Cuando la hostelería zamorana bajó la persiana el pasado 14 de marzo, con la declaración del primer estado de alarma, pocos pensaban que la situación de comienzos del año 2021 sería tan precaria como en realidad es. No en vano, los últimos compases del pasado invierno supusieron el inicio de una vorágine de restricciones, limitaciones, normas y reducciones de la actividad que tienen al sector, como a otros muchos, con el agua al cuello. Desde ayer, únicamente se permite la apertura de terrazas y los bares se enfrentan al tercer cierre.

Cuando se analiza el año que la hostelería zamorana deja atrás pueden sacarse muchas conclusiones sobre la realidad que hoy en día atraviesa el sector. Desde el 14 de marzo, bares y restaurantes acumulan un total de cien días cerrados a cal y canto, con el clavo ardiendo de la comida para llevar. No se permitió la actividad, ni en el interior ni el exterior de los establecimientos, entre el 15 de marzo y el 24 de mayo ni entre el 6 de noviembre y el cuatro de diciembre del año pasado. Es decir, el sector pasó 2020 estando cerrado prácticamente una tercera parte del año, una losa muy difícil de levantar para muchos negocios.

Pero hay más, porque ni cuando han estado abiertos estos negocios han podido funcionar con la tan añorada normalidad. Durante tres semanas —quince días en la ya lejana fase 1 de la desescalada y una más a principios del mes de diciembre— la restauración zamorana solo ha podido funcionar con las terrazas, y con limitaciones de aforo. Lo que en mayo suponía cierta esperanza por el buen tiempo es ahora “un reducto de negocio insignificante”, dicen los hosteleros. En esta situación se encuentra ahora el sector, que hoy suma su jornada número 22 de “solo terraza”. Así será al menos durante dos semanas más, hasta que la Junta decida al 26 de enero si permite a los clientes entrar a los bares o no.

Mayores restricciones han sufrido las barras, el corazón de muchos locales de hostelería. 82 de los días que los bares han podido abrir han tenido que atender a sus clientes sin barra. Lo que para algunos supone la obligación de reajustar sus locales es para otros la muerte misma de su negocio. Muchos bares, sirva como ejemplo los ubicados en la calle de Los Herreros, han renunciado a funcionar hasta que no puedan hacerlo sin restricciones.

Así, desde que se declarara el primer estado de alarma el sector solo ha podido funcionar con aparente normalidad durante 115 días. Son los que van desde el 22 de junio, cuando entró en vigor la llamada “nueva normalidad” hasta el 15 de octubre, cuando el impacto de la segunda ola motivó que la Junta clausurara de nuevo las barras de los bares. Pero ni en ese tiempo, todo el verano y parte del otoño, el sector se libró de las restricciones. El 1 de agosto se obligó al cierre a las dos de la madrugada, no estando permitido atender clientes más allá de la una y media. El 14 del mismo mes la hora de cierre se adelantó a la una, algo que el sector notó al ser medidas que, aprobadas en verano, mermaban las ganancias.

La estrategia que la Junta ha tomado para luchar contra el COVID pone a la hostelería en el centro de la diana. El sector asume que las restricciones que entraron ayer en vigor —bares cerrados en el interior salvo para comida para llevar y terrazas con aforo reducido— se ampliarán más allá del 26 de enero que se ha puesto como fecha límite. Y lo que es peor, dicen los propios empresarios, los negocios luchan contra una creciente incertidumbre. “Abriremos otra vez cuándo nos dejen, pero tenemos la sensación de que siempre van a poder volvernos a cerrar sin previo aviso, como ha pasado ahora”, argumentan desde la Asociación Zamorana de Empresarios de la Hostelería, Azehos. El sector mira con envidia a otras comunidades, en las que el cierre de la hostelería no se produjo durante lo peor de la segunda ola y donde “también bajaron los contagios” mientras insisten en que “los bares y los restaurantes no son el problema, porque aquí se cumplen todas las medidas sanitarias”. Resignada, la hostelería soporta el golpe de una tercera ola en una moral ya muy erosionada.