Francisco Gustavo Cuesta de Reyna (Zamora, 1959) pregonará la Pasión el próximo 14 de marzo en Vigo, donde podrá hablar de su vasta contribución a la Semana Santa. Fundador del Espíritu Santo con tan solo 15 años y presidente de La Borriquita con 18, Cuesta de Reyna explica algunas de las claves de la evolución de la fiesta religiosa en las últimas cuatro décadas.

-¿Cómo ha acogido la invitación para anunciar la Pasión en Vigo?

-No he sido pregonero de forma habitual. Lo hice en 2000 en la Semana Santa de Villalpando. Pocos años después, anuncié la fiesta en Villaralbo. En el caso actual, el presidente de la Casa de Zamora en Vigo, Miguel Ángel Crespo, me remitió la invitación por escrito a propuesta de un prestigioso fiscal de allí, Ramón Palacios, miembro de la institución. Estoy ilusionado y lo agradezco, porque amo Zamora y la Semana Santa.

-Quizá comparta en la ciudad gallega su amor por la Semana Santa desde muy pequeño...

-Fui cofrade desde niño por voluntad propia. Mi madre, una mujer extraordinaria, no inculcó a toda la familia el amor por las cosas de aquí, por Nuestra Madre, por la Semana Santa. Esa fue mi primera cofradía y luego llegaron otras.

-En una celebración distinta, ¿no es cierto?

-La Semana Santa alcanzó su prestigio porque era humilde, auténtica y muy bella. Entonces, no había dinero ni apenas cofrades.

-Una celebración incompleta. Los jóvenes de ahora no conciben la Pasión sin el Espíritu Santo, la Buena Muerte o Las Siete Palabras...

-Los jóvenes han nacido con la celebración de ahora, y los que somos más mayores, no entenderíamos la celebración si nos quitan estas cofradías. Todas estas hermandades, que parecen extraídas del medievo, han encajado perfectamente en la idiosincrasia del conjunto.

-Supongo que recuerda con orgullo su iniciativa para impulsar una de ellas, el Espíritu Santo.

-Esta es una idea que se me ocurrió en una visita con mi abuela a la iglesia del Espíritu Santo. Era un niño, tenía doce años y, entonces, pensé que allí faltaba una procesión. Comencé a hacer dibujos y a contagiar esta ilusión al párroco y a la junta vecinal. El proyecto salió adelante en diciembre de 1974 cuando yo tenía solo quince años, un hecho insólito en la Semana Santa. El derecho canónico no lo permitía, pero nadie me dijo nunca nada.

-¿No le miraban raro?

-Nunca me preguntaron la edad. Era periodo de sede vacante y la autoridad en Zamora la ejercía el obispo de Astorga, Antonio Briva Miravent. Era una persona corpulenta, imponente, que siempre me atendió muy bien y jamás me consultó qué años tenía.

-Convenció al obispo, pero no a la Junta pro Semana Santa. ¿Aquello fue un revés?

-Lo fue. Nuestra idea principal consistía desfilar el Lunes Santo por la noche, pero La Buena Muerte se adelantó. Barajamos varios lugares en el calendario y, finalmente, acordamos salir el Viernes de Dolores. Aquella Junta de Cofradías estaba más ligada a La Buena Muerte y nosotros recibimos el rechazo del órgano presidido por Marcelino Pertejo. Mi reacción consistió en acudir al obispo y al fiscal diocesano que, desoyendo otros criterios, aprobaron por sorpresa la hermandad.

-¿Cómo se las arreglaron para sacar la procesión a la calle solo unos meses después?

-Fue un periodo de vértigo en el que tuvimos que realizar la preciosidad de andas que conservamos en la actualidad y hacer cofrades, que no sabían ni donde estaba la iglesia del Espíritu Santo. Apuntábamos los nombres en servilletas de papel y les hacíamos las túnicas para la primera procesión. Aquella novedad impactó en la calle, máxime teniendo en cuenta que no teníamos ni dinero ni el apoyo de nadie.

-¿Aquella lejana primera procesión, hace cuarenta años, fue como usted la había imaginado?

-Sí, en efecto, así era en mis dibujos de pequeño. Todo el mundo tenía la túnica de estameña y el hábito monacal en homenaje a la abadía aneja a la Catedral. Añadimos un picado para asemejarnos a la Hermandad de Penitencia, un barrio próximo al nuestro.

-Un proyecto de aquella naturaleza sería casi imposible en la actualidad...

-La dificultad es la misma que nos encontramos entonces. La ilusión, el empeño y la habilidad que empleamos tuvo éxito en una ciudad en la que la gente se deja llevar con facilidad. Una tierra muy cerrada a cualquier innovación, la circunstancia que mayor cansancio produce. Conmigo no repararon en la edad y también me sacudieron.

-¿Recibe felicitaciones ahora?

-Aquel proyecto lo hice por ilusión. Nunca me ha interesado recibir elogios. Si la Hermandad del Espíritu Santo ha aportado algo a Zamora, me alegro. Lo demás me da igual.

-Cuatro décadas después, la Semana Santa ha alcanzado varios reconocimientos. ¿Qué importancia otorga a la declaración de bien de interés cultural?

-Todo suma. Aún así, la Semana Santa de Zamora, por sí sola, tiene su importancia al margen de los galardones más que merecidos que pueda recibir.

-Vivimos un tiempo de relativa calma, salvo por la crisis que afecta a la Hermandad de Luz y Vida, ¿se le ocurre alguna reflexión al respecto?

-En mi vida siempre evité la confrontación. Los conflictos son desagradables y no benefician a nadie. Se debe evitar que estas circunstancias vayan a más y pienso que los problemas no son tan difíciles de resolver. Los que no evitan que la crisis se propague también son responsables. Crisis como esta daña a Zamora, a la Semana Santa y a las personas.

-La Semana Santa es parte indisociable de su vida, ¿no es cierto?

-Zamora está en el corazón y, por lo tanto, la Semana Santa también. Debemos cuidarla, amarla y tratar de hacer que sea un sitio de encuentro.