“Club de alterne (...) busca trabajadoras”. El anuncio de Internet le permitió soñar con un empleo para sacar adelante a sus hijos, a los que dejó en su país de origen hace seis años. Ahorrar un poco y reunirse pronto con ellos. Su amiga le había contado lo que implicaba entrar en un local así, “pensé que sería estar con un hombre, pero jamás imaginé algo así”, qué los servicios sexuales fueran de tal dureza: hasta 17 clientes en una sola noche, con un trato tan inhumano. Alejandra (nombre ficticio para no ser localizada por su proxeneta), terminó en varias ocasiones en el Hospital con lesiones en los órganos genitales. 

La depresión llegó mucho más rápido que los ahorros. Aún recuerda la primera noche de trabajo, “yo me quedé sentada, no podía levantarme, no tenía fuerza para ir a hablar con un hombre”. Así tres días, la vergüenza, el miedo, la paralizaban, “pero no había otra alternativa que trabajar”, el dueño del local presionaba. “¡Ay, mi Dios, que termine todo rápido!”. El mantra lo repetía con cada uno de sus clientes. “Tú cierras los ojos y pides “que Dios me ayude, que pase ya”. Solo se piensa en eso”.

La voz entrecortada delata el sufrimiento de esos seis largos años de verdadera tortura psicológica y física. La mirada cae al suelo y las lágrimas afloran sin cesar. “Por la cabeza, te pasan mil cosas, tus hijos a los que tienes que mantener, piensas que un minuto pasa volando”. Alejandra es una mujer sencilla, muy alejada del estereotipo de prostituta que se tiene en el ideario colectivo. Religiosa, tímida, discreta, casi invisible, “solitaria, si me preguntas si tuve alguna amiga, te digo que no”.

"Por mi cama llegaron a pasar 17 hombres en una noche, uno cada media hora"

Por su cama llegaron a pasar en una noche “14, 17 hombres, cada uno media hora”. El trabajo comenzaba a las seis de la tarde y terminaba a las siete de la mañana. “A partir del momento en el que pagan, tienes que cumplir esa media hora, hacer lo que te piden, lo que les complace”. El servicio “se paga antes” de subir a la habitación “porque tú tienes que abonarla antes también”. Muchos solo quieren el sexo, a veces muy duro, no pasan por el momento previo de tomar una copa para que la mujer pueda saber si serán amables o no. ¿Cómo se comporta la mayoría? Alejandra suspira, “tú estás ahí para servirles, no hay delicadeza”. La conversación antes de iniciar el contacto púramente físico la dirige el cliente, “te comenta qué quiere hacer o que hagas tú”, sexo oral, anal..., “sí que puedes decir que no, a mí nunca me obligó el jefe a hacer lo que no quisiera”. Otra cosa es lo que ocurre en el interior de la habitación con clientes de todas las edades. Mantiene viva la agresión que sufrió, solo una vez, después de haber tenido sexo, “me agarró por el cuello, me tiró encima de la cama y me intentó estrangular. Al final, conseguí sacarle de la habitación y bajar con él al bar. En esos lugares pasa de todo, humillaciones, de todo un poco”.

"Te sientes sucia y te insultan desde el primer momento en el que te tratan"

Cada vez que estaba con un hombre “me sentía cansada, exhausta, pidiendo a Dios que me diera fuerza, que venga un día diferente. Te sientes sucia”. Y el trato de los hombres suele ser despectivo, “te insultan desde el mismo momento en que te hablan y mientras estás con ellos en la cama. Es muy duro”. Las lágrimas vuelven en un silencio aprendido. “Lloré mucho en el club, allí te deprimes mucho”, allí no hay amigas, asegura, “hay competencia, unas pasan por encima de las otras. Tienes que defenderte. Entre ellas mismas se agreden por poder trabajar más”. Viven con la depresión, “no tienes ganas de levantarte de la cama, ni de comer, solo de dormir y no despertar”.

Aunque asegura que en ese mundo hay mucho alcohol y droga, “violencia y sufrimiento. Conozco a muchas que han caído en ese mundo, es un mundo vicioso porque te pilla en un momento muy difícil de tu vida, cuando no tienes oportunidades”. Ella nunca tuvo que tirar por ese camino para aguantar. “La gente piensa que es un dinero fácil que te va a sacar de los problemas, pero cada vez te enreda más y cuando te das cuenta estás anulada, no puedes salir”.

¿Y los hombres? Ninguno se encaprichó de ella. “Varios te prometen y te prometen el cielo, pero después es mentira”. Nunca perdió la esperanza de poder escapar de esa terrible situación. “Quería hacer cursos, trabajar dignamente, soñaba con eso y sueño todavía. Dejar todo esto atrás y fingir que nunca pasó nada de esto”.

"Es un mundo en el que hay mucho alcohol, drogas, violencia y sufrimiento"

La voz se vuelve fina y se quiebra una vez más, el recuerdo golpea fuerte a esta mujer que apenas sobrepasa los 29 años, una joven madre soltera que se afana en poder construir una nueva vida con sus hijos en su país. Pero la situación de inmigrante ilegal es un muro que aún le mantiene al otro lado, sin papeles. El visado de turista quedó atrás hace mucho, pero su esperanza sigue intacta, aunque “prostituirse deja una herida que nunca cicatrizará, solo quiero dejarla en el pasado, enterrarlo y empezar de cero”.

Alejandra pudo mantener un pequeño hilo con un familiar. La única persona a la que se atrevió a confesar, cuando ya la carga era insoportable, cuál era su trabajo real en España, en un club de alterne de Zamora ejerciendo la prostitución. Se convirtió en su ángel de la guarda, “estaba muy preocupada por mí”. Y logró huir tras seis años inmersa en una auténtica pesadilla, con jornadas interminables, y con ayuda de la Policía Nacional.

Destrozada psicológicamente y físicamente, esta mujer, que cruzó el Atlántico para poder alimentar a los dos hijos que criaba sola en su país de origen, cumplió su anhelo, “que fueran a la universidad”. La mirada se ilumina por unos instantes, es la primera vez que sonríe durante la entrevista.

"Solo me preocupa que mis hijos nunca sepan cómo conseguí el dinero para sus estudios"

Ahora tiene otro horizonte. Rescatada, literalmente, por personas allegadas. Pudo reunir el valor suficiente para contarles que “ya no podía más, estoy agotada”. Solo le preocupa “que mis hijos nunca sepan cómo conseguí el dinero para sus estudios”. Entre sus secretos, cómo logró salir, despistar a su proxeneta para dejar el club y poder encontrarse con las personas que le iban a ayudar a dejar Zamora y España definitivamente.

En la retina, se lleva el maltrato del proxeneta que las obligaba a mantener cada noche el mayor número de relaciones sexuales posibles. Ellas pagaban cada día 40 euros por vivir allí y 35 más el fin de semana. Las sábanas, que se cambian con cada cliente, suponía un gasto de cinco euros, “lo pagábamos nosotras, y cada preservativo”. Si un cliente tomaba copa, el dueño del club se quedaba otro porcentaje. El primer pase entero, 40 euros, es para el dueño. A partir de ahí, Alejandra cobraba 30 euros, de donde descontaba el precio de la estancia, de la comida..., 300 euros por semana. Acabó enferma, sin “poder levantarme de la cama, inflamada”, llegó a estar una semana sin poder trabajar por las lesiones que le provocó un cliente. “Fue un infierno, la humillación, el maltrato es terrible, eres un objeto, eres de su propiedad. La realidad es muy cruda”.