-En 2012 dijo que "Entreguerras" era su último trabajo. Y ahora sostiene que haber escrito un nuevo libro de poesía a los 88 años le parece una "obscenidad". ¿Le resulta difícil ponerse de acuerdo consigo mismo?

-Cuando escribí "Entreguerras" pensé que sería mi último libro. No por edad, sino porque tenía algo de testamentario, de última voluntad, ya que es un repaso de mi biografía, sobre todo literaria. Pensé que sería un buen fin, pero de pronto comenzaron a cruzarse una serie de temas y formas de enfocar literariamente algunos temas que me traía entre manos. Así que comencé a escribir este libro.

-¿Desaprender no es lo mismo que olvidar?

-Es olvidar. El título refleja fielmente lo que he querido decir con el libro. Entiendo que "Desaprendizajes" puede ser un título rudo, brusco, casi como un insulto. Pero lo que propongo, a mí mismo y al lector, es una especie de olvido sobre lo que se ha aprendido mal; de lo que se ha aprendido de memoria o con enfoques defectuosos, para volverlo a aprender de otra manera más coherente y con una conciencia vigilante. Olvidar lo aprendido, como ya dijo Heráclito, es algo que hay que tener muy en cuenta.

-Pero olvidar posee un componente peligroso, ya que podrían repetirse errores pasados, y todos tenemos en la cabeza cuáles son, que nunca deberían volver a producirse.

-Sí. Hay que recordar cosas que no conviene olvidar. Pero también hay que olvidar otras que son nefastas. Pero claro que hay que recordar el pasado, porque el pasado es lo que hemos vivido. Sin recordar ese pasado, el futuro sería incierto y dudoso.

-¿Le gustaría volver a ser un nuevo poeta, sin el recuerdo de sus enseñanzas, sin las lecturas de los barrocos andaluces...?

-No, no. Para mí es muy importante el recuerdo de mis escritores predilectos, de mis maestros, como los barrocos andaluces, los barrocos castellanos, los simbolistas franceses, los románticos anglosajones...

-A los que relee una y otra vez...

-Leo muy poco de lo nuevo, porque tampoco hay cosas que me tienten, que me atraigan. Pero releo mucho a mis maestros y he releído obras completas de Onetti, Rulfo, Valle-Inclán, Juan Ramón Jiménez, Baudelaire, Rimbaud, Mallarmé...

-En este libro arremete contra una sociedad aborregada. ¿Tiene esperanzas en que las cosas cambien o cree que iremos siempre a peor?

-Creo que estamos viviendo un fin de ciclo. Un fin de trayecto. El fin de ciclo significa que va a haber un cambio. Ese cambio del que tanto se habla. Están apareciendo cosas y gente nueva. Gente joven y desconocida que no son políticos de profesión sino que proceden de la universidad. Como es el caso de Podemos, que me parece un movimiento formidable aunque todavía no estén preparados, pienso yo, para administrar un país, que es algo muy complejo para lo que hace falta una gran experiencia. Pero son gente que no son políticos de profesión. Desde Franco hasta ahora, los políticos han sido todos políticos y no otra cosa. En la República teníamos grandes intelectuales, como Azaña o Negrín, que además eran políticos. Esto no ocurría ahora. Había como una línea sucesoria: de Franco se pasa a Fraga, de Fraga a Aznar y de éste a Esperanza Aguirre. De eso sí que estamos cansados.

-¿Entonces le entusiasma que la sociedad luche contra sus propios males?

-Sí. Por eso creo que hay un fin de trayecto y un nuevo punto de partida. Porque algo se va a acabar. Y que además de Podemos aparezca Ciudadanos es un fenómeno que hay que tener muy en cuenta, y que viene a significar que algo está cambiando: la gente ya no vota al PP o al PSOE por sistema. Tampoco a Izquierda Unida, que tiene muchos problemas internos. Creo que Izquierda Unida está pasando por un mal momento y no me parece que eso sea bueno. Deberían tener más presencia en la política nacional.

-El ideario de Podemos coincide en gran parte con el de IU.

-Y Podemos ha absorbido a muchos de sus militantes. Lo que creo es que todo esto se tiene que serenar, porque en Podemos también hay líos internos, pero a la vez pienso que es estimulante que todo esto ocurra. Que no estemos adormecidos votando a los mismos de siempre.

-¿Somos en parte culpables del éxito de los mediocres?

-Bueno, claro. También hay que contar con que la educación política de las sociedades sea deficiente. Hay mucho mediocre elevado al rango de ídolo, enaltecido. La mediocridad abunda en cualquier sector de la vida económica, política, social e incluso cultural española.

-¿Tiene cabida la poesía en un mundo enganchado a las redes sociales y la telebasura?

-Sí, siempre tiene cabida. La poesía tiene un fondo salvador: te salva y te consuela. Es como un lenitivo. Tiene un poder terapéutico para curar ciertas zozobras de la vida. Aunque el lector no entienda del todo lo que lee, puede ver luces a través de la sonoridad de la palabra y el secreto del lenguaje. Luces misteriosas que le descubren un mundo.

-¿Cree que se hace suficiente por la difusión de la literatura?

-No. Nunca se hace suficiente. Además, la buena literatura se salva sola. No necesita ni de institutos ni de ministerios de Cultura. Todo eso le sobra.