17 de agosto de 2019
17.08.2019

El patrimonio cultural del río Duero a su paso por Zamora

La zona de la isla de las Pallas era el paso natural en el siglo X por la poca profundidad de sus aguas, llamado también Vado de Don García, cerca del cual se encontraban el azud y las aceñas de Santo Domingo.

17.08.2019 | 23:41
Panorámica del río Duero a su paso por Zamora.

Descubrir lo que nos enseña el cauce del río Duero en la ciudad de Zamora, se convierte en un bello ejercicio cultural al alcance de todos. El fuerte estiaje del presente verano, facilita además contemplar diferentes rincones en el Duero que a lo largo del año son más difíciles de percibir. Propongo por ello, una deliciosa visita por ambas márgenes que nos ayudarán a conocer más: la naturaleza, usos tradicionales y los parajes de nuestro querido río.

El Duero es el eje vertebrador de la ciudad, todo gira alrededor de él, es nuestro lugar de entretenimiento y lo fue también de trabajo. Los antiquísimos historiadores árabes lo ennoblecían escribiendo de Zamora que era la "abundante en árboles", situada "a la orilla de un gran río, de aguas rugientes que posee gran caudal, curso rápido y lecho profundo".

Un buen lugar para comenzar el recorrido, es el paseo de los Tres Árboles, a la altura de Las Pallas, sitio en el cual se han encontrado abundantes restos arqueológicos de la Edad del Cobre, junto al puente de los Tres Árboles, existen dos islas conocidas hasta hace unas décadas como Islas de Mielgo (hoy Las Pallas), a ambas se puede acceder, siendo una de ellas utilizada por el Club Naútico.

En el siglo X este era el paso natural del Duero, consecuencia de la poca profundidad de sus aguas, llamado El Vado de Don García, cercano a él se situaban el azud y aceñas de Santo Domingo del Vado, cuyos restos de la presa Enrique Fernández Prieto indicó apleciar durante el estío de 1989. Este lugar está cargado de historia, allí a finales del siglo XIX se contruyó la primera central elevadora de aguas para el abastecimiento público de la ciudad, y en esa misma centuria se procedió a desecar el arroyo de Lagarteros, regato que aprovechaba la depresión natural de la actual calle de la Amargura para descender por ella hasta el Prado Tuerto y la calle de la Peña de Francia, desembocando el río no lejos de la ermita con el mismo nombre. Por último, en este bonito paraje, existía una zona de baños hasta hace solo unas décadas, y aprovechando la toma de aguas descrita, se instaló en sus inicios un lavadero de ropas de agua caliente.

Aguas abajo, otras dos islas, hoy denominadas islas de los Bañaderos y de los Antropófagos, anteriormente Islas de Colacho, un auténtico vergel natural de abundantísimos árboles (chopos, fresnos o sauces), también gracias a la no existencia de una pasarela para acceder a ellas fácilmente, sirven como lugar de cría de numerosas aves. Antiguamente esto eran las fértiles huertas del desaparecido convento de San Benito, algunos sillares del mismo se utilizaron como bancos y fuentes de este paseo ribereño.

En el mismo tramo pero en la margen izquierda, desagua el regato Reguero y un poco más abajo están la fuente de Dornajo y las aceñas de Pinilla; partiendo su presa de la margen derecha, corta oblícuamente las aguas, hasta llegar a estos tres molinos, originariamente propiedad del cabildo catedralicio convertidos ahora en un establecimiento hostelero.

Las aceñas de Pinilla son el balcón ideal para contemplar los dos puentes de estructura metálica que cruzan la ciudad, uno en desuso para el ferrocarril y el otro es el Puente de Hierro por el cual volvemos a la margen derecha, tras caminar un poco por esta orilla, apreciamos varias pequeñas islas cubiertas de vegetación y también nos toparemos con los restos del último recinto amurallado, cuya parte superior ocupa la avenida del Mengue.

