11 de julio de 2012
11.07.2012

Una de las caras de Arthur Byne

El zamorano Ignacio Martínez ganó prestigio con la venta de numerosos artesonados y pinturas

11.07.2012 | 03:33

En 1932, el anticuario Ignacio Martínez inició el montaje de las piezas del claustro de Palamós en una finca privada que le habían «prestado» en el barrio madrileño de Ciudad Lineal. El inicio de la guerra, el endurecimiento de las leyes sobre el patrimonio y la muerte en 1935 de su principal colaborador internacional -el reputado Arthur Byne- complicaron la operación más importante del zamorano afincado en Madrid. Por el camino, Martínez cimentó su categoría como marchante con la venta de artesonados, pinturas y mobiliario de época que hoy recoge la extraordinaria colección fotográfica de la familia Moreno custodiada por el Ministerio de Cultura.

Los expertos María José Martínez Ruiz y José Miguel Merino de Castro dieron con el nombre del marchante zamorano cuando seguían la pista del magnate americano William Randolph Hearst, principal comprador de claustros y artesonados la España de los años veinte a través de su intermediario Arthur Byne. Los investigadores observaron que las mismas operaciones que tenían localizadas en la documentación americana a nombre de Byne aparecían en España con otras identidades. «Byne era una figura de gran presencia social, un célebre hispanista que editó obras junto a su mujer que le reportaron un notable prestigio como difusor del arte español», explica María José Martínez Ruiz.

El americano «cuida su prestigio y se mueve en círculos privilegiados de coleccionistas, pero también es un gran marchante de los años veinte», añade la historiadora, quien precisa que cuando «se acerca al ámbito eclesiástico para hacerse con bienes que luego coloca en Estados Unidos cuida de que no aparezca su nombre». Ignacio Martínez firma en su lugar varias operaciones de artesonados y otras piezas que los dos investigadores tienen documentadas al otro lado del Atlántico con el empresario Hearst como destinatario, algunas incluso con fotografías idénticas.

Por aquella época, Ignacio Martínez se movía con soltura por Castilla y León, también por Madrid o Barcelona, donde va dejando algunas pistas, como los permisos que solicita al ministerio para comercializar algunas obras. Incluso pide autorización a la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando para exportar unas tablas procedentes de una alquería próxima a La Bañeza, en León. «No eran otras que las pinturas de Nicolás Francés sobre la Virgen y San Francisco que se salvaron de la exportación y hoy forman parte del Museo del Prado», apunta la historiadora de la Universidad de Valladolid.

Es entonces cuando aparece en la documentación gráfica «un claustro muy nuevo» y «muy bien retratado». Y es que «la fotografía fue una herramienta muy importante para el comercio de arte, ya que los agentes las utilizaban como catálogo de venta», añade Martínez Ruiz. Tanto la profesora como el arquitecto Merino de Cáceres se preguntan «cómo podía haber pasado desapercibida una obra original a todos los historiadores» de la época.

De momento, no hay rastro del claustro de Palamós en los catálogos documentales. De ahí que ambos defiendan que se trata de una reproducción. En los años treinta, las casas de los anticuarios «se quedaron exhaustas» frente a la fuerte demanda de Estados Unidos. Por eso «no sorprende que se colocaran en el mercado recreaciones o reproducciones», rematan.

Compartir en Twitter
Compartir en Facebook

Consulta tus temas de interés

Temas

Ahora podrás consultar todas las noticias de tu equipo, de tus personajes favoritos, de las series de moda... de un vistazo a través de los tags

Enlaces recomendados: Premios Cine