Aquella voz bronca y fuerte se la ha llevado el COVID-19. “¡Pues si me oyes cuando salí del hospital…”. Miguel Sotelo -“60 años recién cumplidos, el 23 de abril, mientras estaba en planta”-, hospitalizado durante 42 días por el virus, habla como un auténtico resucitado tras superar “la peor experiencia de mi vida, ni cuando murió mi hijo con 23 años lo pasé tan mal. Aquello fue un dolor emocional, sentimental, pero con el “bicho” es físico. Es duro, lo más duro de mi vida, te ves morir”. En su calendario, “una celebración pendiente: la vida. Yo quería vivir, nunca pensé en rendirme”.

Ese ímpetu tiró de Miguel Sotelo, ahora ya en otra lucha: recuperar su trabajo, el disfrute con la familia y los amigos. Superado el COVID, toca exprimir bien el ahora, relativizar todo. A casa regresó el 13 de mayo pegado a la bombona de oxígeno, así durante tres semanas, y caminando a duras penas. Casi dos meses y medio después del alta hospitalaria está “jodido, me fatigo, las piernas me siguen doliendo”. Echa de menos trabajar, volver al negocio familiar de hostelería, recuperar su vida cotidiana con sus clientes, pero “no puedo, no tengo fuerza en los brazos, no puedo con la bandeja”. Mover el lado izquierdo del cuerpo, adormecido por los efectos del coronavirus, sigue siendo costoso.

Miguel se levanta de la silla para mostrar la torpeza que le impide caminar con soltura y manejar el brazo con rapidez y destreza, lo hace ante la mirada atenta de su perra Sarri que, en cuanto escucha el movimiento de su dueño, deja de perseguir las palomas que intentan colonizar un árbol del jardín y corre hacia él. “Esta también me da mucho cariño, soñaba con ella cuando estaba tan mal”. Es un superviviente del coronavirus, aunque a él no le gusta ese término, todavía está recuperando la masa muscular que se comió el “bicho”, 17 kilos perdió “por tantos días en la UCI y en el hospital”. Y eso que cuando comenzó a alimentarse “comía bien, eso creo que es lo que me ha librado en parte”. Con esa entereza y energía que siempre le ha caracterizado siempre, el zamorano ha desempolvado la bicicleta desde hace un par de semanas “voy avanzando, ya puedo hacer unos metros y subir cuestas pequeñas”.

La médico rehabilitadora le ha recetado “pedalear” para recuperar los músculo perdidos durante el mes y medio de enfermedad. El proceso es lento, “muy lento” para un hombre acostumbrado al tajo, a meter horas y horas en su negocio de hostelería con su mujer, Rosa, siempre al lado. Fue “quien me salvó la vida, si no es por ella que escuchó cómo me caía de la cama y que llamó rápido al 1 1 2, hoy estaría muerto”. El COVID se llevó su fuerza física y su mata de pelo negro, le ha regalado una alopecia ante la que los dermatólogos se han rendido, “me dicen que no volveré a tener mi pelo”. Pero él no se resigna: “Rosa me está dando un ungüento que un curandero de un pueblo de Zamora le recomendó a ella y le fue bien. Yo creo que ya me está haciendo efecto”. Su mujer se ríe, “¡pero si solo llevas un día dándotelo!”. Él se encoge de hombros, se toca la pelusilla que le ha quedado y no duda en que volverá a lucir una buena cabellera para envidia de muchos, se guasea.

El zamorano busca en su móvil fotos de su nieto

Y vuelve sobre su terrible experiencia, una vez superados los días de la UCI, cuando subió a planta. “Al principio, me tenían que dar de comer, no podía con la cuchara”. De ir al baño tuvo que olvidarse: sin fuerza para levantarse de la cama, la sonda y el pañal cumplieron su función, “era lo más humillante y eso te afecta moralmente, ves que no puedes ser autónomo, te sientes un despojo”. De lo que sí está seguro es de que “me rozó la muerte”, no solo porque él creyera que “ya no volvería a casa, vi la muerte de cerca”, sino porque con esas mismas palabras se lo explicó el médico hace unos días: “con tu cuadro de diabetes, sois muy poquitos los que habéis superado el COVID. Has tenido mucha suerte”.

