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"Calle Feria", de Tomás Sánchez Santiago, obtiene una excelente recepción crítica

La obra es una fábula, una novela polifónica, que llega donde no ha querido asomarse la historia y trasciende el pequeño universo de esa zona comercial zamorana

Jesús Hernández

Una fábula que llega donde no ha querido asomarse la historia. Posiblemente, eso es. Contar, sobrepasada la anécdota, nunca fue cosa fácil. Y aquí, en "Calle Feria" (editorial Algaida), se da con creces. Una gran historia hecha con pequeñas historias, una novela polifónica. Es un gran relato (a veces, pura imaginación; a veces, realista) con vidas que palpitan. Tomás Sánchez Santiago, su autor, crea y recrea, en ese breve territorio urbano, con establecimientos que se caracterizan por agrupar a un comercio «de inmediata necesidad», la vida que fue y la existencia que pudo ser, y obtiene una excelente recepción crítica. ¿La novela de Zamora? Más, mucho más que todo eso. Con personajes que tuvieron identidad y vida propias, el profesor y poeta escribe una crónica que trasciende el pequeño universo y lo aparentemente sentimental -no hay nostalgia en la descripción, sino una sencilla reivindicación de lo humilde y auténtico-, y pone en pie, con la ayuda de tenderos, dependientes y viajantes, una trama.

"Calle Feria" es una novela donde tiene su sitio una escritura brillante, donde la palabra posee frescura. Qué regusto: la voz exacta, sonora. Respira. Se escucha su latido... Por esos comercios tradicionales, familiares, pasaba la vida humilde: las gentes del barrio, de los pueblos. Y sus vecinos, que, en el buen tiempo, salían al serano. Los personajes, pues eso: una galería de oficios. Con sus nombres: auténticos y de los otros (figurados o así). Y, con esos seres de identidad supuesta, las personalidades que, un día "pasaron" por allí, por esa calle, como García Lorca, Rubio Sacristán, Delhy Tejero. La calle, una calle, puede ser un territorio inmenso. Y si se ha crecido en ella, más. Esa vía era un mundo. Ese barrio era mucho más que un mundo. En esas vidas sobrellevadas con dignidad, se mezclan realismo e imaginación. ¿A partes iguales? Eso solo lo sabe el autor.

Sánchez Santiago inició la escritura de la obra de una manera premiosa: «hace veinte años. Pero no nació con el destino de novela, sino de relato, que yo creí que se acababa en sí mismo. Después, de una manera extraña, fue creciendo para todas partes». Y llegó un momento, «no sé cuándo», que percibió esto: «aquello estaba llamado a ser una especie de microcosmos personal, que tenía que culminarse sin prisas». Y aparece, asimismo, el momento con la «necesidad instintiva de asegurar los fundamentos de la memoria». Pero es una fábula, y se equivoca quien lo lea de otra manera. El zamorano ha tratado «de alzar una épica para una modesta calle, con maravillosos vecinos y comerciantes, a los que me ha gustado investir de pequeños héroes».

La narración se fue formando a sí misma. «Es como un polígono irregular». Con una gran complejidad de voces». Allí caben muchas cosas: el ensayo, la crítica cinematográfica, la receta... «A lo mejor es la única manera de percibir la cantidad de sensaciones que se guardan en una experiencia». Nunca pensó que esa escritura «acabaría siendo una novela. Se fue escurriendo entre los dedos lo que deseaba contar». La obra ganó «cierta autonomía, incluso en su estructura. Y, de pronto, me daba cuenta que un personaje y un relato entraban en el otro». O que una voz dominante aquí era una voz secundaria allí. «Y me di cuenta que la protagonista era la propia calle». Todo, lo inventado y lo real, estaba al servicio de ese espacio. «Detrás de eso hay una tradición».

Tomás Sánchez cree que los fabuladores «tienen el deber de contar la historia que se quiere escamotear». Y quizá el primer origen de "Calle Feria" se halla en «la sensación que tuve alguna vez. hace muchísimos años, de estafa cuando quisieron contar a la gente de mi generación que Zamora era una ciudad inocua, donde no ocurría nada, se vivía bien y la existencia sucedía al margen. Y no hay ciudades inocuas. Me pareció que tenía que incluir esa clave» en la obra, más allá de «la exactitud». Porque también existe «la responsabilidad de la imaginación».

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