hernández y debajo, en señalados momentos de la Semana Santa / Rubén Sánchez Domínguez

Pepe, amigo de mi padre desde que eran niños, formó parte cenital del paisaje de mi infancia, quizás la única patria verdadera, como sostenía el poeta Rainer Maria Rilke y, sin duda, la única por la que merece la pena luchar. A Pepe, a Josefa, su mujer (Jose siempre en mi casa), y a Daniel, su hijo mayor, tengo asociados multitud de recuerdos evocadores, entre los que sobresalen, con una intensidad desbordante, aquellos relacionados con nuestra Semana Santa, de la que Pepe era un auténtico apasionado.

Entre la maraña de recuerdos que me vienen a la cabeza, descuellan aquellas mañanas de asamblea general en la Congregación de Nazarenos. Pepe venía desde Villaralbo -donde vivían sus padres y pasaba gran parte de los fines de semana-, y pasaba a recogernos con su Renault 5 verde. Tras la junta tocaba comentar la jugada con unos chatos (de mosto para nosotros), en el antiguo Bar Chillón de la Calle Sacramento, saboreando su espectacular escabeche; o en la calle de los Herreros, bien fuera en el Mesón de Aliste -en busca del sacrosanto bacalao o la carne guisada-, en La Cooperativa -con su excelente lengua estofada-, o El Chato, al que llegábamos siguiendo el rastro de sus sabrosas cachuelas a la plancha.

Solíamos cenar con ellos la noche del Lunes Santo en el Mesón Dos Hermanos, una vez pasada la procesión de Jesús en su Tercera Caída y en lo que llegaba la hora para la procesión de la noche. También era frecuente que quedáramos para ver el vetusto cortejo de la Santa Vera Cruz camino de la Catedral, a la altura de la iglesia de la Magdalena. Pero si hay un momento, indiscutiblemente unido a su familia, era la madrugada del Viernes Santo.

A su Cristo caído profesaba una devoción intachable, compartida con su otro nazareno, el de San Frontis (que hoy tantos profanan con el ordinario –y falso- apelativo de "El Mozo"), y que ayudó a poner a hombros de nuevo a finales de los 90

Pepe cargaba en el paso de "La Caída", sin duda y con permiso del nazareno de "Jesús camino del Calvario", el más emblemático de la corporación. El mismo con el que un santero de pueblo osó emular a Rafael y su "Pasmo de Sicilia". A su Cristo caído profesaba una devoción intachable, compartida con su otro nazareno, el de San Frontis (que hoy tantos profanan con el ordinario –y falso- apelativo de "El Mozo"), y que ayudó a poner a hombros de nuevo a finales de los 90. Antes de que alcanzáramos el estatus de "mayores", Daniel y yo nos incorporábamos a la procesión en las Tres Cruces, después de la estación en el viejo calvario, y tras los ritos habituales de esa mañana: el desayuno con sopas de ajo y la foto junto a "La Caída".

Pepe supo bien lo que era cargar con las cruces de la vida: tanto la del trabajo (creo que padeció a los peores jefes de esta ciudad hasta que consiguió el más que merecido puesto de funcionario municipal), como las de la salud, que siempre le dio más guerra de la necesaria. Experimentó lo que es caer y tener que aprender a levantarse para seguir camino. Pero, si tuviera que identificarlo con algún personaje del paso de sus amores, no pienso en el Jesús. Al contrario, me viene a la mente la figura dulce del cirineo que ayuda al nazareno. Pepe es la imagen del amigo que siempre estaba ahí echando una mano o dándote de lo suyo, ya fuera una caja de higos, pimientos o tomates del huerto –de esos que tienen sabor-, un chorizo de la matanza del año, una caja con gusanos de seda o un talego de caracoles recogidos en la vega del Duero. Pepito, amigo de sus amigos, siempre estaba ahí.

No fueron pocos los veranos que me acogieron –casi en régimen de colonias-, en casa de sus padres (Casimiro y Esther), en Villaralbo, para que pasara unos días con Daniel. Estíos felices de caprichos culinarios (la abuela nos malcriaba con todo tipo de exquisiteces); de jornadas interminables de piscina; de trastadas en la antigua –y ya abandonada entonces-, fábrica de muebles -hoy residencia San Torcuato-; y de paseos en bici por la comarca, ya fuera emulando a Perico Delgado por las infernales rampas del cerro del Viso o jugando a los arqueólogos en restos del antiguo asentamiento romano de El Alba, en Villalazán. Creo que mi despertar a la historia tuvo bastante que ver con aquellas exploraciones infantiles –y clandestinas-. Una fábrica abandonada, una bici vieja, una piscina municipal y una buena merienda…No hacía falta mucho más (aunque debo decir que Daniel tenía el "Fuerte del Oeste", de Playmobil…). Éramos felices y quizás no lo sabíamos, o al menos, no lo valorábamos en su justa medida. Oh tempora, oh mores…

En la primavera era obligada la caracolada en Valorio y con el otoño llegaba otra cita ineludible para nuestras familias, la prueba de los chorizos, en el "cernidero": ese espacio situado en el corral de las casas –habitualmente con un hogar donde poder asar-, y que funcionaba como espacio auxiliar de la cocina. El término, bonito donde los haya, constituye –al menos eso creo-, un endemismo lingüístico particular de Villaralbo, cuyo conocimiento –que hace unos meses sorprendió a mis amigos José y Henar-, debo también a la familia de Pepe.

