13 de abril de 2018
13.04.2018

A las Peñas Coronas desde Carbajales de Alba

Al lado del cruce de carreteras llama la atención el taller de bordados, bien visible por su pintoresca torre redonda rematada en agudo chapitel

13.04.2018 | 10:10
A las Peñas Coronas desde Carbajales de Alba

En uno de los extremos del término de Carbajales de Alba existe un notable asentamiento castreño conocido como La Corona o Peñas Coronas. En exploraciones superficiales han hallado en su entorno molinos barquiformes, hachas pulimentadas y diversos fragmentos de cerámica tipo Soto, piezas que denotan que su época de apogeo abarcó desde el siglo VIII al V antes de Cristo. Aparte del interés arqueológico, el paraje descuella también por su amplio dominio paisajístico. Por ello, hasta él dirigimos nuestros pasos, con intenciones de conocer el propio enclave y de gozar de las hermosas panorámicas que desde allí se divisan.

Para llegar salimos del casco urbano por la carretera que comunica con Fonfría. Junto a las últimas casas, antes de sobrepasarlas, tomamos una pista que parte hacia la izquierda. Se la denomina Camino Viejo de Videmala, pues comunicaba con esa localidad vecina. En nuestros días ha perdido su función como enlace comarcal, ya que desde la construcción del embalse de Ricobayo el tramo que discurría por el hondón del río Aliste queda anegado de continuo.

Avanzamos por espacios desnudos, entre medio de parcelas uniformes y despejadas. Pronto accedemos a una primera bifurcación y en ella optamos por el carril de la izquierda. Algunos centenares de metros más allá, en un posterior empalme, proseguimos de frente. Dejamos atrás una finca, con unas modestas construcciones y un huerto, protegidos doblemente por una sólida cerca de alambres y perros furiosos. Tras un recorrido casi directo hacia el mediodía alcanzamos un punto desde el que ya se domina, en largo trecho, el valle del Aliste. Topamos allí con una importante encrucijada y en ella nos decidimos por el ramal de la derecha. Ascendemos ahora a la cima de un cerro para bajar a continuación. Dispersos por los alrededores existen unos cuantos nogales. De entre todos ellos destaca uno, admirable por el grosor de su tronco y sobre todo por el amplísimo vuelo de su copa.

El otero que queda de frente es ya el de Peñas Coronas, bien denominado aunque por esta parte no se divisen los roquedos que le caracterizan. Al arribar a su cumbre nos apartamos del camino para atravesar las fincas allí existentes o sortearlas si están sembradas. Ya arriba, apreciamos el valor estratégico de la mesetilla sobre la que se asentó el poblado castreño. Dispuso de defensas naturales en su costado occidental, pues por allí el terreno, formado por esquistos y pizarras, queda tajado en vertical, generándose un inaccesible despeñadero. Por los otros laterales, de orografía más suave y fácil acceso, debieron de construir algún tipo de parapeto o muralla, perdido en nuestros días. Su probable desaparición ha de achacarse al ancestral aprovechamiento agrícola de todos los espacios. El talud circundante que aún se aprecia es posible que sea la última huella de esas supuestas fortificaciones.

Además de las evidentes ventajas tácticas, el lugar debió de ser ante todo una magnífica atalaya. Los horizontes se agrandan por todos los lados. En primer plano divisamos el curso del Aliste. Su lecho originario forma sucesivos y cerrados recodos, ensanchados ahora al formar parte de una de las colas del ya citado embalse del Esla. Para permitir las comunicaciones existe un largo y funcional puente. Por ambas orillas se alzan cuestas encrespadas, pobladas de encinas y matorrales. Algunas de ellas, sobre todo las meridionales, exhiben agrestes roquedos, cual si fueran parte de un filón puesto en vertical. Un trecho de esos espacios sumergidos inmediatos formó parte de la histórica dehesa de Santa Engracia. Según una conocida leyenda ahí murió martirizada la santa de ese nombre. No se sabe con certeza el periodo en el que ello ocurrió, pero pudo ser hacia el año 1050. Debió de ser hija de un musulmán convertida al cristianismo. Su progenitor no aceptó el cambio de religión y la castigó cruelmente. La muchacha, en búsqueda de sosiego, huyó del domicilio familiar y se refugió en estos parajes viviendo como eremita en una angosta cueva. No obstante, un sicario, a órdenes de su padre, consiguió darle muerte, arrojando su cadáver al río. Recuperado de las aguas, el destrozado cuerpo fue venerado en el convento de los agustinos de la propia localidad hasta la Desamortización del siglo XIX. Tal cenobio en un principio estuvo ubicado sobre el sitio del martirio, pero en el siglo XVII lo trasladaron al interior del casco urbano.

Volviendo las miradas hacia el norte, divisamos en toda su extensión el propio pueblo de Carbajales. Algo más apartado, también se otea Muga de Alba. Al fondo queda la Sierra de Cantadores, con una larga serie de eólicos plantados en su cima. A su vez, por sus laderas discurre la línea de ferrocarril hacia Orense. Se distinguen, como heridas, sus trincheras y terraplenes, además de la estación, pintada de un blanco deslumbrante. Allá, en lejanos confines, asoma el impactante viaducto de Martín Gil, con su gigantesco arco central.

