17 de marzo de 2019
17.03.2019
Josemi Lorenzo Arribas | Doctor en Historia Medieval

"La Muralla de Zamora es un privilegio si se la compara con otras ciudades de la región"

"Esta ciudad aún mantiene la vida en el casco histórico; la mayoría son ya pasto de las franquicias y del consumo turístico" "La Puerta de Doña Urraca encierra aún varios enigmas"

16.03.2019 | 20:37
Josemi Lorenzo, en Zamora.

El XIV curso Arte en Zamora ha ofrecido esta semana en la UNED la posibilidad de conocer mejor el siglo XI en la ciudad. Una de las aportaciones más originales corrió a cargo de Josemi Lorenzo, historiador de dilatada experiencia y estrecho contacto con Zamora, de donde procede su familia. Lorenzo Arribas ha tratado temas muy vinculados a esta tierra, como el Diccionario histórico geográfico de Tomás López, las cartas de Manuel Gómez-Moreno (junto a su colega Sergio Pérez), la iglesia de San Pedro de la Nave y ahora, la Puerta de Doña Urraca, donde ha obtenido varios datos más que curiosos.

–Esta semana, ha dedicado su participación en el curso Arte en Zamora para hablar de la Puerta de Doña Urraca, ¿con qué objetivo?

–Al objetivo de vincular dos cosas que están en la mitografía nacional zamorana. Por un lado, la llamada puerta de Doña Urraca. Por otro, la adscripción de Zamora como antiguo solar numantino. Durante toda la Edad Media, casi hasta Florián de Ocampo, se daba por hecho que Zamora era la heredera de Numancia. Por tanto, la muralla daba acceso, en el imaginario popular, a la ciudad de Numancia. Aprovechando una reciente investigación sobre un ladrillo –el ladrillo de Zamora que llamó Eduardo Saavedra–, del que encontré la copia en la Real Academia de la Historia, fui retrotrayéndome para investigar cómo se había ido fraguando la adscripción a Numancia en época ya moderna hasta bien entrado el silo XIX y el XX, me parecía un buen acceso. Me interesaban algunas de las piedras más antiguas del recinto amurallado de la ciudad y, en concreto, la Puerta de Doña Urraca.

–¿De dónde viene ese interés por este emblemático paso al casco histórico de la ciudad?

–De mi aportación al libro sobre las ilustraciones de José María Avrial, dedicada precisamente a la Puerta de Doña Urraca. Me encontrado sorpresas, porque la realidad es que todo está menos investigado de lo que parece.

–¿Cuáles son esas sorpresas?

–En primer lugar, me propuse investigar desde cuando esta puerta había adoptado el nombre de Doña Urraca. De hecho, la historiografía del siglo XIX no reconoce este nombre prácticamente hasta la década de los noventa. Hasta esa fecha, el nombre más popular era el de "Zambranos", utilizado tanto por Fernández Duro como los historiadores anteriores hasta 1845, cuando por primera vez aparece registrado este nombre.

–Y después aparece el nombre de Doña Urraca?

–Así es, de repente. Se sabía que el presunto palacio de la infanta había estado junto la puerta. Ese nuevo bautismo tiene que ver, en mi opinión, con dos visitas reales que tienen lugar por la época. En 1877 pasa por aquí Alfonso XII y en 1909, más o menos, lo hace Alfonso XIII.

–¿De dónde viene la denominación de "Zambranos"?

–Hay un aspecto que nos puede inducir a error, porque vemos escrita la expresión "postigo de Zambranos", que puede identificarse con una puertecita pequeñita que hay allí o con la puerta principal. En todo caso, "Zambranos". ¿Por qué? Bien, en algunas fuentes, fundamentalmente en el siglo XIII, a los zamoranos se les llama "çambranos" o "cambranos" indistintamente. Es un fenómeno muy típico, el de la epéntesis, la sustitución de una vocal por una consonante o a la inversa. En este caso, el de la "be" por la "o". El término asociado a la denominación de la puerta lo he encontrado, como fecha más antigua, en el siglo XVII (1621). De cualquier modo, sería un topónimo extrañísimo que en Zamora una de las puertas se dedique a los zamoranos, porque generalmente la adscripción se realiza a un sitio lejano, fuera de esa zona. Hoy por hoy, no le encuentro explicación.

–Volviendo a Doña Urraca, dice que la denominación arranca a finales del siglo XIX.

–La primera vez que he documentado el nombre es en la declaración como Monumento Histórico Artístico, en 1874. En 1877 viene Alfonso XII, entre otras cosas, a inaugurar el previo del Museo Arqueológico. En el facsímil editado por el Florián de Ocampo de un librito titulado "El Lazarillo del Duero" he encontrado la confirmación de que la Puerta de Doña Urraca es parte de lo que le llevan a ver al rey. Todo encaja con la cuestión nacionalista de la época que trata de ligar el pasado a Numancia por un lado, a Viriato por otro, y dentro de la Edad Media, a la figura rehabilitada de la infanta Doña Urraca. Un personaje ambiguo en la Historia: se la ha visto como partícipe del regicidio, según las fuentes castellanas, o exculpada por las fuentes leonesas. En todo caso, saber cómo llamaban a la Puerta de Doña Urraca en la Edad Media sigue siendo un enigma.

