La diócesis zamorana despide a Ramón Cermeño, «párroco solícito, entregado a la comunidad»
San Ildefonso acogió el funeral por el sacerdote, que fue inhumado en Rágama

Gregorio Martínez, obispo de Zamora, durante su homilía; a su derecha, Julián López, prelado de León / Foto Javier de la Fuente
Jesús Hernández.
«Una vida sacerdotal gastada en el servicio de Dios y de la Iglesia zamorana». Tal se afirmó en el transcurso del funeral, oficiado ayer en la iglesia de San Pedro y San Ildefonso. El presbiterio diocesano, presidido por el obispo -y con la presencia, también, del prelado de León-, y la comunidad parroquial, así como representantes de distintos sectores de la ciudad, despidieron a Ramón Cermeño, fallecido el pasado miércoles, a la edad de 82 años. En un templo lleno -feligreses de la arciprestal, que regentó pastoralmente, profesores, médicos, investigadores, artistas...-, Gregorio Martínez señaló: «Fue un párroco solícito, entregado a la comunidad». Al término de la eucaristía, López Martín apuntaba: «Se trataba de una personalidad en un curso célebre en la Universidad de Comillas, que ha dado varios prelados, entre ellos el arzobispo emérito de Oviedo, Díaz Merchán».
Los dos obispos y varios sacerdotes recibieron el féretro en el atrio del templo. Seis presbíteros, pertenecientes a varias generaciones, introdujeron -a hombros- el ataúd en la iglesia. El evangelio de San Juan, aquel pasaje donde Cristo anuncia su ausencia -«Dentro de poco me veréis, dentro de poco no me veréis»-, antecedió a la homilía del responsable diocesano. «Una muerte es, de alguna manera, eso», dijo Martínez Sacristán, con la evocación en la palabra de Jesús. «Lloramos la muerte de don Ramón», añadió, «sacerdote de nuestra diócesis que ha entregado su existencia a Dios, para que sea juzgado por El y sea hallado digno de la vida eterna». El momento resultaba «propicio», indicó, «para afianzar y aumentar la experiencia de la alegría en medio de la ausencia». Porque el cristiano «ha puesto su esperanza en Dios, que es su meta, la que más vale. Y en los momentos de dificultad y de llanto no pierde esta perspectiva».
La Iglesia de Zamora «sufre al ver cómo mueren tantos presbíteros suyos. Detrás de cada sacerdote mayor que fallece, y son muchos en los últimos meses, hay una vida, de la que nosotros nos beneficiamos». Animó, ante esa circunstancia, a «mirar con la fe y la esperanza propia de los hijos salvados». El prelado recordó, después, la vinculación de Ramón Cermeño a la Iglesia zamorana «desde siempre». Destacó su solicitud y entrega a la comunidad eclesial. «Seguramente tenéis que agradecer a Dios muchos bienes espirituales, recibidos a través de él». El dolor no debe ocultar «la verdadera alegría», concluyó, «para no sucumbir a ninguna tentación malévola». Frente al Altar Mayor, en el crucero, las banderas de los Caballeros Cubicularios y de la Cofradía de la Virgen del Carmen, así como el estandarte de San Ildefonso.
Al término de la eucaristía, el obispo de Zamora y varios sacerdotes despidieron el féretro, con los restos mortales de Ramón Cermeño, en el atrio del templo. Ya descansa en el camposanto de Rágama, su salmantino pueblo natal, el sacerdote (desde 1952) y profesor de alta formación clásica, el orador y articulista, el rector del Seminario Mayor y filósofo... El sabía, por la fe, que la muerte no es el fin. El toresano Julián López evocaba, al concluir la liturgia, la figura sacerdotal e intelectual de Cermeño Mesonero, formador de seminaristas y profesor de bachilleres, humanista y filósofo. «Vino a la diócesis de Zamora, desde las tierras de Avila, de Santa Teresa, traído por el obispo Eduardo Martínez». Disponía de «una gran preparación filosófica y teológica, y mantuvo un diálogo constante con muchísimos lectores a través del periódico zamorano». Se centró, fundamentalmente, en tres grandes asuntos: «Dios, la Iglesia y la sociedad». Sus artículos, según López Martín, resultaban «fuertes, en algunos momentos incómodos». Sin embargo, «siempre mostraban a la persona responsable, al hombre del saber». El sacerdote salmantino «dio su talla como profesor y como párroco». Su memoria permanecerá «durante mucho tiempo en esta ciudad, a la que quiso, y en el presbiterio diocesano, al que amó con una gran generosidad».
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