07 de junio de 2019
07.06.2019
ZONA DE OCIO

A orillas del arroyo de la Riguera por Donadillo

Sorprenden y agrandan estos parajes, sombreados por hileras de fresnos, con sauces y alisos intercalados

06.06.2019 | 19:09
Nuestra propuesta semanal de rutas a pie por la provincia de Zamora. A orillas del arroyo de la Riguera por Donadillo.

El arroyo de la Riguera, también llamado del Abranal, del Regato o de Fuentalba, es un modesto curso acuático, afluente del río Negro por su margen izquierda. Nace en las estribaciones del la Sierra de la Cabrera y drena, casi totalmente, los términos de los pueblos de Donado y Donadillo. Dispuestos a caminar junto a su cauce, elegimos como punto de partida esta última localidad. Conoceremos así de los parajes recónditos y serenos por donde discurre, en contacto directo con una naturaleza un tanto áspera, pero libre y primigenia.

Iniciamos el recorrido desde las proximidades de la iglesia del citado Donadillo, tomando una calzada que enfila hacia el mediodía. Dejamos atrás unas últimas casas y en dos bifurcaciones sucesivas nos desviamos por los ramales de la izquierda. Avanzamos a continuación por una especie de carril, trazado entre las paredes de las fincas, para alcanzar enseguida el cauce que buscamos. Existió en este enclave un rústico puente. De él permanecen sus sólidos estribos de mampostería, pero desapareció hace mucho su plataforma originaria de troncos. Ante esa circunstancia, para cruzar a la otra orilla y seguir por ella un breve trecho, utilizamos una rudimentaria pasarela de piedras alineadas. En momentos de caudales abundantes no es posible tal acción. Entonces hemos de rodear la finca contigua y bajar más allá. Unos ciento cincuenta metros por debajo de los restos de ese destruido puente encontramos otro, ahora firme y bien cuidado. Aprovechamos su funcionalidad para retornar sin esfuerzo a la margen derecha. Es por ese lado por donde vamos a caminar toda la primera mitad del trayecto.

En un talud inmediato sorprenden los muñones rojizos de un muro. Al parecer son los restos de un viejo tejar que fue propiedad del concejo. La persona que se hacía cargo de su explotación, aparte de concertar de antemano el precio de cada teja, tenía que entregar cien unidades a cada vecino del pueblo. Con ello la venta sólo era libre con gentes de otras localidades.

Sorprenden y agradan estos parajes, sombreados por hileras de fresnos, con sauces y alisos intercalados. Singulares se presentan tres viejos cerezos, altos, frondosos, emplazados en terrenos comunales. Alguno más resiste en las cercanías. Se generan así densas masas forestales que esconden y camuflan cualquier obra humana disonante. A su vez las praderas ribereñas exhiben suave césped, mantenido a raya por los rebaños que aún deambulan y aprovechan estos pastos. Las tenadas ganaderas quedan relativamente cerca, pero apenas llegamos a notar su presencia. Deambulamos por un valle apartado y silencioso. A trechos se angosta, constreñido entre taludes rocosos, para abrirse a continuación en navas húmedas y fecundas. Por ciertos sectores nos desplazamos al lado mismo del cauce, para retirarnos en otros, forzados a esquivar riscos agrestes o áreas encharcadas. La serenidad resulta total. Sólo percibimos el chapoteo de las aguas al saltar por encima de rudimentarias presas. Algunas de esas barreras desviaron las corrientes hacia los caces de molinos desaparecidos. Queda memoria de la existencia de tres de ellos. Bien hermosos y bucólicos resultan los remansos, sobre los que flotan, en primavera, las delicadas flores de los ranúnculos. Aprovechando una cuesta, bien orientado hacia el tibio sol y protegido por una recia pared, encontramos un modesto colmenar. Allí las abejas han de beneficiarse con la esplendorosa floración de multitud de escobas, cantuesos, caparzas y otros matorrales que prosperan por el contorno.

Tras un último encajonamiento, el valle se abre en una vasta pradera de muy poco desnivel. Allá el arroyo se retuerce en cerrados meandros, diluyéndose a tramos entre hirsutos herbazales. Para evitar corros pantanosos conviene introducirnos en el robledo inmediato. Ese frondoso bosque ha sufrido talas recientemente. Bien evidentes son tocones, con los cortes aún frescos, que todavía emiten el tan característico aroma de madera recién cortada.

Nuestra caminata se torna monótona, un tanto rutinaria; hasta que, sorpresivamente, topamos con un camino bien marcado que aprovechamos para nuestro avance. Es esta pista el enlace principal entre Donadillo y Peque, la localidad oriental más inmediata. Hacia el sur, a media distancia, se hace presente un extenso pinar, ya adulto. Ocupa los espacios del viejo desolado de El Villar. Cuentan que las últimas moradoras de ese lugar fueron dos mujeres. Decididas a abandonarlo, no se pusieron de acuerdo para irse juntas y una emigró a Otero de Centenos y la otra a Donadillo. Por ello no pudo adjudicarse el término yermo a ninguno de los dos pueblos, quedando indiviso. Por detrás, más allá, emerge el poderoso Castro de Otero, un cerro dominante en cuya cumbre quedan vestigios de un asentamiento fortificado.

