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Afición legada a sus descendientes

El pinillejo Deominio Casas, padre del periodista David Casas, quiso ser torero

El progenitor del periodista taurino, natural de Pinilla de Toro, estuvo en el Club Taurino de Albacete y llegó a torear algunas novilladas sin picadores, no sin antes haber vivido una época como maletilla por los pueblos, en la que compartió aventuras con el también zamorano El Gacho

Deominio y David Casas, padre e hijo, posan en Pinilla de Toro.

Deominio y David Casas, padre e hijo, posan en Pinilla de Toro. / Carmen Toro

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Pinilla de Toro

Deominio Casas nació en Pinilla de Toro y ha pasado 37 años de su vida laboral trabajando como mecánico de aviones en Iberia ya que, previamente, se había formado como técnico de mantenimiento aeronáutico , primero, en León y, después, en Logroño y Albacete.

A sus 90 años y con los recuerdos perfectamente "amueblados" en su cabeza, aún reconoce que lo que le habría gustado es ser torero. "Era mi ilusión. Yo estaba convencido de que iba a serlo, aunque luego no llegué nunca a nada, pero yo nunca pensaba que iba a ser mecánico de avión. Yo siempre pensaba que tenía que ser matador de toros. Cuando iba a la escuela, siempre estaba pensando, muchas veces estudiaba y estaba pensando en que tenía que ser torero. Tenía mucha afición, me gustaba mucho. Y me sigue gustando, no se me ha quitado", cuenta convencido, aunque reconociendo que era "muy difícil" llegar a ser torero porque, aunque dice que, en aquella época, había más novilladas que ahora, las que se daban "eran para los que ya eran casi figuras".

Casas se fue de Pinilla de Toro cuando tenía 16 años para estudiar su formación como técnico de mantenimiento aeronáutico; tras cursar los estudios primero, en León, y después, en Logroño, recaló en la maestranza de Albacete.

Y en la ciudad manchega fue donde comenzó su periplo taurino, aunque "tenía afición de siempre, pero, en el otro lado, no salía de la escuela y no veía ni León ni Logroño".

Cuando llegó a Albacete, "ya nos dejaban salir y le pedí permiso al capitán para poder torear". Su superior le dijo: "yo te doy permiso, pero, si pasa algo, no quiero saber nada; puedes ir a torear, yo te doy permiso para que faltes al cuartel, pero, si un día pasa algo, tengo que decir que no sabía nada", recuerda Casas.

"Y le dije que sí, se lo acepté, y salíamos e íbamos a la feria los domingos cuando había en algún pueblo, pero íbamos como de capeas. Me acuerdo de que casi siempre nos dejaban un pajar que tenía ya poca paja o ninguna para dormir, nos juntábamos en los pueblos ocho o diez maletillas y nos daban permiso para dormir allí", recuerda.

Deominio Casas, en su jardín en Pinilla de Toro.

Deominio Casas, en su jardín en Pinilla de Toro. / Carmen Toro

Y, en Albacete también, Deominio Casas entró a formar parte de su Club Taurino, donde había unos 400 jóvenes que querían ser toreros. Para entrar, "te tenía que firmar uno para darte el carné taurino y me firmó el matador de toros Juan Montero", recuerda Casas. "Estábamos entrenando en la plaza de toros de Albacete y Juan Montero, como tenía menos categoría que Pedrés y Chicuelo II, que también entrenaban mucho en la plaza, fue quien me firmó para que me dieran el carné".

De aquellos 400 aspirantes a torero, sólo llegaron a serlo cuatro: José Gómez Cabañero, Abelardo Vergara, Emilio Redondo y Pepe Osuna.

Entre aquellos amigos que el pinillejo hizo en Albacete había, incluso, un primo segundo de Manolete. Natalio, que así se llamaba y era un poco mayor que Casas, también había querido ser torero, "pero no llegó a nada tampoco". Su casa tenía un corral "muy grande" donde también solían ir a entrenar aquellos jóvenes con sueños de ser torero, y su madre era, según cuenta Casas, "prima hermana de doña Angustias, la madre de Manolete".

Deominio Casas toreó únicamente tres tardes como novillero sin caballos. Una, en el propio Club Taurino de Albacete, y otras dos, en su pueblo, Pinilla de Toro, en 1959, donde se anunció como Deominio Casas "Casitas".

Cartel del festejo en el que Deominio Casas toreó en Pinilla de Toro.

Cartel del festejo en el que Deominio Casas toreó en Pinilla de Toro. / Carmen Toro

De aquella ocasión en la que se vistió de luces —porque alquiló un traje de torear en la sastrería madrileña de la Maestra Nati por unas 300 o 400 pesetas— en su pueblo, recuerda varias anécdotas.

