Faltaban unos minutos para las tres de la tarde del 4 de junio de 1979 cuando el guardia civil sanabrés Jesús Fernández, de 37 años, y su compañero Casimiro González recibieron una ráfaga de disparos de metralleta al cruzar junto a un callejón en la zona de Canillas, en Madrid capital. Ocurrió a plena luz del día, lo suficientemente cerca de un colegio para que tres niños fueran testigos del suceso, y sin razón aparente más allá de la pertenencia de los dos hombres a la Benemérita. Ambos murieron en un atentado que, como luego se supo, fue perpetrado por miembros de los Grupos de Resistencia Antifascista Primero de Octubre (Grapo).

A la misma hora de aquel día, Pilar se preparaba para marcharse a clase. Aquella adolescente de trece años, sobrina de Jesús, vivía con su tío y con su madre a tan solo 500 metros de donde ocurrieron los hechos. “Escuchamos un sonido como de petardos. Pensé que había sonado raro, pero me marché”, recuerda ahora esta mujer, que ya pasa los 50 y que recupera con nitidez las vivencias de un día que no olvidará jamás.

Placa de homenaje instalada en Madrid.

Placa de homenaje instalada en Madrid. LOZ

“Mi madre le había dejado preparada la comida porque ella solía trabajar por las tardes”, indica Pilar, que tan solo duró media hora en clase aquel 4 de junio. Enseguida, el director la sacó del aula y empezó a hacerle preguntas para saber dónde se encontraba su madre, la hermana del guardia civil cuya vida acababa de terminar súbitamente, segada por un ataque tan furibundo como aleatorio.

Para Pilar, los hechos se sucedieron a partir de entonces, y la verdad fue cayendo sobre ella a medida que avanzaron las horas. La constatación de todo lo sucedido terminó por llegar en casa de una vecina, donde se quedó mientras su madre gestionaba un momento de dolor sin explicación: “Lo vi en la televisión. Ya sabía que había sido un atentado”, rememora ahora la sobrina, ahijada y conviviente en aquel momento del guardia asesinado.

Desde ahí, los recuerdos de Pilar se agolpan, aunque sí tiene en la mente la llegada de sus abuelos a Madrid, unos padres atónitos, llegados de Pedralba de la Pradería, donde regresaron al día siguiente para dar sepultura a su hijo: “Al entierro vino todo el mundo de los pueblos de alrededor”, apunta la sobrina del guardia civil, que indica que los terroristas “buscaron algo fácil”, en una zona que desembocaba en un callejón.

Pilar también subraya la mala suerte de Jesús, que había cambiado de destino apenas una semana antes. Su tarea anterior había consistido en trasladar presos hacia las cárceles de turno; con el nuevo puesto, la vida se antojaba más cómoda. Pero el Grapo se interpuso y acabó con su vida sin miramientos. Después de eso, la existencia de la familia del guardia civil continuó, pero “nada fue igual”. “Mis abuelos ya no volvieron a ser los mismos. Ella duró hasta los 95 y jamás dejó de recordarlo”, asegura Pilar.

Todavía hoy, el dolor permanece, aunque Pilar sí se siente capaz de regresar a los tiempos de su infancia para ofrecer unas pinceladas de lo que fue su tío: “El recuerdo que tengo es el de una persona súper divertida, con ganas de bromas, muy extrovertido y con ilusión para todo”, narra la sobrina del agente sanabrés que, antes de incorporarse a la Guardia Civil y de asumir su primer destino en el País Vasco, también trabajó en el salto de Aldeadávila. Una pierna rota y la ayuda de algunos paisanos le llevaron a la Benemérita.

Antes de su asesinato, Jesús todavía regresaba en verano y en las fechas señaladas a Pedralba de la Pradería, donde siempre vivieron sus padres: “Era el alma de la fiesta”, insiste Pilar, que lamenta la reacción que tuvieron que sufrir algunos de sus familiares en la propia comarca sanabresa: “Llegaron a comentar que habíamos perdido un ser querido, pero que nos habían dado mucho dinero, y además hemos escuchado que algo habría hecho”, afirma la sobrina.

También, cerca del lugar donde sucedieron los hechos, en Madrid, la familia ha tenido que padecer faltas de respeto. La placa instalada para recordar a Jesús y a su compañero Casimiro ha sido vandalizada y arrancada en varias ocasiones. La última, en febrero: “Es como una señal de tráfico y resulta fácil si se le antoja a alguien”, concluye, resignada, Pilar.