Del rojo al negro. El COVID ha puesto en jaque mate en Zamora al sector del “mal llamado ocio nocturno”, los empresarios se sienten como “apestados”, como si fuera una actividad menor y el origen de todos los contagios. Y nada más lejos de la verdad. “Estamos luchando porque se nos considere cultura”, explica el presidente de la Asociación de Salas de Castilla y León, el zamorano Óscar Sotelo, responsable de la Cueva del Jazz. “Tenemos menos que ver con una discoteca que con un cine o un teatro”, agrega. El problema es que las autoridades “no tienen ni idea de que va el sector”, el importantísimo volumen “de puestos de trabajo que generan las salas de conciertos, apoya al resto del sector cultural, las bandas emergentes pasan por nuestras salas, si desaparecen no podrán formarse”, en señala Sotelo.

Desde marzo, cuando irrumpió el pánico por el virus, entre el cien por cien y el 60% de los ingresos de este amplio y variado sector se ha quedado entre las restricciones impuestas por las administraciones. Las bandas de música ofrecen cada temporada de verano entre 70 y 80 conciertos: este año se han quedado prácticamente a cero. La reducción de aforos y horarios, la prohibición de organizar conciertos y espectáculos en el interior de las salas ha llevado a cientos de familias zamoranas al borde del abismo, “viviendo de sus ahorros”, agotados en muchos casos. “Las salas que solo trabajan con conciertos están jodidas y los que tenemos parte de negocio de hostelería también estamos muy mal porque por la noches no podemos trabajar”, añade Álvaro de Paz Barrio, el propietario de otra sala de la capital, Avalon Café. Las salas en Zamora “ya iban justas, ahora estamos ahogados”. La programación de conciertos ha quedado en la vieja normalidad, “no sabes qué pasará mañana porque en los locales cerrados no se pueden hacer conciertos por ahora, y no sabemos ni el aforo que tendremos”.

Álvaro de Paz, propietario del Avalon Café Nico Rodríguez

Otros negocios han tenido que reinventarse, tirar de sus terrazas para amortiguar en lo posible la crisis con conciertos al aire libre, tras el permiso aprobado por el Ayuntamiento de Zamora. Es el caso del Café Numancia, “los grupos han bajado el caché hasta en un 50% y algunos te llamaban para actuar”, explica su dueño, Miguel Fernández. “El desánimo está ahí”, pero “no te puedes quedar dormido en los laureles, hay que hacer algo”.

Pedro Galende y su hijo David en las instalaciones de su empresa de sonido Nico Rodríguez

La situación es realmente dramática para todos, tanto es así que muchos operarios técnicos, escenógrafos, bailarines o transportistas... “buscan otros trabajos porque tienen que comer”, explica Pedro Galende, propietario de Sonido Galende. El movimiento internacional Alerta Roja ha dado visibilidad a quienes trabajan al abrigo de los conciertos; de festivales, suspendidos o con aforos muy reducidos; de las orquestas que este verano no han podido salir; o de los espectáculos de Dj’s, como el Renovation Experience de Ricky Galende. El joven artista pide “un compromiso urgente de las administraciones, un plan que rescate a todos estos profesionales que se asegure su supervivencia”. Para Ricky la gestión de la crisis sanitaria en esta actividad “ ha sido un mazazo, han dejado a un lado a un sector tan mayoritario, que engloba a muchos gremios, con ayudas cero”. Y puede pasar una factura muy alta, “a ver qué gente hay cuando arranque la actividad” y sea preciso contratar especialistas, abunda Pedro Galende.

Miguel Ángel Fernández, propietario del Café Numancia Nico Rodríguez

El sector del ocio y espectáculo, las orquestas y bandas se suman a las críticas, “no somos más peligrosos que un autobús o un tren con pasajeros, espacios cerrados”, indica que el zamorano Rafa Pastor de la banda Grupo Top Líder que recorre todo el país. 

Los empresarios y profesionales se asoman al invierno sin quitarse de en medio la sensación de vértigo. Las ayudas estatales para rescatar al sector salen una y otra vez a la palestra porque las restricciones por el COVID siguen amenazando su continuidad. “Ha sido una verdadera ruina, no hemos tenido opción a realizar ni un evento”, critica la propietaria de la orquesta Malibú de Benavente, Marian Franganillo Feliz- “Ha sido un caos porque la mayoría de la gente de este sector va por altas y bajas o están asegurados solo en verano. Nos han pillado con una mano atrás y otra delante”. A ese respecto, Pedro Galende incide en la necesaria reforma de los epígrafes que ahora son un cajón de sastre.

Los préstamos ICO poco han solucionado, la mayoría del gremio se encuentra sin liquidez para afrontar el día a día, como Franganillo que agradece a la asociación que les representa, Acople, el esfuerzo para revertir la situación de este gremio “desesperado, con una paga hasta el 30 de septiembre que no me llega ni para pagar la inversión ni para comer”.

Banda Ladri di Biciclette Nico Rodríguez

El drama no pasa de largo para las bandas de música que en la última década han proliferado en Zamora. La mayoría con “la suerte de no vivir solo de los conciertos”, como el grupo El Lado Oscuro de la Broca. Su componente, Roberto Rodrigo, vuelve sobre “el abismo” al que sí se enfrentan “quienes giran alrededor nuestro, como las discográficas, los técnicos, el estudio donde se graba. El ánimo está muy de capa caída” entre los profesionales de estos gremios. En esto, como en todo, hay clases, “los grandes sobrevivirán, pero las clases medias y bajas de la música nos veremos muy afectados”. El sector “morirá si esto dura mucho”. Igual de “negro” pinta el panorama Javier Martín Denis, de la banda Ladri de Biciclette, “no se ve una solución, si nos cuesta salir adelante, ahora es imposible”. Habían empezado consolidarse, pero las consecuencias del COVID pueden suponer un punto de inflexión como para tantos grupos de la provincia. Reclama a las administraciones que “hagan algo” para tener en cuenta a este sector, “como lo han hecho con otros sectores culturales”. Porque, todo coinciden, por el momento “solo nos han demonizado”.

Grupo musical El Lado Oscuro de la Broca Nico Rodríguez