Sin campanadas a medianoche, sin doce uvas. Con otro espíritu. Llevan cuatro siglos en Zamora. Y siempre en el mismo lugar: en el caserón de la Rúa, del siglo XVII. Sí: son religiosas de vida contemplativa. Sólo 13, con edades comprendidas entre 31 y 81 años. En la medianoche del lunes moría un año y nacía otro. Y las clarisas del Corpus Christi, las monjas del Tránsito, efectuaron una cena frugal -el menú no fue «especial, sino como un día normal»: una sopa y un pescado, con una pieza de fruta, porque «no existe tradición de celebrarlo de otra manera», confesaba María Mercedes González Gómez, abadesa del monasterio-, despidieron el cambio del calendario con una vigilia en la iglesia conventual y, después, se tomaron unas pastas y entonaron varios villancicos... Tan sencillo. Y a la una de la madrugada de ese primer día, a las celdas. A descansar. Habían prologado dos horas su retirada a los aposentos individuales. Porque no existe una sola forma de contar el paso del tiempo. Alguna puede ir -sin ir- contra la sociedad-saciedad consumista que todo lo basa en el derroche.

La materialista celebra la Nochevieja con ruido, despilfarro y gasto. Sobre todo, en la calle. La comunidad de clarisas vive en el coro ese final que da paso al principio desde la transcendencia. «Desde la fe, el tiempo nos interpela. Intentamos recoger todo lo fundamental del año, agradecerle a Dios sus dones, pedirle misericordia por los fallos de lo pasado y solicitar su ayuda para lo venidero». La vigilia -de acción de gracias, con el canto del Te Deum; demanda de perdón; súplica de ayuda, con el cántico del Veni Creator- se inició a las 11 de la noche y concluyó a las 12,30. «La Nochevieja se enmarca en la Octava de Navidad». Y durante ese periodo litúrgico «hay recreo en las comidas». Esto es, se aligeran las normas. Y las religiosas pueden hablar «en las comidas», pues «habitualmente comemos en silencio, mientras una hermana lee un texto». De Nochebuena a Nochevieja, «se levanta el silencio». Así, se comunican «las felicitaciones comunitarias». Apenas les llegan ecos de la celebración bulliciosa y consumista en la ciudad. Los zamoranos, sin embargo, no olvidan a estas religiosas que guardan a la Virgen Dormida. En estas jornadas, el afecto se muestra más intenso, con llamadas de familiares y de paisanos. «Hay mucha gente que nos aprecia y valora. Se acuerda de nosotras». Incluso llega «algún donativo», pues no están sobradas de recursos económicos. «Nos tienen en cuenta. Somos unas ciudadanas más de Zamora».

El "belén" del convento del Corpus Christi, con figuras del XVII al XIX, se halla expuesto en Valladolid. Ante ese hecho, «al faltar el grande, se han multiplicado los pequeños». Todas las dependencias del convento zamorano disponen de esa simbología: Coro, refectorio, lavandería, salas de labor y capitular, locutorio... Además, «cada hermana ha puesto su arte y su amor. Lo ha creado a su gusto». Y, curiosamente, representaciones del nacimiento de Cristo aparecen en las celdas de todas las religiosas. Tal vez ha existido una santa "competencia" en eso de ingeniar «el más bello» o así.

Orar y trabajar en común día tras día es, visto desde el exterior, costoso. «Tiene la parte de dureza que posee todo trabajo. El que madruga porque debe trasladarse a otra ciudad para trabajar... No es una dureza que no se pueda resistir. Si alguien elige un estado, es porque considera que se trata de lo suyo y se ve realizado en ello. La vocación hace que te sientas como pez en el agua. Aquí no se utiliza esa palabra. Nos lo dicen desde fuera». La abadesa del Tránsito, mujer de buen humor, cree que el silencio, vivido desde la creencia religiosa, da y enseña. Porque «significa la presencia habitada de Dios». Orar...y laborar, pues la vida contemplativa no es decir amén y estar mano sobre mano. Hoy, también, resulta vida activa. La religiosas realizan, para su subsistencia, varias tareas: lavado y planchado de ropa-para una residencia y tres restaurantes- y bordado. «Nuestra fundamental fuente de ingresos es el trabajo». Si las vieran en su realidad, algunos tal vez se preguntarían: ¿cómo se puede ser tan dichoso con tan poco, entre cuatro paredones? «Yo creo que la felicidad no la da el tener, sino el ser. Nosotras contamos con Dios. Y teniéndole a El, todo lo demás resulta superfluo».

Los libros del cenobio no recogen noticias o datos, «de tiempo antiguo», sobre la manera de la celebración de la Navidad. «Se hace la crónica día a día del convento, pero eso no se remonta a la fundación. Ojalá contáramos con ella, como sucede en algunas comunidades. Disponer de la historia, narrada por las propias hermanas, constituiría una gran riqueza».

A las siete de la mañana de ayer ya estaban en pie. Sólo retrasaron treinta minutos el horario fijado por las normas conventuales. Es muy diverso su origen geográfico. La abadesa nació en la capital zamorana. Cinco religiosas proceden de localidades de la provincia. Otras son de Salamanca, León, Valladolid y de la India (en este caso, dos). Miró, desde el locutorio, más allá de los muros del monasterio. «Que Dios sea Alguien en la vida de la persona. Dejémosle un sitio. Merece la pena vivir para El». Expresó, después, una invitación: «Las jóvenes que sientan que ésta puede ser su forma de vida, que se acerquen y nos conozcan». Sonó la campana, y se fue. El convento del Tránsito, no obstante, se halla conectado al mundo...y a internet.