El sábado estuve en Madrid. Mejor dicho, en una Comisaría de Madrid. Nada más llegar a la city me percaté de que me había convertido en un sin papeles. Ni permiso de conducir ni carnet de identidad llevaba. Me dije, o los he perdido o los he olvidado. En todo caso, chungo para el regreso. Si me paran los de tráfico me avían.

Con el fin de subsanar la distracción y convertirme en un ciudadano en regla me dirigí a la Comisaría de Ventas. Eran las doce. Las doce en punto de la mañana. Un policía me dijo sin alzar la cabeza de un papel en el que garabateaba nombres, qué quiere. Le expliqué mi situación y me pidió que pasara a esperar en la sala contigua. Sólo había cuatro personas. Una era una señora mayor. Se quejaba de un individuo que le había robado el bolso. Y lo relataba en voz alta, como un magnífico cuentacuentos, poniéndose incluso de pie para dar énfasis a su relato:

«Se colocó a mi altura un chico con una moto. Del asiento de atrás se bajó otro con unas greñas sucias. Se dirigió a mí. Pensé que iba a preguntarme algo y qué va hija, me agarró del bolso y me dio un tirón que casi me arranca el brazo. Pero yo no soltaba y él gritaba, suelte señora que va a ser peor, será hijaputa la señora... Al final consiguió arrancármelo el muy bestia. Mire el ronchón que me dejó en el brazo. Si no suelto me lo arranca de verdad. Fue ahí mismo, en Alcalá, al lado del restaurante chino?».

Pasó una hora y tan sólo había entrado un señor. La cosa iba para largo. Vi un cartel que anunciaba que las denuncias podían hacerse por teléfono. Tomé nota y me dispuse a salir. En ese preciso momento otra señora comenzaba su historia. Tendría unos sesenta años y de joven debió de ser muy hermosa. Me cautivó su comienzo: «Huy, pues el atracador mío no. El que me robó a mí era muy correcto, un caballero. Fue en el autobús, en el 46. Llevaba el bolso muy agarrado y cuando iba a bajarme un chico se puso delante. De pronto se paró en seco y yo me fui contra él. Sentí que otro chico que venía detrás se abalanzaba sobre mí. Me dijo, perdone señora. Era súper educado y muy guapo, muy limpio. Pero no sé por qué me dio mala espina y miré el bolso. Claro la cremallera estaba abierta y la cartera había volado. Salí tras él gritando ¡al ladrón, al ladrón!, se volvió y dijo, lo siento señora. Muy educado, ya le digo, un caballero. Antes de venir a denunciar fui a casa. Tenía un sofoco que usted imaginará. Cuando llegué abrí el buzón y allí estaba mi cartera con los documentos. Un caballero».

¿Y el dinero?, inquirió uno de los asistentes al teatrillo.

«El dinero no estaba, pero ya sabe, en estos casos lo que uno quiere es la documentación porque si no menuda faena te hacen. Yo desde luego lo prefiero así. Que te roben y te devuelvan lo que no les vale pues es de agradecer». Daban casi las tres cuando entró un tipo con mala pinta y peor corazón. Tenía, según él, 36 años y era abuelo de un niño de seis. Acababa de salir de la cárcel y le contaba a un "primo" que casi mata a la mujer porque la pescó con otro en la cama:

«Chacho, será hijaputa. Pero si ha estao tola vida conmigo. Fíjate que hasta la desvirgué con nueve años? Y al tío ya se lo dije, eres un maricón que te has tirao a mi mujer aprovechando que estaba en la trena?».

Me entraron ganas de denunciarle y que volviera a la trena. Hice un cálculo. Aquel personaje había sido abuelo a los treinta. Es decir, debió de ser padre de una niña a los quince y la niña madre a los catorce o quince. Si desvirgó a su mujer a los nueve, él era mayor. Luego su esposa debió de ser madre a los once o doce. Maldito.

Lo mío, al lado de aquellos artistas, no era nada. Para qué contarlo. Eran las cuatro. Las cuatro en cabreo de la tarde. Cogí mi bufanda y me fui bufando. A mis espaldas alguien comenzaba su relato: pues yo estaba en el Corte Inglés?