09 de enero de 2011
09.01.2011

Lumbre baja Lumbre baja

n Nunca lo táctil se mostró tan alejado de lo tangible

n Nunca lo táctil se mostró tan alejado de lo tangible

09.01.2011 | 01:00
Lumbre baja Lumbre baja

Los Reyes Magos me dejaron un pequeño y coqueto librito, «Pormenores» de mi siempre admirado Tomás Sánchez Santiago. Repaso su primorosa encuadernación en un azul que evoca una nostalgia cristalina, sus páginas de papel cuché y las ilustraciones que adornan esa nueva tanda de recuerdos recopilados por el escritor zamorano y llego a la conclusión de que, en esta Navidad de e-books, iPads y demás artilugios servidos por la inteligencia artificial, nunca lo táctil se mostró más alegado de lo tangible. Ningún cristal líquido es capaz de exhalar ese perfume que embriaga al lector cuando te introduces en ese imaginario construido con tinta y celulosa, ni se alinean de igual forma los sueños cuando deslizas suavemente los dedos sobre cada una de las letras frente a la fría, moderna y uniforme pantalla digital.

No sé si este exquisito volumen habrá sido publicado finalmente por esa editorial cuyo cierre narra Sánchez Santiago en esos minirretratos literarios, más que microrrelatos, pues en ellos se contiene la esencia de todos aquellos seres que son los que, realmente, prestan vida para que vida tenga la tierra sobre la que habitamos. El amor puro, como el de Menchu, la maestra que se retira para cuidar de su esposo enfermo, el librero que cierra o el parado que teme reencontrarse con el alcohol cuando finalice su próximo contrato. Personajes construidos a golpe de oído, o mejor dicho, de escucha. Porque, aturdidos con tanto ruido a nuestro alrededor, hace tiempo que oímos, pero rara vez escuchamos. Quizá en ello encuentren parte de razón alguno de nuestros muchos males.

Alguna vez todos nosotros hemos practicado ese aspecto noble del cotilleo, del que aguza el oído intentando recabar en conversaciones ajenas el relato de otras vidas con las que nos identificamos, que corren paralelas a las nuestras y que solamente conoceremos a través de ese cruce fortuito en el asiento vecino durante un viaje en autobús, en la cola del pan o ante una taza de café en el bar de la esquina. Escuchar a los que dejan encendida la lumbre baja, que describe Sánchez Santiago. Y a la luz de esa lumbre caminamos todos a diario.

Un grupo de deportistas de élite, de ganadores, protagoniza estos días un anuncio de una marca deportiva que tiene como segundo objetivo (el primero, como imaginan, es la venta del equipamiento) servir de estímulo a la población deprimida en estos tiempos que pintan apocalípticos. «Sé la luz que dicen que hemos perdido», reza el eslogan que juega al prozac en televisión. En caso de que sea cierto que hayamos perdido alguna luz, será por culpa de haber permitido que algunos iluminados se sentaran demasiado tiempo al sol que más calienta. Dudo mucho que los encargados de mantener esa lumbre baja la hayan dejado apagar, porque en cuidar de esos rescoldos les va la vida entera.


Los Reyes Magos me dejaron un pequeño y coqueto librito, «Pormenores» de mi siempre admirado Tomás Sánchez Santiago. Repaso su primorosa encuadernación en un azul que evoca una nostalgia cristalina, sus páginas de papel cuché y las ilustraciones que adornan esa nueva tanda de recuerdos recopilados por el escritor zamorano y llego a la conclusión de que, en esta Navidad de e-books, iPads y demás artilugios servidos por la inteligencia artificial, nunca lo táctil se mostró más alegado de lo tangible. Ningún cristal líquido es capaz de exhalar ese perfume que embriaga al lector cuando te introduces en ese imaginario construido con tinta y celulosa, ni se alinean de igual forma los sueños cuando deslizas suavemente los dedos sobre cada una de las letras frente a la fría, moderna y uniforme pantalla digital.

No sé si este exquisito volumen habrá sido publicado finalmente por esa editorial cuyo cierre narra Sánchez Santiago en esos minirretratos literarios, más que microrrelatos, pues en ellos se contiene la esencia de todos aquellos seres que son los que, realmente, prestan vida para que vida tenga la tierra sobre la que habitamos. El amor puro, como el de Menchu, la maestra que se retira para cuidar de su esposo enfermo, el librero que cierra o el parado que teme reencontrarse con el alcohol cuando finalice su próximo contrato. Personajes construidos a golpe de oído, o mejor dicho, de escucha. Porque, aturdidos con tanto ruido a nuestro alrededor, hace tiempo que oímos, pero rara vez escuchamos. Quizá en ello encuentren parte de razón alguno de nuestros muchos males.

Alguna vez todos nosotros hemos practicado ese aspecto noble del cotilleo, del que aguza el oído intentando recabar en conversaciones ajenas el relato de otras vidas con las que nos identificamos, que corren paralelas a las nuestras y que solamente conoceremos a través de ese cruce fortuito en el asiento vecino durante un viaje en autobús, en la cola del pan o ante una taza de café en el bar de la esquina. Escuchar a los que dejan encendida la lumbre baja, que describe Sánchez Santiago. Y a la luz de esa lumbre caminamos todos a diario.

Un grupo de deportistas de élite, de ganadores, protagoniza estos días un anuncio de una marca deportiva que tiene como segundo objetivo (el primero, como imaginan, es la venta del equipamiento) servir de estímulo a la población deprimida en estos tiempos que pintan apocalípticos. «Sé la luz que dicen que hemos perdido», reza el eslogan que juega al prozac en televisión. En caso de que sea cierto que hayamos perdido alguna luz, será por culpa de haber permitido que algunos iluminados se sentaran demasiado tiempo al sol que más calienta. Dudo mucho que los encargados de mantener esa lumbre baja la hayan dejado apagar, porque en cuidar de esos rescoldos les va la vida entera.

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