11 de octubre de 2019
11.10.2019

En la vega de San Miguel del Esla

El cerco arbóreo que se extiende en todas las direcciones arropa la localidad cual un abrazo

10.10.2019 | 19:53

Las lindes de separación entre nuestra provincia y la de León dibujan en ciertos sectores quiebros sinuosos que sólo pueden explicarse por las vicisitudes históricas. Uno de los tramos con más recodos es el situado en la vega del Esla, justo el que marca la división entre los términos de San Miguel del Esla y Lordemanos. Tales localidades, sumamente próximas, podrían ser barrios de un mismo núcleo, pero la raya interprovincial las segrega y diferencia. La primera de ellas, San Miguel, queda en nuestro lado, siendo Lordemanos ya leonesa.

Son estos espacios tierras fecundas, de notable productividad, intensamente explotadas para la agricultura. Los caudales derivados del río Esla inmediato, distribuidos por una compleja red de canales, permiten una irrigación eficiente y generosa. En nuestros tiempos la mayoría de las parcelas se dedican al cultivo del maíz, entre las que se intercalan otras ocupadas por geométricas choperas cuyo destino es la producción maderera.

Pasear por el medio de esas fincas supone introducirse en una naturaleza un tanto modificada, domeñada racionalmente por la actividad humana para proporcionar un rendimiento eficaz. No obstante, pese a su aspecto un tanto artificioso, en ningún momento se perciben detalles ingratos. Todo muestra una envidiable pujanza y una relajante serenidad.

A San Miguel del Esla accedemos desde la antigua carretera de Benavente a León, la Nacional 630. Nos desviamos primeramente hacia Santa Colomba de las Carabias, para tomar a la entrada de ese pueblo un ramal secundario que nos deja en nuestro destino. Ya entre las casas, iniciamos un trayecto por los alrededores saliendo por una transitada pista que arranca hacia el oriente. Salvamos primeramente el lecho de un importante arroyo, denominado comúnmente como el Reguero.

Es este una gavia ancha y quieta, poblada en sus dos orillas por frondosos cañaverales. De común, sus aguas se presentan estancadas, inmóviles, a trechos invisibles, ocultas por juncos y carrizos. Pero a pesar de esa aparente inacción su labor de drenaje resulta positiva y eficiente. La vega, tan horizontal, desagua dificultosamente en momentos de lluvias copiosas o cuando queda anegada por las desmesuradas avenidas del río. Es entonces cuando este cauce se muestra útil, avenando con lentitud pero con eficacia amplios terrenos. A su vez, antaño, cuando no existían los canales modernos en servicio actualmente, su trascendencia para el riego fue esencial.

Alejándonos unos pasos hacia el norte por las orillas de ese citado Reguero accedemos a un corto retazo desprovisto de ese cinturón casi constante de hierbajos y de cañas. Tal circunstancia nos permite contemplar un bucólico remanso. La extensión acuática, quieta y brillante, reproduce el azul del cielo en toda su intensidad. Además, duplica cual un espejo los edificios aledaños del pueblo. Éstos aparecen presididos por la esbelta espadaña de la iglesia, tan representativa y entrañable.

De nuevo en el camino inicial, avanzamos entre diversas parcelas para trazar repentinamente dos violentas curvas. Si los momentos de nuestro paso son los del esplendor de una cosecha aceptable perdemos todas las referencias visuales, pues únicamente divisamos las compactas espesuras del maíz inmediato. Algunas decenas de metros más adelante alcanzamos un primer cruce en el que convergen también diversos canales de riego.

Esos conductos acuáticos están construidos con cemento, levantados del suelo, apoyados sobre sólidos pilares. Disponen allí mismo de ciertos sifones para salvar las vías de comunicación. Su tiránica funcionalidad no impide el que generen insólitos encuadres. En ese punto nos apartamos a mano izquierda y, aunque en nada se percibe, penetramos en áreas leonesas por breve trecho. Proseguimos hasta topar finalmente con un regato transversal.

Ante ese obstáculo, tras virar hacia la derecha, continuamos por su mismo borde. Unos cientos de metros más adelante llegamos al lecho de un meandro abandonado del río Esla, inoperante durante los largos estiajes, pero que recupera sus corrientes en momentos de gran escorrentía. Junto a su margen derecha se levanta un largo espigón terroso, creado artificialmente para proteger los cultivos de las riadas. La calzada trazada sobre ese lomo nos sirve de itinerario durante un largo sector.

Desde arriba gozamos de panorámicas más generosas, al poder dirigir las miradas por encima del dominio de los maizales. De esa manera contemplamos el propio lugar de San Miguel y el inmediato Santa Colomba. Esquivando choperas, allá al fondo también divisamos San Cristóbal de Entreviñas y, más lejos, Benavente, ya difuso por la distancia.

El inactivo recodo fluvial se presenta profundo y sombrío, un tanto tenebroso, con charcas lodosas en su interior. La fronda arbórea arraigada sobre sus bordes muestra una pujante vitalidad. Entre los árboles dominan los sauces, altos y muy delgados. A su amparo, aparte de ramas desgajadas y troncos abatidos, medra una punzante e inhóspita maraña, con zarzas, escaramujos y carrizales de alto porte. Singulares son las matas colgantes de lúpulo, con probabilidad nacidas espontáneamente de semillas procedentes de los cultivos establecidos para su destino cervecero, situados aguas arriba, en las vegas superiores.