Con los años llegó a ser jefe de paso de "La Caída", cargo que desempeñó con humildad, honradez y excelencia, y con una vocación de servicio que hace muchos años se echa de menos en nuestra Semana Santa. Tenía muy claro de quien era el protagonismo el Viernes Santo, y no era de ninguno de los que iban debajo

Con los años llegó a ser jefe de paso de "La Caída", cargo que desempeñó con humildad, honradez y excelencia, y con una vocación de servicio que hace muchos años se echa de menos en nuestra Semana Santa. Tenía muy claro de quien era el protagonismo el Viernes Santo, y no era de ninguno de los que iban debajo. Yo fui el eterno suplente en el paso. Me apunté junto con su hijo Daniel a la lista de espera siendo aún menores de edad. La pasión de Pepe por su paso –que aún no dirigía-, y el hecho de que mi bisabuelo Demetrio, el carretero, hubiera ido bajo sus banzos, no dejó otras opciones. Pero en la espera, demasiado larga entonces, se cruzó en mis pasos "El Prendimiento" que volvía a ir a hombros por su centenario, y cuando comenzaron a citarme en "La Caída", -aún como suplente-, lo más responsable fue declinar la llamada. Nunca fui un superhéroe de la carga (dicen que "haylos", como las meigas, aunque yo creo que más bien hay gente que carga lo que no cargan otros). En ese tiempo Pepe dejó los banzos para dirigir el paso desde fuera. No niego que me hubiera hecho ilusión cargar bajo sus órdenes pero, para entonces, mi desencanto con la pasión zamorana era ya insostenible y yo comencé a necesitar un poco de Sur para no perder el Norte. Habría sido bonito, sin duda, pero fue imposible.

Daniel y yo tomamos caminos diversos y en los últimos años tuve más contacto con Ismael, su hijo pequeño, al que recuerdo haber ido a visitar al hospital Virgen de la Concha, el día que nació y que un día apareció -hecho todo un hombre-, por el Centro de la UNED preguntando por mí. Él tiene la culpa de que regresara, a la Tertulia Cofrade que había abandonado por desafección y en la que Pepe era un clásico. Serían estas tertulias uno de los últimos espacios que compartí con él, enfrascados en discusiones eternas para intentar arreglar lo que hace años ya no tiene arreglo, y en las que seguía manteniendo cierto optimismo ingenuo –que siempre envidié-, de que las cosas de la Semana Santa podían mejorar.

Pepe tuvo la valentía de hablar de acción social y caritativa en las cofradías a finales de los 80, y el arrojo de exponerlo, con tenacidad y vehemencia, en aquellas duras asambleas de la Congregación, ante una audiencia poco receptiva y que, en algunas ocasiones, fue maleducada e ingrata

Cierto es que, de idealismo, siempre fue sobrado. Pepe tuvo la valentía de hablar de acción social y caritativa en las cofradías a finales de los 80, y el arrojo de exponerlo, con tenacidad y vehemencia, en aquellas duras asambleas de la Congregación, ante una audiencia poco receptiva y que, en algunas ocasiones, fue maleducada e ingrata. Pero Pepe continuó una y otra vez, un año y otro, con el tesón y la constancia del que sabe que su causa es justa y buena. Todo lo que vino después en esa línea, es gracias a su iniciativa y justo es reconocerlo. Recogió su proyecto en un dossier, que iba mejorando y actualizando, que aún conservo y que he consultado en varias ocasiones cuando he tenido responsabilidades en algunas cofradías.

Pepe también luchó durante años, porque la reverencia de la Congregación en las Tres Cruces regresara a su formato habitual –y lógico-. La última vez en la asamblea de 2020. Hablé de ello el Lunes de Pascua (“Elogio de la sencillez: de la dramaturgia de la Pasión” La Opinión-El Correo de Zamora, 10/4/2023). Una vez más Pepe tenía razón. Urge recuperar ese patrimonio inmaterial, uno de los principales activos de esa declaración BIC que nadie ha entendido correctamente, y que forma parte de esas señas de identidad que con tanta frecuencia –e ignorancia-, se enarbolan en las barras de los bares. Ya no debe demorarse más, las obras del museo, que se han expuesto como uno de los motivos para no hacerlo ya (La Opinión-El Correo de Zamora, 8/7/2023), constituyen un argumento muy poco solvente.

Lo afirmaba en el artículo del Lunes de Pascua, cuántos "Pepes" necesitaría nuestra Semana Santa... No me cabe duda de que con él se va una estirpe de cofrades en peligro de extinción, de los que ya casi no quedan, y de los que tan deudoras son nuestras cofradías y hermandades.

¡Buena “carrera”, amigo Pepe! Sit tibi terra levis.

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