Dos usuarios conversan con la encargada del bar. | Nico Rodríguez

El juego del bingo, con mascarillas y pantallas protectoras. | Nico Rodríguez

De las cartas al bingo y del baile en pareja a la distancia de seguridad. La denominada “nueva normalidad” impone sus reglas al colectivo de mayores, el más perjudicado por la pandemia del coronavirus. De ahí que ahora todas las actividades colectivas estén regidas por los más estrictos protocolos no solo en las residencias permanentes sino en los clubes sociales que han reabierto sus puertas. Aunque, con precauciones, los usuarios vuelven a sus rutinas de ocio un día después de la onomástica de san Joaquín y santa Ana, los patrones de los abuelos, un rol que identifica a muchos de los que ocupan las mesas, separadas, de los locales.

En el Centro Cultural de la antigua Caja España-Duero de La Marina, en la capital, ha adaptado sus instalaciones a la nueva situación provocada por la pandemia de la COVID-19, a través de la higiene y el cumplimiento de la normativa vigente. Las personas mayores pueden, de esta manera, disfrutar otra vez de su tiempo de ocio con todas las garantías.

Antes de la epidemia, los usuarios solían acudir al centro para jugar a las cartas, bailar, tomar un café, e incluso comer si así lo querían. Ahora, los mayores no pueden utilizar las barajas para evitar contagios: “Las cartas están totalmente prohibidas, y solo pueden utilizarlas si son suyas o entre grupos reducidos de amigos, los cuales siempre se limpian las manos cuando terminan”, indica el responsable de las dependencias, Gabriel Prieto. Así, este juego ha sido sustituido por otros pasatiempos como el bingo, eso sí, también adaptado a la nueva normalidad, “con cartones plastificados, que son de uso personal y cuando terminan de utilizarlos se apartan y se desinfectan para poder volver a jugar al día siguiente, añade.

Con respecto a las comidas, ahora tratan de prepararlas para llevar, en un intento de “hacer una vida más o menos normal para que puedan volver a la rutina, manteniendo las distancias y sin quitarse la mascarilla, a menos que estén consumiendo”, señala. Pese a las obligaciones cívicas, los propios usuarios son muy conscientes de la situación y “llevan un cumplimiento estricto de las normas”, apunta Prieto.

El propio centro también mantiene la higiene y las medidas de seguridad, “sobre todo las distancias, el gel y el uso de mascarillas, siguiendo la normativa de Sanidad”, comenta el encargado. Las sillas y mesas, de igual manera, se limpian con minuciosidad, lo que hace de las dependencias un espacio muy propicio “porque son espaciosas y no tiene que haber ningún problema si mantenemos estas condiciones”, agrega. De esta forma, poco a poco, los mayores empiezan a responder de nuevo, aunque a algunos aún les cuesta hacer salidas a lugares cerrados, “al no tener una terraza exterior, pero los salones son muy espaciosos”. Si bien es cierto que el aforo habitual se ha reducido, también influye en ello la época estival, puesto que, de cara al verano, muchas personas acuden a los pueblos, y “de por sí es un momento en el que no vienen tanto a los centros como cuando hace frío, a lo que se añade que mucha gente tiene dudas sobre las salidas”, explica.

El centro de la Marina abrió sus puertas de nuevo el pasado 10 de julio. Desde entonces, hay quienes acuden únicamente a tomar café por las mañanas, mientras están sentados en una mesa. Otros prefieren ir a comer y después marcharse, y algunos vuelven por las tardes para jugar al bingo.

El coronavirus ha introducido cambios radicales en el modo de vida de todos y los mayores, los más vulnerables en el plano sanitario, no son la excepción.