Una garza “aterriza” en las frescas aguas fluviales. | José Luis Fernández

Un grupo de garzas durante una pelea . | José Luis Fernández

Un milano negro planea sobre una de las riberas. | José Luis Fernández

Una grajilla occidental en el interior del bosque. | José Luis Fernández

La biodiversidad del padre Duero está en serio peligro si tal riqueza medioambiental no se protege a su paso por la ciudad, el único tramo que se excluyó de la Red Natura 2000, un verdadero dique a la intervención humana en espacios naturales que, en el río que cruza Zamora, deja en el aire la continuidad de 225 especies de vertebrados terrestres, denuncian los expertos. De poco sirve que estos animales se incluyan en el Catálogo Nacional de Especies Amenazadas, bajo el tan manoseado y poco respetado interés especial.

La voz de alarma se dio hace décadas, cuando las riberas del río Duero comenzaron a “integrarse” en la ciudad, aquel casi lema “una ciudad que mira al río” se tradujo en la semiurbanización del bosque que entonces poblaba, con diversidad de especies de fauna y flora, aquel tramo ahora convertido en paseo en la margen derecha. Y que la crisis detuvo en la izquierda, donde la intervención fue menos agresiva y en la actualidad apuesta por el respeto hacia esta biodiversidad, defendida por el concejal de Medio Ambiente del Ayuntamiento de Zamora.

A aquellos detractores se les llamó entonces conservacionistas. Son los mismos ecologistas que ahora subrayan el error cometido y piden enmendar la exclusión del tramo urbano del río Duero de Zamora capital de la Red Natura 2000. Se trata, detallan los expertos consultados, de salvaguardar no solo esas 225 especies de vertebrados terrestres, sino también el bosque de ribera, el de galería del sauce blanco y el de álamo blanco, en grave riesgo a pesar de que son espacios de interés comunitario en la Directiva Hábitat.

Su inclusión en la Red Natura, de la que quedó fuera el tramo “Riberas del río Duero y afluentes” sería la fórmula, abundan desde Ecologistas en Acción. Precisamente, las islas fluviales del Duero en la capital, “aquellas que permanecen aisladas, sin acceso de los ciudadanos, son el eje y soporte fundamental de esa riqueza medioambiental”, en ellas se localiza la mayoría de la masa forestal de bosque de galería existente en esta parte del cauce del río.

Ese bosque se desarrolla desde hace décadas sin ningún tipo de intervención humana, inciden para destacar una “calidad ecológica muy difícil de encontrar hoy en día en nuestras riberas”. Las orillas son esenciales, asimismo, en la unidad ecológica y “mantienen abierto el corredor que da continuidad a la sorprendente vida salvaje a lo largo del río Duero”. Son los hogares de las especies a proteger, “las principales áreas de refugio y lugares de reproducción para la mayor parte de aves, mamíferos y reptiles característicos de este hábitat”. Los estudiosos de la naturaleza y los aficionados encuentran al avetorillo común, a la garza real, con su estilizada figura; al martinete común o la cigüeña blanca; al milano negro; al águila calzada; al cárabo común; al autillo europeo; al martín pescador; al torcecuello o al pico menor. Y entre los mamíferos, a la nutria europea, nadando entre las aceñas de Olivares o al pie de alguna isla. Y al galápago leproso y al europeo tomando el sol, “dos especies autóctonas seriamente amenazadas”, recuerdan los ecologistas, sin dejar de incidir en que no hay que olvidar que “el conjunto de islas fluviales constituye el área principal de reproducción de la población local” de estos reptiles.

Esos mismos espacios singulares acogen los nidos de aves variadas: allí crían dos parejas de águila calzada; entre 20 y 30 de garza real; de 6 a 11 de martinete común y 9 de milano negro. La mitad de la población local de cigüeña blanca se reparte 30 de los 56 nidos contabilizados en estos pequeños paraísos surgidos en el centro del cauce del río y aislados de las riberas, “donde encuentran una protección y tranquilidad” imposibles de disfrutar en otros lugares. Urge, pues, que las instituciones competentes, la Confederación Hidrográfica del Duero, la Administración autonómica y el propio Ayuntamiento de Zamora blinden esta singular biodiversidad que el Duero regala a la capital, “sin la existencia de estas islas salvajes e inalteradas”, remarcan los ecologistas. Los expertos advierten que “la fauna asociada a este tramo fluvial sería muchísimo más pobre, nada comparable a la que podemos disfrutar actualmente”. Las transformaciones artificiales que pudieran sufrir o cualquier incremento sustancial de la presencia humana en las mismas supondrían un impacto de enorme magnitud y completamente injustificable para la biodiversidad local”, que a buen seguro moriría.