Tras gozar del enclave con calma, el regreso lo hacemos por la misma senda por la que vinimos. De nuevo en el pueblo, preciso es conocer sus numerosos atractivos. Históricamente actuó de centro político y comercial del viejo Condado de Alba de Aliste. Retrocediendo en los siglos, el primer núcleo importante de la comarca fue el recóndito lugar de El Castillo de Alba, donado por Alfonso IX a los caballeros Templarios. Tras la disolución de esa Orden y complejas vicisitudes, el dominio recayó en don Enrique Enríquez de Mendoza, quien recibió de los reyes el título de conde. Ese noble decidió trasladar, allá por el siglo XV, la sede de su señorío a la entonces aldea de Carbajales. Convertida de esa manera en villa, la población prosperó en todos los sentidos hasta ser la más notable de la zona. En tiempos de Felipe III, el propio monarca acudió por tres veces, para participar en cacerías. Pocas décadas más tarde, en las guerras de Secesión de Portugal, la localidad adquirió destacada importancia estratégica debido a la relativa proximidad de la frontera. Para potenciar su defensa, construyeron un fuerte en la zona meridional, la más apropiada, el cual ya estaba terminado en el año 1647. Lo alzaron rodeando la iglesia primitiva que al final fue derribada. Aún así, los ejércitos enemigos llegaron hasta aquí en varias ocasiones e, incluso, en 1665, consiguieron derrotar a nuestras tropas ocasionándonos un gran desastre. Tras el fallecimiento de Carlos II, las huestes portuguesas conquistaron la villa en 1711 y, aunque fueron expulsadas enseguida, los daños provocados fueron tan grandes que la economía local nunca logró recuperarse. Ya en el 1812, durante la Guerra de la Independencia, aquí se entrevistaron los generales Wellington y Grahan, con la intención de preparar posibles ofensivas frente a los franceses invasores.

Debido a la importancia del citado Fuerte, titulado de San Carlos, hacia él nos encaminamos en primer lugar. Comprobamos que perduran en gran medida sus estructuras originarias, parcialmente consolidadas y restauradas. Es una fortaleza con planta de estrella de cuatro puntas, de escasa altura, protegida por un amplio foso. En cada uno de los vértices dispusieron un baluarte, cuya eficacia fue potenciada con revellines exteriores. Debido a su desmilitarización y al abandono sufrido desde finales del siglo XIX, se perdieron los edificios internos, además de casi toda la envoltura pétrea externa. En el medio ya señalamos que se alzó el viejo templo, santuario a su vez de la Virgen de los Árboles, patrona local. Según una leyenda, en tiempos de la Reconquista, los árabes atacaron la localidad y la Reina de los Cielos se apareció a los defensores para darles ánimo. Se mostró sobre un negrillo y ese árbol, respetado como sagrado, resistió secularmente hasta secarse y caer en el año 1955.

La actual iglesia fue edificada, tras desmontar la primitiva del fuerte, siguiendo planos trazados por José Barcia en 1740. Surgió así un monumento sobrio y noble que ocupa uno de los laterales de la Plaza Mayor. Lo alzaron con oscura mampostería, potenciada en vanos y esquinas por recios sillares. Su torre, muy esbelta, se rehízo en el siglo XIX bajo proyectos del arquitecto Pablo Cuesta. El interior resulta amplio y luminoso. Está formado por una sola nave longitudinal, completada con crucero y cúpula. Los muros se presentan enjalbegados, quedando en piedra vista los diversos arcos, consiguiéndose así una grata bicromía. De entre los diversos retablos descuella el principal, de un barroco ya tardío. Cobija en su centro la ya citada imagen de la Virgen de los Árboles, muy venerada entre las gentes locales. Destacan además tres figuras renacentistas del Crucificado de singular valía. Dos de ellas fueron talladas para la cofradía de la Cruz por el notable escultor Juan Ruiz de Zumeta.

Adosada a la iglesia, formando un todo común con ella, encontramos la sede del ayuntamiento. Es un edificio muy atractivo, levantado hacia 1690 con sillería de granito. Posee dos plantas, aligeradas cada una de ellas con cuatro arcos de medio punto apoyados sobre recias columnas dóricas de fustes monolíticos. Preséntase como el inmueble civil más notable del casco urbano y una de las casas consistoriales más hermosas de toda la provincia.

En el medio de los jardines de la plaza de San Sebastián se halla el monumento a don Ignacio Sardá. Consta de una cabeza de bronce sujeta sobre alto pedestal. Viene a ser un digno recordatorio de la figura de este docente y prolífico poeta, nacido en el pueblo el año 1915.

Al lado del cruce de carreteras llama la atención el taller de bordados, bien visible por su pintoresca torre redonda rematada en agudo chapitel. Fue instituido por la antigua Sección Femenina para la enseñanza y elaboración de los bordados locales, aplicados sobre todo para el ornato de la indumentaria tradicional femenina, una de la más vistosa de toda España.

A la salida del pueblo hacia Zamora se extiende la amplia campa que fue de las eras. Sobresalen allí las tres cruces del Calvario, estación principal de un vía crucis que arranca en la iglesia. Al lado se emplaza el cementerio local, con una modesta capilla que es heredera de la antigua ermita dedicada a San Amaro. Este bienaventurado, de vida un tanto legendaria y fabulosa, pasó por el lugar después de haber peregrinado a Compostela. Aquí tuvo una visión sobrenatural del anhelado Paraíso.

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