Lee completa la Ofrenda del Silencio de Luis Felipe Delgado de Castro
Esta es la ofrenda leída por Luis Felipe Delgado de Castro ante el Cristo de las Injurias antes del Juramento del Silencio este Miércoles Santo de 2026 en Zamora

Luis Felipe Delgado de Castro lee la Ofrenda del Silencio. / José Luis Fernández
Señor, un día de doctrina allá en el templo, afirmaste: “Yo soy la luz del mundo”. Hoy, al verte, aquí y ahora, alzado en esa cruz, te escuchamos esas mismas palabras: “Yo soy la luz del mundo”. Y en verdad que lo eres. Y por seguirte no andamos en tinieblas. Al menos, esta noche.
Venimos un año más por el amor que te tenemos, por el amor a los nuestros y por el amor a esta tierra en la que nacimos y de la que cuesta tanto separarse. Bien lo saben muchos de mis hermanos que han regresado hoy mismo, algunos desde muy lejos y están en esas filas, para poder acompañarte esta noche, pisar otra vez más su tierra y besar a los suyos.
Aunque ya al otro lado de la vida, siguen con nosotros en las filas de la memoria quienes nos trajeron un día a rezar ante Ti y nos enseñaron los primeros mandamientos: El amor a Dios. Y el amor al prójimo, la mayor lección que nos diste y por la que estás en esa Cruz. Así ellos nos lo decían.
Venimos por el amor a la familia, y por su pìlar fundamental, la madre. Ellas entonces no salían en la procesión pero la hacían. No estaban en las listas pero iban en las filas, las primeras, en nuestro corazón. Ellas fueron, son y serán el alma de esta fe que te profesa Zamora. Siempre llevaré cosida en mi caperuz la ternura de su beso en mi primera procesión a tu lado.
Y llegamos a Ti también movidos por el amor a la tierra, a sus tradiciones, a su historia, a su belleza, y hasta a veces a su olvido. Los zamoranos soportamos, resignados, ese olvido. Y esta noche, aunque nos cueste, contigo ahí en la Cruz, también lo perdonamos.
En nombre de todos mis hermanos, vengo a hablarte, Señor, de los silencios tan lejanos de los tuyos, que surcan nuestra vida, tantas veces agazapados en la cobardía o el egoísmo.
Vengo esta noche a hablarte de los seres humanos que, en cualquier lugar del mundo, son perseguidos por decir la verdad, de los encarcelados por tu nombre o por defender sus ideales sin credos ni imposiciones.
Te hablo, Señor, de los adolescentes y jóvenes a los que se les arrebata su dignidad y su futuro, seduciéndoles en nombre de la libertad, palabra y verdad manipuladas astutamente por ideologías taimadas o idolatrías perversas.
Te hablo, Señor, de las mujeres que conquistan palmo a palmo, una igualdad justa, merecida, aunque a veces oscuras intenciones la disfracen y deformen. De las mujeres maltratadas en su dignidad, marginadas en el trabajo, prostituidas para poder vivir, perseguidas por doctrinas sectarias que cercenan sus libertades y sus vidas.
Te hablo de los miles y miles de seres humanos que, huyendo de la pobreza y del hambre, lograron llegar aquí en busca de futuro y en ocasiones encuentran en nosotros una recelosa discriminación, tan alejada de una verdadera solidaridad o son utilizados como títeres de otros intereses que nada tienen que ver con la caridad, la auténtica caridad.
Te hablo de las guerras que surgen aquí y allá, en tantos lugares, difundidas unas, otras silenciadas, tan lejanas del amor que trajiste y derramaste desde esa cruz. Unas, incitadas por la ambición para desfigurar fronteras legítimas y robar tierras y bienes. Otras, fustigadas por un demencial orgullo para exterminar etnias enteras. Algunas, alentadas por el fanatismo para borrar otras religiones y creencias en nombre de dioses vengativos. Hoy, Señor, germinan guerras que pretenden imponer el bien de la libertad con el mal de las armas, sin valorar la vida.
Te hablo, Señor, de la naturaleza que nos regaló el Padre en la Creación, esquilmada por la avaricia, contaminada por la corrupción. Ensuciada por la indolencia. Destruida aviesamente en tantos espacios del mundo.