Estamos en la Puebla del Valle o Barrios Bajos, la zona por excelencia de los oficios artesanales del medievo y de la aljama judía, el nomenclator nos anuncia los trabajos manuales de sus antiguos pobladores: Tenerías, Carpilleros, Zapatería, Alfamareros, Caldereros, Manteca, Plata, etc., igualmente es la barriada del mercado medieval donde el pescado del Duero era vendido (Ladero Quesada menciona a bogas, barbos, anguilas y truchas); las aguas del río en este tramo solían estar coloreadas por los productos usados por los tintores y curtidores, entre los que destacaba el zumaque, tanto que las normas del concejo indicaban a los aguadores que solo podrían coger agua para beber "de encima de la açuda de la Puerta Nueva". Junto al paseo encontramos dos puertas en la muralla, la primera observada es el portillo de Toro, cubierto en la actualidad de maleza y reutilizado como desagüe, sobre el cual Hortensia Larrén describe "todavía son perceptibles los salmeres y terceras dovelas de una entrada simple de traza tardogótica".

Más adelante, está tapiada la puerta del Tajamar (conocida también como del Mercado o del Río) esta entrada es divisable ya en el dibujo de las vistas de la ciudad realizado por Anton van den Wyngaerde en 1570, llamará la atención al paseante la rampa de acceso empedrada (contruida en 1512, según Fuencisla García Casar), coronada por el tajamar que le da el nombre, tenía el objeto de salvaguardar al portón de las frecuentes avenidas del río. Esta desconocida puerta, junto al portillo de Toro, estimo deberían ser publicitadas adecuadamente como reclamo turístico, o para el simple disfrute de todos los zamoranos, ante semejante y olvidado patrimonio monumental próximo. Las murallas tenían un claro componente defensivo, pero en el caso de Zamora, en este tramo, también servían para proteger a la ciudad de las temibles riadas. Cercano al Duero estarían los baños públicos que Alfonso III ordenó construir, probablemente en las inmediaciones de la actual calle Baños; por último, hoy desaparecida, cercana al Puente de Piedra estaba la puerta de Ollas, frente a ella contemplamos una isla de grandes proporciones, la isla del Puente o de Los Conejos, debido a que hace años su dueño criaba allí estos animales.

El imponente Puente de Piedra que dislumbramos en nuestros días ha sido muy modificado en las diferentes centuarias; eliminadas sus dos torres defensivas, así como la puerta de entrada a la muralla, la imaginación nos llevará a soñar con las geometrías que pudo tener el paso por excelencia de nuestro río. El puente es un buen sitio para cruzar a las aceñas de Cabañales (llamadas también de Requejo, de Tejares, o del puente nuevo), estas aceñas con origen en el siglo XI, se componen de cuatro edificios, una calzada de acceso y un azud que nace en el otro margen a la altura del puente del ferrocarril; dos de sus molinos, eran llamados a mediados del siglo XVII, La Perdigona y Açeña del Sol. Aguas arriba, me gustaría señalar otro pequeño afluente que desembocaba cercano a las aceñas, llevaba el sugerente topónimo de arroyo Morisco del cual queda solo un pequeño puente de fines del siglo XVIII semisoterrado, El Puentico, en el camino con el mismo nombre. Aguas abajo, se levanta el majestuoso edificio del convento de San Francisco Extraponte, su bodega monacal merece si hay oportunidad una pausada visita, aprovechado ahora por la Fundación Rei Afonso Henriques.

