«Se palpaba el odio entre familias»
Varios militares detallan la devastación que provocó la Guerra de Bosnia dos décadas después de la caída del simbólico Puente Viejo de Mostar

el atractivo de la guerra. Las huellas del conflicto de Bosnia atraen cada año a miles de turistas a la ciudad de Mostar. Primero para comprobar la «resurrección» del Puente Viejo. Después, para observar los vestigios de un conflicto que mantiene paralizado el país. Como testimonio, edificios arrasados por la metralla.
José María Sadia
A las diez y cuarto de la mañana del 9 de noviembre de 1993 -hace ahora exactamente dos décadas- volaba en mil pedazos el célebre Puente Viejo (Stari Most) de la ciudad bosnia de Mostar. La caída del histórico viaducto de piedra sobre el río Neretva no suponía un capítulo más de la Guerra de Bosnia (1992-1995) sino la destrucción de un símbolo de convivencia y tolerancia, la demolición de un puente que durante siglos había unido las dos partes de la ciudad, la cristiana y la musulmana.
Dos decenios más tarde y con el puente reconstruido según el modelo del original por impulso de Naciones Unidas, el casco histórico de Mostar se ha convertido en atracción turística, paseo plagado de puestos de recuerdos y locales de gastronomía local. Turistas que visitan la ciudad bosnia atraídos por las huellas de la guerra que acabó con la vida de 100.000 personas y llevó al destierro a casi dos millones de ciudadanos. Huellas que permanecen a la vista a pocas calles del centro, donde los edificios marcados por la metralla se mezclan con los cementerios, abiertos, testigos del conflicto bélico.

«Se palpaba el odio entre familias»
Aquel episodio reflejaba la crueldad de la guerra, también la complejidad de la convivencia entre serbobosnios (ortodoxos), bosniocroatas (católicos) y bosniacos (musulmanes). Tras la caída de la extinta Yugoslavia (1991), Bosnia fue la tercera de las antiguas repúblicas que alcanzaba la independencia. 150.000 personas marchaban en Sarajevo por el futuro pacífico de Bosnia-Herzegobina. Hubiera podido ser así, pero los francotiradores colocados por el tristemente célebre Radoban Karadchic disparaban a quemarropa contra los civiles. Era el inicio de la Guerra de Bosnia, la batalla entre los impulsores de un nuevo país y los nacionalistas serbios, promotores de una gran Serbia al mando de Slobodan Milosevic, la heredera de Yugoslavia que nunca llegó.
Mostar, Karadchic, Milosevic, Srebrenica, limpieza étnica? Palabras que bombardeaban los telediarios y hacían correr la tinta en los periódicos cada día en nuestro país. Entre otras cosas porque el Ejército español se desplazó a distintas zonas para colaborar con las misiones internacionales de control. Con la distancia del tiempo, el zamorano Luis Miguel Fraile recuerda con «orgullo» su participación en dos de aquellas expediciones, en 1993 y en 1997. «Fue la mejor experiencia de mi vida», reconoce.

el atractivo de la guerra. Las huellas del conflicto de Bosnia atraen cada año a miles de turistas a la ciudad de Mostar. Primero para comprobar la «resurrección» del Puente Viejo. Después, para observar los vestigios de un conflicto que mantiene paralizado el país. Como testimonio, edificios arrasados por la metralla.
Su destacamento se encontraba a solo 15 kilómetros de Mostar, una ciudad a la que se desplazaban con frecuencia. «Aún recuerdo con miedo la ocasión en la que comenzaron a bombardear la calle de al lado. Lo que más me llamó la atención es que los bosnios no se inmutaban, salían con bolsas a comprar lo poco que había? habían asumido que en cualquier momento podía llegarles el final», explica Fraile. Habían aprendido a convivir con la peor de las facetas humanas: la guerra.
Allí, en Mostar, «todas las personas iban armadas», añade el zamorano. Incluso en las bodas, el confeti había sido sustituido por disparos de rifles «kalashnikov». La familiaridad del conflicto armado era tal que «nosotros salíamos con el Land Rover y reaccionábamos a cualquier ruido, ellos continuaban con su vida diaria». Luis Miguel Fraile todavía vio el Puente Viejo en pie. «Estaba destruido en el centro, pero las partes de los lados todavía resistían. Los soldados ayudaban para asegurarlo». Con todo, a Fraile le llamó todavía más la atención el célebre bulevar de Mostar. «Las casas no estaban bombardeadas, sino cubiertas de fusilería, acribilladas? Era un lugar fantasma», añade.
En julio de 1995, el psiquiatra Radoban Karadchic entró en una de las zonas de seguridad, Srebrenica, para acabar con la vida de 7.500 musulmanes. Aquella matanza internacionalizó el conflicto y provocó la entrada de Estados Unidos, que puso fin a la guerra a finales de ese mismo año con los acuerdos de Dayton firmados en París.
Llegaba el periodo de reconstrucción de un país, Bosnia-Herzegobina, lastrado todavía hoy por las diferencias étnicas y la falta de un proyecto común de futuro. A otro zamorano, Roberto Miguel Mateos, le tocó vivir aquella etapa los años 1999 y 2000. Viajó a Mostar con el cuerpo de infantería español para llevar a cabo misiones humanitarias y allí conoció un país en el que «no había sensación de peligro real, pero la tensión se palpaba en el ambiente». Aunque no escuchó tiros más que ocasionalmente, Roberto Miguel tiene claro que «se notaba bastante que si nos íbamos de allí, el conflicto volvería a estallar». ¿Por qué? «El odio». La sed de venganza entre familias de diferentes etnias, cultura y religión que habían perdido por el camino vidas irrecuperables.
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