Te hablo Señor, de la soledad que crece aquí, en tantos de nuestros pueblos de Zamora, casi sin alma, condenados a su extinción por un poder que mira siempre para otro lado, o que viene tan solo con promesas y buenas intenciones que no nos bastan. Se nos está apagando la esperanza. Y ya solo permanece tu Luz.
Te hablo de cada uno de nosotros, del rencor que se apodera del corazón y lo invade, de la envidia que le cruza la cara al amigo o hermano con una bofetada de deslealtad. De la maledicencia que es un salivazo en el nombre o en el honor del prójimo. O del desdén disimulado con que nos deshacemos de un afecto sincero.
¿En qué lugar de nuestra vida, hemos perdido palabras tan admirables como la verdad, la amistad, la generosidad, el deber, la comprensión o el perdón? ¿Dónde nos las hemos dejado? Ayúdanos a encontrarlas con tu Luz y a darlas vida con la fuerza del corazón.
Pero también hemos venido a escucharte en este pulpito de tu cruz. Tú tienes la palabra. "Tú tienes palabras de Vida Eterna.", te dijo Pedro.

El Cristo de las Injurias en la puerta del atrio de la Catedral. A la derecha de la imagen el ofertante, Luis Felipe Delgado. / José Luis Fernández
Nos hablas, Señor, cada día, en la escuela, en el autobús, en la capilla, en el mercado, en el monte, en la carretera, en el taller, en la oficina, en la cafetería, cuando amanece y cuando viene la noche como ahora. En la aparente insignificancia de la vida. Pero a veces la rutina no nos deja oírte. Estamos a lo nuestro.
Nos hablas en la abnegación, sacrificio y renuncia de tantos hombres y mujeres de nuestra tierra que, fieles a tu llamada, te sirven de sol a sol, donde sea, sin condiciones, a corazón abierto. Bien cerca, en el barrio de la Alberca o de la Villarina, en los pueblos de Aliste, o de Sayago, o muy lejos, en Perú, Ecuador, Togo, Madagascar, Angola, en más de sesenta países. Zamoranas y zamoranos que pusieron sus vidas en tus manos. Y las tienen llenas de amor, como las tuyas.
Nos hablas en la pena que nos causa tu iglesia en una época árida de vocaciones, arañada por un laicismo cada vez más agresivo y perseguida hasta el martirio en muchos lugares de la tierra solamente por creer en Ti y seguirte. La barca de tu querido Pedro se mueve hoy en un mar agitado, embravecido, pero te vemos caminando sobre las aguas, y estás bien cerca de ella. “No temáis” nos dices hoy también.
Nos hablas en la mirada dócil y cansada de los ancianos, esperando cada mañana, bien poco, una compañía, una caricia, una palabra. Nos hablas en el lenguaje balbuceante pero inocente de los discapacitados, en la palabra blanca de quienes se perdieron en algún lugar de su memoria y no conocen ya rostros antaño queridos ni sangres propias. Nos hablas, aunque nos duela y no te comprendamos, Señor, en la enfermedad y la desgracia amarradas a las camas de los hospitales. Pero también nos hablas en la generosidad y el amor de tantos hombres y mujeres de toda sirviendo y cuidando ancianos, discapacitados, enfermos. y de la admirable labor de tantos maestros y profesores que trabajan el futuro de los niños y jóvenes. Pero la indiferencia no nos deja oírte casi nunca.
Estás hablándonos, Señor, en el vacío desolador del tanatorio, donde nos atenaza la tristeza y no sabemos ver más allá del dolor y las lágrimas. Y en las cruces heladas y solas de los cementerios donde está viva tu palabra: "Yo soy la resurrección y la vida". Pero tampoco allí a veces te oímos.
Y nos estás hablando en las risas inocentes y limpias de los niños y niñas que llenan de paz los hogares, los colegios, las calles, la vida, toda la vida entera. Tu palabra sí que la oímos en esas risas. Que no nos falten nunca. Multiplícanoslas, Señor. Porque sin ellas se nos nubla la vida.
Bendice y perdona todos los torpes y avaros silencios que acabo de poner a tus pies. Y ayúdanos a oír y entender todas estas palabras con que nos hablas cada día en la vida. Y tras esta súplica, todos mis hermanos y hermanas, cubrimos de sacrificio nuestro silencio y te seguimos.
LUIS FELIPE DELGADO DE CASTRO
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