Retornando a la margen derecha, aledaño al puente, el Duero nos advierte de sus peligros pues sumergida hay una sima, el hoyo de San Simón. A continuación, por las Peñas de Santa Marta observamos las ruinas del puente viejo, lo cual nos hace recordar las teorías de investigadores como Ursicino Álvarez, Cesáreo Fernández Duro o Miguel Ángel Mateos quienes defendían que durante tres siglos Zamora careció de puente hasta la construcción del Puente de Piedra. Los restos del puente viejo, una serie de peñones, tienen cada uno un nombre; un gran estudioso de la toponimia local, Pedro Gómez Turiel, me indica como los nombran los vecinos: Peñón Grande, Peñón Pequeño, la Meseta, la Pared y la Verdera. Llegamos a las aceñas de Olivares, el obispado fue el propietario de las mismas, en uno de sus edificios, La Rubisca, en la parte superior de su tajamar, hay labrado en piedra un cordero pascual, cuando el agua se acercaba al relieve se decía: "el cordero tiene sed" y en una de sus últimas crecidas en 1948, el agua llegó hasta sus patas. En el paraje contemplamos algunas barcas de recreo, rememorando el pasado pescador de varias familias del barrio.

Interesante reflejar que hubo también en el siglo XIX otro servicio de barcos para pasear por el Duero, partían de la Isla de Mielgo, según recogía en su libro Eduardo J. Pérez. Una anécdota relativa a la utilización de las barcas ocurrió en 1883, ese año se cerró el Puente de Piedra, debido a unas importantes reparaciones en sus arcos, siendo necesario buscar alguna forma para poder vadear el río, a causa de ello se fletó una embarcación de gran tamaño, apta para pasar varios carros de bueyes, su embarcadero se situaba entre los arrabales de San Frontis y Olivares. Las aceñas de Olivares sirvieron para la molienda de cereal, la pesca y el lavado de paños o pieles; en esa misma margen derecha, consecuencia del remanso de agua al salir de los canales del molino, se formaba un extenso arenal, constantemente regado, aprovechado por ello a modo de cespedera para el pasto de los animales, que generaba unas rentas extra.

Olivares es un peculiar topónimo, María Luisa Bueno Domínguez, en su libro "Zamora en el siglo X", refleja que en la Alta Edad Media crecían allí olivos y una parte de la población se dedicaría a la elaboración de aceite. Sánchez Albornoz describe a Zamora como el lugar de procedencia de la mayor parte del aceite consumido en León en aquella época. Era el barrio alfarero, su famosíma cerámica hizo de esta industria otra importante fuente de ingresos; leemos en 1887 a los fabricantes de loza solicitar al ayuntamiento un punto extraer el barro necesario para su trabajo, la corporación señaló las laderas del bosque de Valorio como el lugar más apropiado para esta tarea. Los hornos de panadería de este antiquísimo arrabal eran otra de las actividades más arraigadas, así como las tenerías, vestigio de ello es la denominación de la orilla opuesta, la playa de los Pelambres, en recuerdo de este trabajo efectuado por los peleteros.

El arroyo de Valderrey o de Valorio, parque al cual el poeta Agustín García Calvo dedicó algunos de los versos más bellos que se han escrito a un bosque, desagua al final del barrio de Olivares; a partir de este punto, pasamos el Puente de los Poetas apreciando la Isla del Barquero y siguiendo esta margen derecha empezamos a caminar por varios de los parajes naturales más desconocidos, agrestes e interesantes de la ciudad. Siguiendo la senda del río tomamos el camino de Gijón, poblado de muchos árboles de ribera y sorprende la abundancia de la chumbera, una planta termófila. Lugar ameno y de gran belleza presente en la portada de la revista "Zamora ilustrada" de 19 de julio de 1882, la cual cita "aquel sitio es uno de los más agradables de las afueras de la ciudad y merece tener un lugar entre los buenos paisajes de Zamora"; al final de este pintoresco paseo están las ruinas de las aceñas de Gijón en una isla, a la cual se accede por un viejo puente. Se conservan los tajamares, cárcavas y restos de la planta baja de los cinco edificios, la presa o azuda que dirige las aguas, así como el cañal o pesquera de considerables dimensiones. Gómez Moreno encontró ya referencia del lugar en un testamento de 1242 que citaba "una viña en Xexón". Aldeaño está su caserío, coronada su entrada por un bonito reloj de sol, trabajado en un bloque de piedra arenisca, fechado en 1855. Es tierra de molineros, hortelanos y pescadores, acompañados siempre de esforzados cormoranes, magestuosas garzas y simpáticos ánades que navegan entre sus corrientes.