–¿Ha encontrado alguna curiosidad más?

–Aprovechando una fotografía extraordinaria de Jean Laurent y el dibujo de José María Avrial, trato de documentar las refacciones que haya podido tener la portada. Está sobre el primer recinto de la muralla, pero seguro que está rehecha a finales del siglo XII. Solo he podido documentar en el siglo XVI modificaciones en una puerta llamada de San Bartolomé –que no sé si será esta o no– y después nos tenemos que ir a los dibujos del siglo XIX, precisamente muy dibujada desde 1838 por el valor que despierta la figura de la infanta.

–¿Se puede decir que lo que vemos hoy es, grosso modo, lo que veían nuestros antepasados medievales?

–En parte sí, en parte no. Por un lado, esta la inscripción con el presunto busto de la infanta que, según Fernández Duro, se pone a principios del siglo XVII y después prácticamente perdido. Hay diversas restauraciones. Por ejemplo, a través de la compra de postales antiguas, necesariamente hecha en la segunda década del siglo XX, he podido documentar que no tenía hiladas de piedra en la base y posiblemente se trataba de roca viva. También está la imagen del lienzo de 1700, con torres idealizadas que parecen de Walt Disney, algo que tampoco sería real. Finalmente, en los años sesenta, con Menéndez Pidal, se practica la gran reforma.

–¿Cómo ha sido su conservación?

–En cuanto al volumen, podría decirse que no se ha conservado mal, con el arco de medio punto junto a los dos grandes cubos. Un tema diferente es cuanta cantidad de piedra original queda en el monumento. Posiblemente, bastante poca. Lo que es importante, desde el punto de vista ya simbólico, es la fidelidad que Zamora siempre ha mantenido hacia la infanta Urraca, algo reseñable.

–Viajemos a finales del siglo XIX, cuando comienzan a derribarse las puertas de la muralla para permitir que la ciudad sea más permeable. ¿Cómo ve el monumento que ha llegado hasta nuestros días y que hoy es objeto de debate sobre su papel y finalidad?

–Es un debate que debería abordarse desde una perspectiva multidisciplinar, no deben dejarnos solo a los historiadores opinar. Deben entrar urbanistas, arquitectos o colectivos sociales también. La conservación de la muralla dependerá de la importancia que le den los ciudadanos. Es verdad que fue, desde el punto de vista de la Historia del arte, una desgracia el derribo de las puertas. Por otro lado, aquella decisión en todas las ciudades españolas se hizo lo mismo por una cuestión de higiene. También se ha dicho que aquellas ciudades que no derribaron sus perímetros murados después no prosperaron. Ahí tenemos Zamora o Ávila. Hoy por hoy, la consideración de este monumento es diferente. Pero si la consideramos desde un punto de vista frío, es un horror: es un muro que te impide ver lo que hay detrás. Hoy le ponemos muchos valores, más allá de los plásticos.

–¿Qué opina de esa labor de liberalización del monumento, que consiste en echar abajo todos los edificios que se construyeron en el entorno?

–Esas construcciones se estilaban en su día. Hay que pensar si la liberalización de esos edificios es lo correcto. Pasa lo mismo con las catedrales, consideradas hoy como esculturas exentas, fuera de toda esa malla orgánica que le daba el sentido urbano que tenían. Zamora tiene una muralla que es un privilegio, actualmente, si se la compara con otras ciudades castellanoleonesas. Se debe cuidar, pero hay que pensar cómo queremos verla. Si se quiere recorrer completamente por ambas partes o si se quiere conservar la historia del monumento, con ese todo orgánico adosado.

–Luego está la cuestión de la banalización de pueblos y ciudades por la cuestión turística, convirtiendo muchos núcleos urbanos en escenarios, ¿qué opina de este fenómeno?

–El turismo por el turismo no tiene sentido. Hacer ciudades consumibles es también hacer de sus gentes, objetos de consumo. El turista viene a tener una experiencia, un contacto. Consumen al paisano de turno como un café en el bar. Es un debate mundial que hace reflexionar sobre lo que está pasando. Cuando se vacían los centros históricos se muere el alma. Zamora, afortunadamente, todavía no es el caso y es de los mejores ejemplos. El centro histórico no es solo pasto de franquicias y de consumo turístico. En otros sitios, como Cáceres, cuando se cierran los comercios, es una ciudad fantasma que da miedo, un decorado. No sé si se puede hablar de turismo sostenible, pero el turista no tiene derecho a hacer lo que le de la gana cuando visita un lugar.

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