16 de agosto de 2009
16.08.2009
Parejas que hicieron historia
Práxedes Mateo Sagasta y Ángela Vidal Herrero (I)  

Por el amor de un liberal

La leyenda del «rapto» ocultó, durante años, bajo un halo romántico, la realidad: la joven contrajo matrimonio con un militar cinco años antes de conocer al futuro político

16.08.2009 | 03:24

El primogénito nació en Puebla y fue bautizado en secreto en Cervantes

Si la personalidad de Ángela Vidal Herrero se correspondía, en similar grado, a la arrolladora presencia de Práxedes Mateo Sagasta, el encuentro de ambos en la Zamora de 1848 debió semejar a un choque de trenes. Sagasta era entonces un ingeniero de Obras Públicas recién llegado a la capital para cubrir un puesto en la Diputación Provincial, con clara vocación política, dotado para la oratoria y un poder de seducción que sería reconocido por sus propios adversarios políticos. Ella, una mujer bonita e ingeniosa, cuyas ideas y comportamiento la alejaban diametralmente de aquella ñoña sociedad decimonónica en la que vivía junto a sus padres.
La leyenda cuenta que Ángela Vidal dejó plantado a su novio, con el que la habían forzado a casarse, el mismo día de la boda en Santiago del Burgo y que, excusándose del banquete nupcial, se cambió de ropa para salir por una puerta lateral de su casa en Santa Clara y fugarse con Sagasta, que la aguardaba en un carruaje.
Durante años se ha alimentado el bulo del «rapto». Una leyenda muy al gusto de la época romántica, alentada por el propio político, que así se la transmitió a uno de sus biógrafos, Natalio Rivas. Investigadores posteriores han sacado a la luz esa «gran mentira», una manera de encubrir de forma novelesca las difíciles circunstancias que rodearon a la pareja, que se mantuvo unida durante casi cincuenta años, hasta la muerte de Ángela, el 3 de febrero de 1897.
Aunque se crió en Zamora, de donde era natural su madre, María Dolores Herrero, Ángela Juana Vidal Herrero nació el 27 de diciembre de 1828 en Medina de Rioseco. Su padre era el coronel Pedro Vidal, un militar criollo reconvertido en rico hacendado que decidió regresar a la tierra de sus ascendientes.
En Zamora se instaló y se casó con María Dolores Herrero, procedente de una de las familias de mayor relevancia social y económica de la época, emparentada con los Requejo y con los Galarza.
Investigaciones recientes han dado al traste también con la teoría de que Pedro Celestino Vidal, el padre, era un «carlistón» conservador, personalidad que venía como anillo al dedo para ajustar la fabulación entorno al rapto, muy al estilo de «Romeo y Julieta».
Uno de esos investigadores, el madrileño José Luis Sampedro, concluye que, en ese ambiente es fácil suponer que, dentro de las limitaciones de la época, tal vez Ángela Vidal tuvo una educación más abierta que otras muchachas contemporáneas suyas.
Sí es cierto que cuando Sagasta conoce a la que será su futura esposa, ésta es una mujer casada. Contrajo matrimonio a la temprana edad de 15 años con otro militar, Nicolás Abad Alonso, que le doblaba la edad, pero al que también se le adjudicó a tenor de la invención del rapto, injustamente, las etiquetas de marido rígido, indeseable y conservador.
La boda se celebró en la capilla castrense del Batallón Provincial de Salamanca el 4 de marzo de 1844, cinco años antes de la llegada del ingeniero a Zamora. Para la premura de la ceremonia se argumentaron «motivos muy poderosos» que fueron comunicados al capellán «in foro interno». Al día siguiente del enlace, el novio partía con su batallón para formar parte de la Brigada de operaciones en Portugal. Nunca llegó a convivir con Ángela, que siguió empadronada en casa de sus padres cerca de la iglesia de Santiago del Burgo, al menos hasta 1854, según los datos del padrón.
La zamorana afirmó, en su testamento, que el matrimonio nunca llegó a consumarse. Los investigadores creen, sin embargo, que las «poderosas razones» que precipitaron el enlace pudieran ser un embarazo fruto de un desliz prematrimonial de la pareja. Esa es la conclusión a la que llega José Luis Sampedro, a pesar de que no existe rastro posterior alguno de ese supuesto hijo, «probablemente debido a un aborto espontáneo o a la muerte del niño en su primera infancia, algo muy frecuente entonces». Esa sería la explicación más lógica tanto del matrimonio como a posteriores sucesos en la vida de Ángela Vidal y de los hijos que tuvo con Sagasta.
El enlace fue tan precipitado que el militar no contaba con permiso de sus superiores para contraer nupcias, por lo que un año después pidió el indulto por esta causa. Sin embargo, hasta 1849 no se tienen noticias de un proceso de anulación mediante un recurso de apelación seguido en la Subdelegación Castrense de Salamanca, «aunque no consta una resolución definitiva» según las averiguaciones del historiador riojano José Luis Ollero Vallés, autor de la más completa biografía sobre Práxedes Mateo Sagasta. La Iglesia nunca consideró nula aquella unión.
En diciembre de ese mismo 1849, Sagasta prueba por primera vez los rigores invernales de Zamora en su nuevo destino, «una pequeña ciudad muy atrasada donde hay poco que ver en ella». El futuro diputado debió terminar agradeciendo la escasa dimensión de la urbe y en cuanto a ver, vio lo imprescindible como para saber, desde el primer instante, que ya nada sería igual tras conocer a la joven Ángela.
