Llegó apoyado en su bastón, fue saludado y reconocido como maestro por no sé cuantos, subió sin prisas al estrado, escuchó las palabras de Ernesto Escapa, escritor y periodista leonés, y dijo: «Hay que leer de manera agitada y deslumbrada, como lo hacen los niños y los jóvenes». Y, con palabra firme, añadió: «La soledad con el libro es perfecta, y se produce en un estado de pureza que nunca más se alcanza». Antonio Gamoneda, leonés de Asturias, efectuaba un parsimonioso recorrido de sus lecturas en la Biblioteca Pública del Estado. No había valoraciones, sino presencias y acompañamientos literarios, en su participación en la "Biblioteca del Náufrago".

El autor de "Descripción de la mentira", que no se atuvo a las directrices del ciclo literario -a estas alturas, a estas edades-, se refirió a los libros que se le aparecieron en los días de su juventud, como suele ocurrir a algunos pastores de probada fe -«y fueron en función de mi inocencia y mi pobreza»-, porque después «se llega a la vejez y, a través del recuerdo y de otros caminos interiores», se alcanzan distintas visiones. En aquel tiempo, dijo, «se establece una relación que marca para siempre».

En su inventario de lecturas, el inicio está en su «manifiesta precocidad». En 1936, con cinco años -su familia arribó a León en 1934, para que el padre curase su enfermedad con los aires secos del páramo-, «las escuelas se hallaban más cerradas que abiertas. Para mí, con tantos maestros represaliados, no había aula, aunque quería aprender a leer».

Lo hizo con un libro de poesía y del propio padre, titulado "Otra más alta vida". Aquello fue un hallazgo feliz y simultáneo. ¿Una especie de predestinación? «Descubrí al mismo tiempo, y me proporción conocimiento, el valor y el sentido de los signos de la escritura y de la poesía. Existía un lenguaje y un pensamiento que no eran los de andar por casa». Y eso constituyó «una verdadera aparición». Tal vez algo milagrosamente laico. Porque «se trata de un hecho que posee una seria importancia, dado que progresivamente va adquiriendo importancia en uno». Volvió a lo de la predestinación: «Me colocó en suerte». La infancia marca lo que viene después: éxitos y fracasos, ebriedades y rigorismos, deslumbramientos y decepciones.

Lo suyo no son esas cosas sacrosantamente canónicas: nombres de títulos y autores. Por eso, seguramente, lo evitó. O citó a quienes no se hallan en lo más alto del gusto burgués. Hay libros interesantes, importantes. Y existen otros esenciales, aunque no estén bendecidos por gurús y caligrafías críticas. Gusta más de los últimos. Además, ¿siempre elegimos los libros? ¿No será, a veces, al contrario: ellos nos señalan? Lo planteó. No obstante, sí: Bécquer, Juan Ramón Jiménez... En aquellos días, sí. Esos.

Gamoneda, irónico y cachazudo, que inició su disertación con unas palabras sobre el zamorano Claudio Rodríguez, «el principal poeta español de la segunda mitad del siglo XX», con «aquella convicción angelical y un poco esdrújula que tenía», concluyó con eso del náufrago y la isla desierta: «No me aburriría. O muy poco». El no deja de viajar. Ultimamente, no para. Le requieren aquí y allí. Le causa alguna fatiga, revela... Y eso de la mirada inmóvil y atenta: la biografía también se escribe con las lecturas.

Escapa, en su presentación, definió a Gamoneda como un «autor exento de cuadrillas generacionales, con una dicción que no se parece a ninguna otra, alguien que creó un espacio de libertad en tiempos difíciles». De acuerdo. (El Premio Cervantes movía, después, la cabeza. Que no. El otro no lo tomó mal). Y recomendó la antología realizada por Tomás Sánchez Santiago, el de "En familia" y "Calle Feria", que «es el mejor libro para acercarse a la obra» del leonés. Así es. Bueno sobre bueno.