Fue de los primeros enfermos de coronavirus en ingresar en la UCI del Virgen de la Concha. Desde la madrugada del 1 de abril permaneció hasta el 16 en la UCI, seis días en coma inducido e intubado. Pasada esa primera etapa, tiene un vago recuerdo del constante trasiego del personal sanitario, de su postura boca abajo para facilitar la respiración, “me punzaban en la espalda para extraerme el líquido de los pulmones”.

Describe su vuelta a la vida como un auténtico milagro, “a lo mejor de la Virgen de Lourdes, mi suegra dice “por ella estás aquí, porque hablé con ella”, no creo en nada, pero...”, se ríe socarronamente, “ ¡vete a saber! Muchos rezaron por mí”. Él recordó a su hijo pequeño, “a lo mejor tenía que irme con él”, llegó a pensar, “pero, mira, sería que no, que dijo “todavía tienes mucho que hacer ahí”. Y aquí estoy”. 

“A los jóvenes les digo que el virus no tiene edad, creí que no me tocaría ”

Una de las razones por las que Miguel Sotelo se ha decidido a contar su experiencia con el COVID-19 es la falta de concienciación que observa en la gente más joven, “cuando veo a los chavalitos que hacen ciertas cosas me pongo de los nervios”. El hostelero zamorano, sin separarse ahora de su mascarilla, se coloca como ejemplo: “yo también pensé que a mí no me pasaría nada, pero sí, le puede pasar a cualquiera, el virus no tiene edad”. Aunque crean que con la vitalidad que tienen no les ocurrirá nada, Miguel Sotelo les pide “que tengan cuidado, que se cuiden y que tomen medidas de seguridad”. La inmunidad no existe para nadie, advierte este paciente que ha logrado superar la enfermedad, pero que no desea la experiencia “ni al peor de mis enemigos”. Cree que hay demasiada dejadez entre los más jóvenes, que se reúnen sin tomar muchas medidas de seguridad, sin mascarilla, incluso hacen botellones, “eso es muy peligroso, deben tener otra conducta, se exponen al virus”.

El enfermo que superó el COVID conversa por el móvil José Luis Fernández

“Me dio un chute de fuerza el ver al nieto y a la familia por el móvil”

De la primera fase crítica del COVID-19, durante los diez días que estuvo consciente ya en la UCI del Hospital Virgen de la Concha, Miguel Sotelo apenas puede describir sensaciones, “no sé ni lo que sentía. El zamorano veía que estaba muy mal…, tuve sueños muy raros”. Y la compañía de un ahogo constante. En planta estuvo otros 26 días. La enfermedad no ha podido con su pasión ni con su vitalidad, ahora atadas a un tono suave que deja traslucir aún la fatiga que siente. Esta dura batalla contra el virus comenzó una semana antes de ese 1 de abril en el que ingresó. Picos de fiebre, descomposición y vómitos le mantenían en casa, controlado por su médico de cabecera por teléfono, ya entrados en el confinamiento por la alerta sanitaria. Y vigilado muy de cerca por su esposa, Rosa.

En esos días ya perdió la consciencia, “no me acuerdo de nada”. Una noche “me fui a levantar de la cama para ir al baño y caí a plomo”. Eran las tres de la madrugada, “menos mal que mi mujer se despertó, me vio tan mal que llamó al 1 1 2”. En contra de la opinión de su marido que “me decía que estaba bien y que no llamara”. Ella tuvo que ponerse terca, “por eso estoy vivo, si no, aquella noche me muero”. Miguel tampoco recuerda con exactitud la conversación ni la llegada de los sanitarios a su casa, apenas si tiene fijada alguna imagen de su desembarco en la UCI del Virgen de la Concha. “Me enteré de cómo me metieron, después solo tenía sueños y dicen que pedía que me llevaran a planta”.

