«Hoy lo has clavado» me dijo aludiendo a un artículo sobre los cupos agrarios. Fue la última vez que lo vi. El 23 de enero. «Me voy a Madrid a ver si me arreglan de una santa vez», me espetó cuando cruzábamos el paso de peatones en Cardenal Cisneros. «Pero si estás como un roble», le repliqué. «No creas, no creas...». Y alguien nos robó el resto de conversación. No supe más de él hasta ayer. Ya estaba muerto.

Angel era, ante todo, maestro. Después, político y agricultor. Y sobre todo un hombre de su tiempo, curioso, amante de la vida, deseoso de probarlo todo, con un afán cerval de meterse en todos los charcos. Militante convencido de la Unión Liberal, formación que -tras un pacto- lo llevó al Senado (¡y sí que tenía pinta de senador romano!). Defensor convencido de la provincia, del mundo rural herido por los tiempos modernos, saltaba a la mínima en actos públicos para imponer con doctas palabras su sentido común. Convencía, porque desprendía autoridad y una sabiduría pronta, propia de quien ha aprendido las cosas en los libros, pero sobre todo en la calle.

Alcalde sempiterno de Moraleja, fue quien puso los cimientos para el despegue de la localidad de Tierra del Vino, y educó a no sé cuántas generaciones de moralejanos. Era el maestro, quien imponía y enseñaba respeto. Un señor.

En su afán de ser útil a la sociedad y de probar todo lo probable, fue uno de los fundadores de la cofradía de Jesús de Luz y Vida, que ahora presidía, y a la que dio aires nuevos en un intento de mejorar y completar la Semana Santa de Zamora. Hombre de su pueblo -Jambrina- y de ciudad -Zamora, donde vivía- nunca renunció al campo, su otra pasión, además de Carmen. Cauto, aunque no mudo, con él se van algunos de los secretos políticos mejor guardados en esta provincia. Angel, descansa en paz.