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Itinerario de la palabra

José Ángel

OPINIÓN | Tu labor en la Catedral, antes y después de ser nombrado canónigo, ha sido decisiva para la conservación del templo y para la exposición y disfrute de tantos valores como atesora

José Ángel Rivera de las Heras y el autor del artículo ante el Nazareno de San Frontis.

José Ángel Rivera de las Heras y el autor del artículo ante el Nazareno de San Frontis. / Cedida

La primera vez que supe de ti fue por el Nazareno de tu barrio. Era una premonición. En la primavera de 1986, hace ya cuarenta años, los entusiastas zamoranos Fernando Lozano Bordell, Felipe de Castro Calvarro y Ángel Luis Esteban Ramírez lanzaban por tercer año consecutivo, luego sería el último, la revista "Semana Santa Zamora". En sus páginas nos encontramos por primera vez con nuestra devoción común, el Nazareno de San Frontis, tu imagen grabada ya en el corazón, como hijo del propio barrio que lo veneraba. Tú escribías en esa revista sobre la historia del Nazareno de San Frontis y yo del centenario de la Virgen de la Soledad que se cumplía ese año. Mi devoción al Nazareno llegó bien pronto, no desde la cuna como tú, pero surgió al encontrarlo tan sereno y hermoso subir la cuesta del Piñedo en el atardecer del domingo de Ramos, en aquellos días de la niñez que estrenábamos pantalón corto, calcetines blancos y zapatos Gorila. En esa revista del 86 aparecieron juntos por vez primera nuestros nombres. Me leí de carrerilla tu artículo en el que aportabas datos esclarecedores de la historia de la imagen, de sus cofradías de barrio, de la vieja ermita en la que, hasta su ruina, recibió culto y otros detalles apenas conocidos por los propios vecinos y devotos del barrio. En Radio Popular, en el programa cuaresmal "Redención", que seguías con atención como me dijiste tantas veces, habíamos ofrecido años antes numerosos datos sobre el origen de la cofradía de Jesús del Vía Crucis que tomaba como imagen titular al Nazareno del barrio y del sacerdote don Manuel Boizas López, verdadero impulsor de la misma, frenada su fundación por la guerra civil y que por fin arrancaría en 1941.

En 1989 una nueva junta directiva se hizo cargo de la cofradía, de la que yo formaba parte como secretario, y decidió que debías ser tú el que escribieses su historia ya que dos años después, en 1991, se cumplirían sus primeros cincuenta años de vida. Coincidió el encargo que te hicimos con tu ordenación sacerdotal, el 7 de julio de 1990, en la iglesia de María Auxiliadora y todos acudimos a acompañarte en el día más trascendental de tu vida y por el que habías renunciado a tu porvenir asegurado en otro campo. Atendiste la llamada del Señor con generosidad absoluta. Tu vocación fue muy sólida, tanto que has llegado con ella, vigorosa e indubitable, a pesar de alguna punzante y amarga prueba, hasta que Él te ha llamado a su lado hace unas pocas semanas.

Han sido muchos años de amistad enraizados siempre en la misma imagen. Toda tu obra, excelsa, está en los anaqueles de la historia de esta diócesis y del ingente arte que conservan nuestros templos y que conseguiste restaurar en buena parte. Fuiste su custodio y protector durante más de veintisiete años. Conocías y valorabas el riquísimo patrimonio de la diócesis. Y lo defendiste y propagaste con tanta decisión como conocimiento, con argumentos incontestables y una generosidad sin límites. Ahí están las ediciones de Las Edades del Hombre de las que fuiste máximo responsable y la larga relación de libros publicados en todos estos años. Tu labor en la Catedral, antes y después de ser nombrado canónigo, ha sido decisiva para la conservación del templo y para la exposición y disfrute de tantos valores como atesora. Tu estudio sobre la sillería coral es, por sí solo, una tesis monumental. Y el estudio sobre las imágenes del Crucificado en la diócesis, publicado el pasado año, es otra muestra admirable de tu sabiduría. Te empeñaste en que pusiese voz al guion que redactaste para llevar a cabo el proyecto que tenías de disponer visitas grupales nocturnas a la Catedral, idea que fue muy bien acogida y celebrada. Esas visitas eran, y son, una hermosa lección catequética, artística e histórica de los tesoros de nuestra Catedral. Hace un par de años solicitaste al Coro Sacro Jerónimo Aguado que cantase y grabase "Las Cruces", el legendario viacrucis popular de tantos de nuestros pueblos, ya casi perdido, y que con tanto tesón recuperaste. Lo habías conocido de niño, cantado por los vecinos del barrio. Nuestro último trabajo en común ha sido la exposición "Espejo del alma", recuerdo al imaginero Ramón Álvarez al cumplirse el segundo centenario de su nacimiento, que contó con el patrocinio de la Diputación Provincial y en cuyo comisariado trabajaste, como tantas veces, de forma totalmente desinteresada. Realizaste la selección de imágenes de don Ramón y su disposición en el templo de la Encarnación fue un ejemplo más de tu experiencia e inteligencia en este campo, en el que ya diste toda una lección en las referidas ediciones de Las Edades del Hombre.

Cuando leíste mi artículo "El Nazareno de las dos orillas", publicado en aquella revista en su primer año de edición, 1984, siempre me recordabas el sentido que le di a las dos orillas del río, la izquierda de tu barrio y la derecha de la ciudad adentro de sus murallas, ambas ganadas por el Nazareno, y la alegoría que dibujaba de la otra orilla de la vida, a la que iban llegando familiares, amigos, gente conocida y querida de ambas márgenes.

Hoy aquel título y artículo se hacen verdad. El Nazareno desandará esta noche el camino que hicimos con Él el jueves. Irá desde esta orilla de la vieja ciudad, cruzando el puente, a ésa otra que pespunta su barrio. En el contenido de aquel artículo que tanto te gustaba recordarme está la gran verdad de esta noche y de siempre. El Nazareno de las dos orillas es el de nuestras procesiones y cultos en este lado del río de la existencia humana que vadeamos sin parar, pero es sobre todo el Señor que nos aguarda en la otra orilla de la vida, a la que llegaste hace unos días y en la que estás ya junto a Él. Aquí en este otro lado, te echaremos mucho de menos esta noche de la procesión y siempre que pensemos en Él y le invoquemos en la oración.

José Ángel, amigo, ruega por nosotros.

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