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Jornadas sobre el suicidio en Zamora: hablar para matar el tabú

A partir de los 80 años, hay un altísimo porcentaje de suicidas, que no hablan, lo elaboran y usan medios drásticos, alerta Alejandro Rocamora

El psiquiatra Alejandro Rocamora durante su conferencia en las Jornadas INFOsalud. | Ana Burrieza Ana Burrieza

Ni héroe ni villano. Detrás de un suicidio solo hay una persona con un trastorno mental y “silenciarlo es convertirlo en tabú, contribuir al mito. No hay un efecto dominó” por analizarlo en público, por hablar sobre este grave problema que se vincula mucho con la adolescencia en la actualidad, pero “se incide muy poco sobre el altísimo porcentaje detectado en ancianos a partir de los 80 años”, subrayó ayer en Zamora el psiquiatra Alejandro Rocamora Bonilla en las Jornadas INFOsalud de la Fundación Caja Rural.

Advierte que el número de muertes por suicidio se explica porque una persona a partir de esa edad, “cuando decide suicidarse, lo planea, lo elabora muy bien, lo trabaja mucho. Y los medios que utiliza son drásticos, como tirarse al tren o desde un piso alto. El problema es gravísimo porque de cada cuatro que lo intenta, uno lo consigue”.

La prevención resulta más difícil porque “no lo comunican”, no hay signos que puedan encender las alarmas, declara el exprofesor de psicopatología en la Universidad Pontificia de Comillas.

Sin embargo, el mayor porcentaje de conductas autolíticas que terminan en muerte se da entre los 35 y los 50 años; en hombres es mayor, tres varones por cada mujer; aunque los intentos son más comunes entre ellas. La explicación que ofrece el profesor es que “es la edad de mayor conflicto, por tanto, hay más suicidios desde el punto de vista cuantitativo”.

Adolescencia

En la adolescencia, no siempre las autolesiones, los cortes en el cuerpo, “no siempre hay que unirlos a la idea de muerte, hace años tuve una paciente que se los hacía para sentirse viva”, relató el experto. Los padres deben preocuparse cuando el niño o niña adolescente tiene "cambios de conducta, tiende al aislamiento social o un bajo rendimiento académico, la agresividad, irritabilidad", son síntomas de que existe un problema, pero “no siempre tiene que conllevar el suicidio”. Lo que sí debe hacer es acudir a un especialista que pueda determinar qué está ocurriendo.

Salvo en los casos “muy especiales del suicidio existencial”, la mayoría de los suicidas “tienen detrás una enfermedad mental, por lo que no hay una libertad previa” para tomar la decisión. La depresión, la soledad y determinadas enfermedades difíciles de sobrellevar están detrás de estas conductas, añade Rocamora Bonilla

"Ni condenar ni moralizar, valorar el sufrimiento"

El primer paso para derribar esa barrera aún casi infranqueable es “no condenar, ni moralizar sobre esta cuestión. Lo importante es acoger, aliarse con el sufrimiento del suicida, no descalificarle”, puntualiza el también socio colaborador de la Asociación de Investigación, Prevención e Intervención del Suicidio (Aipis), que se refiere al número de teléfono 024 de atención de la conducta suicida del Ministerio de Sanidad como ayuda a la contención de la misma.

Restar importancia a lo que siente o lo que expresa la persona con ideas suicidas con mensajes del tipo “es una tontería”, “con lo bien que estás y pensar en eso” implica descalificarla, cuando lo correcto es “valorar su sufrimiento y ponerla en manos de un experto” que pueda ayudarla, agrega.

Por supuesto, que las señales de alarma existen, “te van indicando”, como “cuando una persona habla siempre de la muerte y del suicidio, juega mucho con la idea de la muerte; cuando hay un cuadro depresivo importante, un cambio significativo en la persona, niño, adolescente o mayores”, en este último caso, “cuando comienzan a regalar cosas de repente importantes”.

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