Precisamente, una de ellas es cómo acabó aquel traje de luces azul y oro: "Me lo rompió del todo y, cuando se lo devolví, (la maestra Nati), me dijo ‘pues aunque lo hubieras dejado allí...’". "Es que eran vacas muy toreadas, no eran vacas vírgenes, venían de un pueblo y de otro; siempre se decía ‘las han visto muchos alcaldes’", recuerda divertido Deominio Casas.

Sobre el resultado sobre la arena, Casas asegura que, en su pueblo, ambas tardes que toreó le dieron las dos orejas y el rabo. "Que no es que estuviera bien, no estuve bien porque me cogió muchísimas veces", reconoce con sinceridad.

Al igual que desvela una mentirijilla que dijo el apoderado que, por entonces, tenía en Albacete, Tomás Garrido, aunque "no era apoderado, es que, entonces, había mucha gente aficionada a los toros y, en Albacete, como estaban de moda Pedrés, Montero y Chicuelo II, había una afición que no veas. Ese era mi jefe de la maestranza aérea y me apoderaba él", recuerda el pinillejo sobre aquel Garrido que, cuando fue a negociar las condiciones del entonces novillero para actuar en su pueblo, les dijo a los responsables municipales: "nosotros cobramos 5.000 pesetas por ahí, pero, a ustedes, como son del pueblo, les cobramos 2.500". Algo que "era mentira", recuerda divertido Deominio Casas.

Aquel salario no lo gastó íntegro porque los trastos se los dejó su compañero de cartel, Paquito García Navarro. "Le dije que yo no alquilaba para no gastarme tanto dinero" porque Casas toreaba de sobresaliente ya que, "para poder torear, tenías que haber toreado no sé cuántas novilladas y, entonces, me pusieron de sobresaliente y él mataba una vaca y yo, otra. Y, al día siguiente, él mataba otra vaca y yo, otra. Yo toreaba con los capotes y las muletas de él y el estoque no sé si lo alquilé, de eso ya no me acuerdo", explica.

Antes de poder torear una tarde de luces en su Pinilla de Toro natal, Deominio Casas ya había recorrido varios de los pueblos de la zona porque la afición y la vocación le llamaron desde muy temprano. "Yo iba por todos los pueblos, me tiraba como de maletilla, sin nada, con un saco, no tenía capote ni nada", recuerda sobre sus andanzas taurinas recorriendo la provincia.

Unas andanzas de las que nada sabían en su casa hasta que un percance dejó su secreto al descubierto.

Un día, en Abezames, Casas llevaba un saco y se puso a torear con él, "no tenía muleta, y me cogió y me subí a un carro y me decían ‘que no está la vaca ahí, bájate’, y es que me había dado la vuelta, el pie se me puso casi al revés, y luego se me volvió a poner bien, pero estuve un mes cojo y, cuando me vieron en casa, se enteraron", rememora Deominio Casas sobre un tiempo en el que ya trabajaba en Iberia y tuvieron que darle la baja. "Mi jefe dijo que me había caído de una escalera en un avión y me dieron la baja por accidente y estuve un mes sin poder trabajar".

En otra ocasión, también tuvo otro susto en el cercano San Pedro de Latarce (Valladolid), donde un astado le cogió, "pero no me hizo nada, me dio un varetazo así de largo, pero sin profundidad. Y se lo dijeron a mi madre, yo estaba dormido y ella tiró de la sábana y me vio", cuenta la anécdota.

Y es que, cuando comenzó a ir de maletilla por los pueblos de los alrededores de Pinilla de Toro, Deominio Casas tendría 13 o 14 años y solía ir junto con El Gacho. Por aquel entonces, la vocación de ser torero ya llamaba a su puerta mental.

Lo que se incrementaba al conocer una historia como la de su paisano Lorenzo Pascual "Belmonteño", natural de Belver de los Montes: "Yo quise ir a Valladolid porque ese tendría 10 o 12 más que yo y decían que se había ido de camarero a Valladolid y por eso se hizo torero. Desde allí, iría a entrenar y, entonces, yo quería que me dejaran ir a Valladolid a trabajar de camarero y le decía a mi padre que me dejara ir; a mí me parecía que, siendo camarero, me haría torero, pero mi padre no me dejó nunca. Él no decía casi nada, pero mi madre tenía un disgusto muy grande, no quería", recuerda Casas.

Esa afición taurina, asegura, le "venía de aquí", de su pueblo, Pinilla de Toro, de donde dice que más de un vecino ya había querido ser torero antes que él. "Ahí mismo, vivía uno que tenía como 10 o 12 años más que yo y siempre oí que había querido ser torero; después, hubo otro tal Sixto que también quiso ser torero, otro que se llamaba Santos también quiso ser torero,...", hace recuento.

Y luego saca pecho porque, en la actualidad, Pinilla de Toro sí tiene un torero: "Ahora tenemos uno, Elías Martín, que es un banderillero muy bueno. Ese es el único que ha llegado de Pinilla, los demás hemos querido, pero nadie ha llegado", dice Deominio Casas de su paisano, quien "ya es un profesional, fíjate, ya va con Marco Pérez".