En esos días el protagonismo de sus delirios se lo llevó el único nieto que tiene, Arturo. Las compañeras de su consuegra que trabajan en el Hospital le contaron que llamaba al pequeño con frecuencia a voz en grito. Al mismo que le esperaba cuando llegó a casa en el piso de arriba, asomado a la escalera para animarle a conseguir el reto de subirlas, nos dice orgulloso del pequeño de dos años, que “se metía conmigo en la cama y no había manera de sacarle”. Esa fue una de las asideras a la vida para el zamorano que ha superado el COVID-19: El niño “y la familia, mi mujer Rosa, mi hijo y mi nuera”. Los cinco, unidos, han dejado atrás los peores momentos de esta pandemia que amenazó muy seriamente la vida de Miguel durante días eternos para todos.

El reencuentro fue por videoconferencia. “Un gesto de generosidad y solidaridad del personal sanitario que nunca olvidaré”, como el trato recibido, “muy amables, muy cariñosos, no te sentías solo, estaban siempre dispuestos aunque no paraban de trabajar”. Rosa recibía cada día noticias del hospital, una llamada para informar a la familia de la evolución del enfermo, aunque “tardó en poder venir al hospital”, hasta el 7 de mayo no le permitieron entrar en planta, un mes y una semana después de que le viera marchar de casa en la ambulancia.

Los sanitarios sabían de la importancia de que los enfermos pudieran hablar con sus familias. Preguntaron a Rosa si Miguel tenía teléfono móvil. Allí lo había dejado ella. Las auxiliares y las enfermeras, por orden del médico, se encargaron de buscarlo y ponerlo en funcionamiento. Aquella primera videoconferencia fue un regalazo para todos, pero tanto el enfermo como su familia pensaron que la comunicación era “una despedida”. Miguel porque “me encontraba tan mal, casi ni podía hablar, que creí que les habían llamado para que les viera por última vez, yo creí que para mí era el final”. Idéntica reacción tuvieron en su casa. Rosa cuenta que “pensamos que se moría y que nos habían hecho la videoconferencia para despedirnos de él”.

Una simple llamada que para Miguel supuso un revulsivo, “ver a mi nieto, sobre todo, pero a mi mujer y a mi hijo, a mi nuera, me subió parriba”. Ese tesón de la familia, “mi hijo que me decía “venga, tienes que echarle valor”, me animó muchísimo” Las enfermeras me ponían el móvil, las llamadas se fueron sucediendo cada uno o dos días, ya sin videoconferencia. Y llegaron también las fotos del nieto, de la familia y, más tarde, las llamadas y los Whatsapp de los amigos, “eso fue un grandísimo apoyo”.

Los sanitarios también fueron el mejor de los psicólogos en una situación tan complicada y de tanto aislamiento, con tan pocos medios, recalca el hostelero de la capital. Cuando ya le levantaron de la cama, “que no podía aguantar sentado porque no tenía fuerza, me picaban para darme ánimos, me decían que no iba a volver a andar”. Miguel tiraba de orgullo y fuerza de voluntad hasta que pudo soportar sentado una hora y media, dos horas, tres... El ejercicio se repetía mañana y tarde, todo un reto que tardó días en poder cumplir. El andador se convirtió en otro elemento de rehabilitación, que soltó pronto por esa cabezonería sayaguesa de la que tanto presume. En casa ni llegó a usarlo. Pero el verdadero “chute de fuerza fue ver a mi nieto y escucharle. Ahora no se despega de mí”. 

“No tengo miedo a cogerlo, mi mujer ha sido asintomática"

La familia de Miguel Sotelo pasó la cuarentena en la misma casa, pero solo él se contagió del COVID-19, aunque su mujer, Rosa, “ha sido asintomática”. Su hijo, su nuera y su nieto están limpios. El zamorano, de origen sayagués, está determinado a vivir y ser feliz, le ha perdido, incluso, el miedo al virus, “no lo temo, ya sé los síntomas y ahora tengo todo lo necesario para mirarme la tensión y demás”. Confía en los médicos, que le han sacado para delante, de quienes habla maravillas, por su dedicación absoluta, “en el hospital les veías sin parar un minuto y sin quejarse”, igual que a las enfermeras y las auxiliares, a todo el personal sanitario por el que se sintió tan arropado. Sigue sin creerse que esté vivo, como él quería porque “de rendirme nada, yo quería vivir”. Cuando llegó a la planta sexta desde la UCI eran cinco contagiados de coronavirus, después, la cuarta planta a la que le enviaron “estaba llena”. No había pasado ni un mes desde que le habían ingresado.