Atravesamos el arroyo por un paso creado con grandes tubos e iniciamos el retorno por las riberas orientales del valle. Se nos presentan ahora incómodos obstáculos. El primero es un regato convergente, el cual genera un área semiencharcada que hemos de salvar. Ese tremedal se prolonga algunas decenas de metros, pero si pretendemos esquivarlo por la ladera adyacente la espesura de los brezos que allí crecen dificulta el avance en gran medida. Ya más arriba concluyen los impedimentos para de nuevo recuperar del sosiego. El sotobosque se hace practicable y desaparece el chapazal. Encontramos en esta parte robles de notable envergadura. Tres de ellos, juntos, forman un conjunto admirable. También hallamos un rodal de encinas, una docena de ellas que resultan interesantes por su escasez en la zona.

La vaguada principal recibe por este lado la convergencia de otra secundaria, suave y amplia. Nos adentramos por ella para conocer otros rincones del término. La drena el regato del Mular, el cual carece de verdadero cauce en largos sectores. Todos los espacios están ocupados por pastizales, ralos y pobres en las cuestas, pero mucho más tupidos en los bajos. Seguimos por ahí hasta encontrar las trochas transversales de los rebaños o las roderas de algún tractor. Aprovechando su realidad viramos hacia el oeste para penetrar de nuevo en el pueblo.

Dispuestos a disfrutar de los atractivos del casco urbano, comprobamos su amena dispersión. Posee cuatro barrios bien definidos, denominados El Cabo, El Couso, Medio y Arriba, separados entre sí por diversos huertos, dotados de densas arboledas. El más oriental se emplaza al otro lado del arroyo. Aunque encontramos algunas ruinas y edificios en precario estado, dominan las casas bien acondicionadas, de magnífico aspecto. Unas presentan nueva hechura, pero otras son las tradicionales que se han beneficiado de modélicas rehabilitaciones. Entre los inmuebles más vetustos y peculiares destaca la vieja fragua, imprescindible antaño para la vida rutinaria del pueblo. Aunque en nuestros días yace solitaria, aún se conserva en buen estado. Posee paredes de mampostería y en los tejados combina losas de pizarra, reservadas para los aleros, con teja curva en los faldones. A su servicio, para facilitar un buen temple, a pocos pasos de su puerta acondicionaron una modesta laguna. Necesario es evocar también las fuentes locales más conocidas, la de las Calinas y la de Fuentalba.

Actuando de nexo espiritual y centro común de encuentros, la iglesia es el edificio más emblemático. Desde lejos se hace presente con una esbelta espadaña de tres ventanales, animada con salientes cornisas y parejas de bolones esquineros. Aparte de ese campanario, posee larga nave y rotunda cabecera cuadrada, a la que agregaron dos capillas laterales. Centrando la atención en detalles, apreciamos que la mencionada cabecera es la parte más antigua y descollante. Sus muros, potenciados con gruesos contrafuertes esquineros, son de mampostería regularizada con gruesas llagas de mortero. No obstante, para los aleros se reservaron labores de cantería. Crearon así una cornisa decorada con una interminable sucesión de pomas, apoyada en canecillos poco salientes, provistos de gruesas bolas Se repitieron aquí las formas existentes en Villar de los Pisones, Palacios de Sanabria, Vime y otras localidades de la comarca, pero con menos delicadeza y minuciosidad. La utilización de la piedra local "ollo de sapo" no debió de consentir mayores sutilezas. Como en los lugares citados, es posible que esa parte se levantara entre los siglos XIV y XV. Conocimos el interior hace ya unos cuantos años y suponemos se conserve igual que entonces. Como punto central de atenciones descuella el retablo principal. Se nos muestra con una vistosa policromía, lograda con jaspeados de variados tonos. Adopta así unas formas neoclásicas peculiares, pero ciertos detalles incitan a pensar que en origen fue una obra barroca que en momentos posteriores a su creación debió de sufrir la eliminación de los ornatos para generar el estado actual. Persisten columnas salomónicas, insólitamente lisas, desprovistas de los sinuosos sarmientos. En su nicho central, además de imágenes de yeso, entroniza una figura de San Miguel, dejando para el ático la de la Santa Eufemia, titular de la parroquia. Sirviendo de dosel, por encima se tiende un notable artesonado leñoso, en el que pechinas esquineras tornan la planta cuadrada en octogonal. Su vistosidad se logra en la repetición geométrica de elementos, a la que se agregan labores de sogueado en vigas y estrellas pintadas en tableros. De las capillas laterales destaca la del Ecce Homo, cuyo retablo, barroco, muy denso, expone la escultura de Cristo, con todos los signos de su humillación y ultraje. Aparece sentado sobre una especie de dragón o monstruo. Por encima la escena del Calvario se completa con la presencia de Dios Padre y la paloma del Espíritu Santo, para reproducir una peculiar Trinidad.

Un segundo edificio religioso existe en la localidad. Es una pequeña ermita titulada de la Vera Cruz, ubicada a las afueras, hacia el oriente, a orillas de un camino antaño mucho más transitado. Por sus formas posee planta cuadrada, con un portalillo o tejavana amparando la puerta. A través de un enrejado de listones es posible contemplar el interior. En el centro muestra una especie de estampa a modo de retablo, quedando a los lados, apoyadas en la pared, un par de grandes cruces de madera. Su encanto proviene de su modestia y del campestre entorno en el que se emplaza. Una restauración moderna ha consolidado el edificio. Como tributo ha perdido parte del bucólico encanto que poseía.

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