Seguiremos nuestro cultural paseo dejando atrás la cárcel concordataria de Zamora, poco más adelante desemboca del arroyo de Guimaré, y antes de comenzar la cuesta de la Barrosa, sale un camino hacia la izquierda, es el camino de La Aldea o de Los Pisones, la etimología anuncia lo que vamos a encontrarnos, unos molinos relacionados con la industria textil. Estamos en las aceñas de Los Pisones, formadas por cuatro cuerpos, unidos a través de una pasarela que culmina en un canal de pesca en el que muere un largo azud de 325 metros de longitud. El acceso a la aceña es a través de un puente, en el que aún podemos ver los carriles metálicos, por los cuales circulaban vagonetas cargadas de cereal, y es que estos molinos fueron transformados en fábrica de harinas con funcionamiento hasta 1960. En tiempos pretéritos, el cubo pequeño contenía el pisón (o batán) máquina ideada para abatanar las telas. Los materiales empleados para la construcción de los muros portantes fueron: arenisca, pizarra, mortero y ladrillo macizo. Esta impresionante aceña destaca sobre el lecho del río, rodeada de un grandioso paisaje, enfrente a modo de paramera divisamos el mítico Teso del Temblajo.

Valdelaloba es el paraje presenciado inmediatamente, el camino es una delicia, encajonado entre el río, tierras de labor y numerosos almendros, cruzaremos el regato con el mismo topónimo, y a continuación aparece otro de los ingenios hidráulicos más desconocidos del Duero, es el azud de Matarranas. Referencias del mismo, en la documentación antigua, hay en 1210 cuando "es comprada por don Jacob, cantor de la Catedral, media aceña de la zuda de Matarranas"; además, en el siglo siguiente, el cabildo la arrienda al gremio de tejedores todos los cañales y molinos de paño. Las piedras de moler de las Aceñas de Matarranas estaban junto a la margen derecha, encarecidamente recomiendo su visita durante el verano, debido al estiaje del río pueden apreciarse fácilmente los restos semiderruídos de su presa, algo que durante la época de mayor caudal es difícil percibir.


El placentero paseo cruza otro pequeño cauce, el Regato de Chinaguero, un viejo letrero próximo, sobre un muro al borde del camino, llama la atención, reza "Plalla de los Yeyés", curioso nombre que le dieron algunos zamoranos a esta zona de baño en la década de los 60, allí el rugido de las aguas y lo agreste del paisaje reflejan un nuevo accidente en el Duero. Una larga pesquera penetra en el río en forma de cuña, la azuda recibe el antropónimo de Cañal de Guerra. La finca fue fundada en el siglo XVI por don Baltasar Guerra de la Vega, quien compró las antes descritas Aceñas de Matarranas para construir, inmediatamente, aguas abajo, unos robustos cañales para la pesca con más altura, anegando a las pisones anteriores. El caserío cercano, poquito a poco, se desmorona, lejos quedan aquellos tiempos cuando las anguilas pescadas en el Cañal de Guerra eran famosas en la región.

No muy lejano, pero en la margen izquierda, desemboca el arroyo de Zape, otro buen lugar para contemplar la preciosa ribera y los cañales, antiguamente hubo cerca una villa medieval, San Mamed; más retornando al sitio, dando solo un pasos desagua el Regato de Los Molinos, buen pago para los aficionados a la geología donde podrán deleitarse con múltiples formas pizarrosas. Contiguos ya a Carrascal, acaban aquí los ingenios en el Duero próximo a la ciudad, si seguiéramos con el recorrido avistaríamos la Aceña de Congosta, y más alejados, al borde de la carretera de Almaraz, los populares Cañales de Charquitos o de Valverde, pero eso lo dejamos para otras líneas. Nuestra etnológica caminata ha llegado a su fin.

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