Y también recuerda con cierto orgullo que llegó a tener un sobrino nieto que fue novillero, Jaime Casas, que toreó unas 60 o 70 novilladas sin caballos "y luego lo dejó".

Aunque es evidente que el gusanillo de la vocación taurina vive en su familia, a Deominio Casas se le queda una espinita, además de la suya propia: "A mí me habría gustado haber tenido un hijo torero o un nieto, pero bueno, yo con Jaime, como era sobrino nieto, era muy feliz". "Y luego, como David es periodista, pues soy feliz del todo", dice refiriéndose a su televisivo hijo.

Y, al igual que él le ha legado la afición a la tauromaquia a sus hijos y nietos, él la heredó de su abuelo. "A mí me ha gustado mucho, de toda la vida, esto de los toros. La afición yo creo que me entra porque mi abuelo siempre hablaba de Joselito y de Belmonte y yo creo que empezó ahí. Y luego, como, al poco tiempo, salió Belmonteño", su vocación siguió aumentando.

"Yo he vivido siempre en torero, aunque no lo he sido", asegura con rotundidad Deominio Casas. Y tal ha debido de ser así que así se lo figuró su (futura) mujer la primera vez que lo vio. La que después se convertiría en su esposa, una chica ibicenca, lo vio caminando por la pista del aeropuerto en una ocasión en la que el de Pinilla de Toro había ido a trabajar a la isla balear, y pensó "qué pinta de torero tiene el nuevo que ha entrado" porque tenía unos "andares que andaba como los toreros", recuerda su hijo una anécdota que le ha escuchado a su madre, María de las Nieves.

Lo de "vivir en torero" Casas lo define como haber "vivido siempre con la afición que tengo porque yo he conocido a muchos toreros que luego se han retirado y se han apartado completamente de los toros. Yo, no, yo he estado siempre viendo a los novilleros; habré visto por lo menos 2.000 corridas, entre novilladas y corridas de toros".

Y es que es abonado a la madrileña plaza de toros de Las Ventas ininterrumpidamente desde que corría el año 1960. "Como tengo el abono y he ido toda la vida a la plaza, y he vivido toda la vida con la afición, no se me ha quitado, aunque tengo tantos años, sigo con la misma afición", apunta sobre una plaza a la que, por supuesto, también ha llevado a sus dos hijos y a sus nietos. Bien entendidos en la materia desde que eran muy pequeños, para sorpresa de muchos de quienes se sentaban a su alrededor en el tendido. "Son pequeños, pero saben lo que dicen", le comentaron en alguna ocasión a su pade y abuelo sus "vecinos" de localidad en el tendido venteño.

Y es que Deominio Casas lleva 70 años viviendo en Madrid, a donde se trasladó para trabajar después de su etapa de tres años en Albacete.

En la capital española, su sueño taurino seguía latiendo y, en una ocasión, se apuntó para torear en la Feria del Campo, "pero había mucha gente y no me llamaron. Y luego ya lo dejé. Intenté torear en Vista Alegre, pero tampoco pude", lamenta.

Allí, también frecuentaba, junto con su amigo El Gacho, la Casa de Campo, que llamaban "El Cerro de los Locos". A aquel lugar iban ambos a entrenar. Y allí había un árbol con un agujero "y, con la espada, entrenábamos allí para matar; en vez de carretón", recuerda Casas.

"Ahora es difícil, pero yo creo que antes, para empezar, era más, como no había escuelas taurinas,... porque, ahora, a los mejores los llevan al campo y les dan becerradas, pero, antes, eso era más difícil", expresa el exnovillero sobre quienes intentan ser toreros.

No obstante, durante su época en Iberia, también ha vivido algunas anécdotas con toreros, como una en un vuelo internacional con El Cordobés padre.

En una ocasión que fue enviado para revisar tres aviones de Iberia en Costa Rica y, de allí, a Miami; en el aeropuerto, cuando estaban esperando el avión para volver a Madrid, "estaba El Cordobés con su mujer y sus hijos, y le dice un amigo mío:" tengo ahí un amigo que torea mejor que tú". El Cordobés "ya era famoso, pero como si fuera un niño, se levanta y dice ‘¿mejor que yo? ¿quién es?’", cuenta Casas. "¿Tú qué dices? ¿Que toreas mejor que yo?", le preguntó el torero, y el de Pinilla le respondió "’cuando quieras, con un victorino o con un miura’". Y luego en el avión vinimos toreando los dos", ante el alboroto del resto de los pasajeros y la consecuente petición de guardar orden por parte del piloto.

Tras toda una vida fuera y viajando por el mundo, Deominio Casas asegura con arraigo sobre el pueblo en el que nació: "Pinilla nunca lo he olvidado, sigue siendo lo primero".

Y asegura también que, "si volviera a nacer, dejaría todo por ser torero" porque todavía "sueño muchas veces que estoy toreando".

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