A los poetas no se les admira (porque la fascinación suele ser traicionera y mengua la capacidad de discernimiento, de juicio libre). Se les lee, se les relee si su palabra habla de altas emociones y de graves razones. Si es posible, con fervor crítico. Y, llegado el caso, se les evoca públicamente. Así sucede, en estos días, con León Felipe? Era Sábado Santo, con tantos zamoranos haciendo mangas y capirotes, y se cumplía el aniversario del nacimiento del escritor en Tábara. Ya el 125. Su legado (manuscritos y efectos personales), adquirido a buen precio por el Ayuntamiento de la capital a finales del año 2002 (¿no fueron 919.548 euros y un sueldo vitalicio para su albacea, Alejandro Finisterre), está ahí (depositado desde mayo de 2005 en el Archivo Provincial, como antes permaneció en La Alhóndiga), a la espera de una sede para la Fundación que acoja la obra (paciencia, todo llegará).

Era Viernes Santo: 11 de abril de 1884. Y nació, a la siete de la tarde, un niño, hijo de Higinio Camino y Valeriana Galicia. El, notario de la villa; ella, ya se sabe, dedicada a aquellas labores. La inscripción en el Registro Civil se efectuó el día 13. Y fue bautizado el 15 en la iglesia de la Asunción. El cura que le cristianó, Joaquín de la Torre, escribió de puño y letra: «Le puse por nombre Felipe». Y el juez, Manuel Morais, dio fe de que «al expresado niño se le había puesto el nombre de Felipe». Tuvo un padrino de alto rango: Dionisio Martín Velasco y Alonso, coronel retirado, de 59 años. Por lo visto, el escribano no se relacionaba con cualquiera.

El matrimonio Camino-Galicia, con cinco vástagos, abandonó Tábara a finales de junio de 1887. El poeta dio sus primeros pasos y vivió 3 años en tierras zamoranas. «Debí nacer en la entraña / de la estepa castellana / y fui a nacer en un pueblo del que no recuerdo nada», escribió en "Versos y oraciones de caminante" (1920). Tal confesión hace suponer que los padres fueron avaros, cual fuese el motivo, en eso de alimentar su memoria con los días tabareses. Hay un primer testimonio, el de Jacinto Toryho, periodista zamorano, muerto en el exilio hispanoamericano. Relata un encuentro con el poeta, en Barcelona, durante la Guerra In-Civil, y su confesión: «Jamás he vuelto allí». El, tan andariego, tan peregrino, nunca regresó a su pueblo natal. En aquel poema, "¡Qué lástima!", no ocultó su tristeza, o decepción, o amargura: porque, sí, qué lástima «que yo no tenga comarca, / patria chica, tierra provinciana».

No. Lo primero de todo fue decir eso: Que no recordaba nada. Lo expresó, con sinceridad, en aquel autorretrato. Los biógrafos y comentaristas encontraban despejado el camino. Se dictaminó: «Lugar circunstancial en su vida». Los hechos históricos también alejaron la posibilidad del regreso? Los años no debilitan el carácter. Por fuerza, no. Sin embargo, lo hacen más comprensivo. Y muchísimo más realista. Y fue entonces, con los años a punto de apoyarse en el cayado, casi consumida la llama, cuando «la idea de la muerte» llamó, con aldabonazos, a su corazón. O, tal vez, a su alma. Y fue entonces, también, cuando surgió otra idea: el regreso a España y el conocimiento de Tábara. Algún familiar, como su sobrino el torero Carlos Arruza, le animó a ello. Parecía, finalmente, persuadido. Eran mediados de los años sesenta. Aquel hombre tronante, de palabra a veces flamígera, se rajó. En el último momento, preparadas las maletas, se echó atrás. ¿Le asustaba reencontrarse con los recuerdos o con lo desconocido?

Aquel espíritu libertario -cuidado con su adscripción a siglas-, pasado el tiempo, alcanzados los años que dan esa serenidad hecha de reconocimiento y escepticismo, detenía su paso romero que cruzaba por los senderos del éxodo. Si antes ningún paisaje le exaltaba, caminados casi todos los trechos de la vida, ahora observaba el pasado. El principio. «Estaciones, estaciones, estaciones? / Tábara-Zamora, / Sequeros-Salamanca, / Santander», escribió poco antes de morir. Si antes ponía distancia entre unas y otras tierras, ahora quería acortar las etapas, acercar los recuerdos.

Dos importantes testimonios revelan el interés final de León Felipe por saber, por conocer datos de su lugar. «Quería ver otra vez su pueblo, Tábara, del que algún amigo, hacía poco le había traído una postal que le gustó mucho», según Ríus, buen biógrafo. Y Manuel Alvar, el académico, confirma esos deseos de regresar a los orígenes. «Hablábamos largas horas, mientras un tibio sol llegaba a través de la cristalera. Su anhelo era arraigarse. ¿Cómo es Tábara? ¿Pero usted ha estado en Tábara? Nunca he vuelto a mi pueblo y de él no tengo recuerdos». Los días -ese paso que consume energías y enterezas, que desdeña lo amado y ama lo desdeñado- traen obsesiones. Y una comenzó a echar raíces en él: «acabar su vida cobijado por la misma tierra en donde nació». Decidió irse con Don Quijote el 18 de septiembre de 1968. Era su último éxodo, su último camino. «Siempre venía desde muy lejos», escribió Alberti. Quería ganar la luz.