Convergemos al fin con el brazo principal del Esla, el cual se presenta ancho y poderoso. Lo acompañan continuos sotos ribereños. Sus flujos discurren límpidos y silenciosos, reverberando en ellos los rayos solares. Nos introducimos del todo entre las choperas, con sus plantones tiránicamente alineados. Unas veces vamos inmediatos a las propias corrientes y otras separados de ellas por amplios cascajares. La serenidad ambiental resulta gratificante. Todo es suavidad y equilibrio, desprovistos de cualquier elemento que altere la armonía.

El único contexto orográfico destacable es el largo talud que emerge junto a la margen izquierda. Se levanta unos sesenta metros por encima de la vega en la que estamos, mostrando a trechos agrias torrenteras. Allá arriba se suceden vastos latifundios, algunos de singular importancia histórica. Belvis es la dehesa que nos queda de frente, emplazándose hacia el mediodía Valdelapuerca, Rubiales, Morales de las Cuevas...

Los pagos que hemos recorrido llevan los expresivos nombres de Los Arrotos, La Estacada y El Plantío, bien de acuerdo con sus destinos y formas tradicionales. Tras alcanzar la primera pista que enfila hacia poniente, iniciamos por ella el retorno. Nos encaminamos hacia Santa Colomba, cuya monumental iglesia va ganando protagonismo paulatinamente. Aún así no penetramos en ese pueblo, pues antes de llegar a sus casas nos apartamos hacia la derecha para al final confluir con el camino inicial y regresar por él al punto de partida.

De nuevo en San Miguel dedicamos tiempos suficientes para recorrer sus calles. Pocas son éstas, pero se hallan bien urbanizadas, limitadas por viviendas cuidadas con esmero. La mayoría de los edificios siguen formas tradicionales, construidos antaño con tapial y ahora con ladrillo, pero también existen casas nuevas de excelente calidad. De esas rúas destaca la rotulada como de los Carros, que se abre a una amplia plazuela ornada con un jardinillo central.

Tangente con ella se extiende la pradera donde se ubica el caño o fuente local, al que se accede por una senda limitada por alineaciones de cantos rodados. Ese manantial procede de un sondeo realizado hace ya varias décadas. Surgió entonces un chorro abundante, con aguas cuya calidad fue reconocida y comentada. No obstante, con el paso de los años sus caudales fueron disminuyendo progresivamente, para encontrarlo inactivo en nuestros días, totalmente seco. Por sus formas carece de prestancia arquitectónica, ya que surge de dentro de un recinto cilíndrico sumamente angosto, con una chapa como cubierta.

La iglesia se emplaza en la zona septentrional del pueblo, a la salida hacia Lordemanos. Es un templo nuevo y funcional, sencillo en todo caso. Al parecer el edificio histórico quedó devastado por un incendio, siendo reconstruido en el año 1957. Más tarde, en el 1971, se benefició de importantes reparaciones a las que han sucedido otras posteriores.

La única parte antigua que perdura es el campanario, recia espadaña de piedra capaz de aguantar tanto el efecto de las llamas como las furias de las riadas que ocasionalmente han puesto en jaque su resistencia. Sobre un grueso y muy desarrollado cuerpo bajo, creado con sillares bien escuadrados, se alza la estructura superior, dotada de dos amplios vanos para las campanas, a los que se agrega un ventanal menor taladrando el ático. A los lados y como escueto ornato, contó con un par de bolones, de los cuales se ha perdido uno de ellos. A su vez, ocultando totalmente las habituales cruz y veleta, carga un voluminoso nido de cigüeñas.

La puerta se abre en el hastial de poniente, protegida por un pequeño portal que antes fue más amplio y estuvo sujeto sobre postes de madera. A través de ella se accede a un interior acogedor y bien mantenido, formado por una nave única. El presbiterio está engalanado con un sencillo retablo moderno, de estilo popular, en el cual se entronizan imágenes devocionales de yeso. No obstante, la figura de la Virgen del Rosario y la del arcángel San Miguel, patrón de la localidad y titular del propio templo son tallas de madera, probablemente del siglo XVIII que hubieron de salvarse de ese fuego señalado que arrasó todo lo demás. Ambas se portan en procesión el día de la fiesta mayor, celebrada con entusiasmo a finales de septiembre.

El cerco arbóreo que se extiende en todas las direcciones arropa la localidad cual un abrazo. Queda así toda ella excluida del desamparo de la dilatada llanura contigua. El verdor y las sombras son efectos positivos. Pocos son los detalles históricos que se conocen. Nunca fue un lugar populoso, quedando constancia de que a lo largo del siglo XVI estuvo a punto de desaparecer.

Como todos sus vecinos perteneció a la Merindad de Villamandos, dentro del estado de los Condes de Benavente. Desde el siglo XIX fue un anejo del ayuntamiento de Santa Colomba, pero al unirse éste con el de San Cristóbal de Entreviñas, en el año 1972, pasó a integrarse en el municipio de esta última y pujante población.

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