No se conoce a ciencia cierta cómo sucedió ese primer encuentro. Pero seguro que al recién llegado ingeniero, cargo que representaba toda una institución en la ciudad, nada le costaría hacerse un hueco en los salones de lo más selecto de la sociedad zamorana de la época.
El historiador Miguel Ángel Mateos señala la existencia de un importante círculo progresista en la capital zamorana que se mantuvo muy activo políticamente hasta el estallido de la Guerra Civil en 1936. Era aquel un escenario ideal para Sagasta al que Zamora acabaría sirviendo de trampolín para su estreno en política en las Cortes Constituyentes de 1854.
Físicamente, a Ángela Vidal la describen las crónicas de la época como «hermosísima joven de abundante cabello castaño claro, ojos pardos de gran expresión, nariz de forma correcta y boca preciosa de labios purpurinos tras los cuales, al sonreir, se veían sus menudos dientes de extraordinaria blancura, elevada estatura, talle de ninfa y pie brevísimo, cuya discreción y talento igualaban a su hermosura (€) Dio muestras, con argentina voz de su poco común ingenio con su graciosa y chispeante conversación (€) Sencilla, cariñosa, afable en su trato (€) se llamaba como era, Ángela».
Contemplados sus retratos con arreglo a los cánones estéticos actuales, la, sin duda también edulcorada descripción, puede resultar chocante. Pero, como resalta José Luis Sampedro, en aquellos años, sólo el hecho de vestir bien y mantener una higiene adecuada hacía suficientemente atractiva a cualquier dama. Aunque existen otros muchos testimonios del «saber estar» y la acusada personalidad de la señorita Vidal. Y esto último fue, sin duda, lo que más atrajo a Sagasta, que también pasaba por apuesto joven.
«Yo diría que se complementaban perfectamente. Ambas eran personas sin ningún tipo de miedo al qué dirán. También es cierto que existe cierta semejanza entre ambos en cuanto a extracción social. Ambos pertenecen a la burguesía más acomodada y es probable que en el caso de Ángela, como ocurre con el que luego será su esposo, haya un cierto linaje con la nobleza, ya que era frecuente que los militares de alta graduación, como su padre, descendieran de antiguas hidalguías», asegura el investigador Sampedro. Los propios descendientes de Sagasta tienen claro el carácter excepcional de sus tatarabuelos. «Los dos tenían una mentalidad semejante, pero muy alejada de lo que imperaba en la sociedad de aquella época. Defendían la libertad individual frente a las normas de la época. Pensamos que fue un flechazo inmediato», opina José de Contreras y Saro, tataranieto de la pareja.
Algo de eso debió haber, porque las relaciones entre ambos se iniciaron al poco tiempo de conocerse. Ni siquiera pasaron dos años desde la llegada de Sagasta a Zamora hasta que Ángela Vidal se queda embarazada del primer hijo, José, nacido el 28 de marzo de 1851 en Puebla de Sanabria. La capital de la comarca sanabresa ofrecía un refugio a salvo de las murmuraciones y daba la posibilidad a la pareja de estar cerca, ya que Práxedes Mateo dirigía entonces las obras de la carretera Villacastín-Vigo, a su paso por la comarca, con el reto de tunelar las Portillas para conectar la Meseta con Galicia.
Ángela dio a luz en casa de su hermana Victoriana, que ya había sido su madrina en su primer y fallido matrimonio. El niño fue bautizado dos días más tarde, el 30 de marzo, en la parroquia de San Tirso de Cervantes, un pueblo distante unos kilómetros de Puebla, en busca, sin duda, de intimidad. En la partida de bautismo consta como «hijo de padres incógnitos». La pareja recurrió al entorno de amistades del Partido Liberal: José Prada, vecino de Cervantes y amigo de la familia, fue el encargado de llevarlo hasta la pila bautismal.
La partida de bautismo, cuya copia se conserva en el obispado de Astorga, aparece recogida en el último libro sobre el ingeniero y político, «Sagasta y Zamora», obra del zamorano Alberto José Llamas Díez publicada por el IEZ. Rastrear las circunstancias y el nacimiento del primogénito del futuro gobernante español no ha sido tarea fácil para los investigadores, ya que mucha de la documentación ha desaparecido. Otro historiador zamorano, Miguel Ángel Mateos, localizó el documento original del reconocimiento de la paternidad de Sagasta, que estaba en poder de la rama familiar zamorana y que está fechada el 26 de octubre de 1857, cuando el niño se aproxima a los siete años y se considera que ha pasado el peligro de morir en la primera infancia. Ante notario, el liberal declara que «a consecuencia del trato y relaciones amorosas que ha mantenido con una señorita que no cree oportuno decir su nombre y apellido en esta escritura, tuvo un niño que nació el 28 de marzo de 1851 (€), y con el objeto de que en todos tiempos sea tenido por hijo suyo y no se le perjudique en sus derechos (€) otorga que el referido niño, llamado José, es hijo suyo, le declara y le reconoce como tal».
José Luis Sampedro explica por qué no se mencionó en el documento a Ángela Vidal como madre: «La legislación vigente en la época convertía automáticamente a cualquier hijo de casada en descendiente legítimo del marido oficial, sin posibilidad de cualquier otra prueba». Si el nombre de la zamorana hubiera aparecido en el reconocimiento de paternidad, oficialmente José hubiera sido hijo de Nicolás Abad.

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