Ana Pastor Julián ensalza la Semana Santa de Zamora en el pregón del Club La Opinión-El Correo: “Aquí la fe no se grita: se camina y se proclama”
La expresidenta del Congreso de los Diputados, natural de Cubillos del Pan, reivindica la Pasión zamorana como raíz de la ciudad, destaca el valor del silencio y el papel de las cofradías y recorre los grandes símbolos de la celebración, del Barandales al Merlú

Alejandro García Benito
«Gracias por permitirme ser voz de lo que esta ciudad siente desde hace siglos». Así agradeció la política popular Ana Pastor la oportunidad de pronunciar el pregón de Semana Santa organizado por el Club LA OPINIÓN-EL CORREO DE ZAMORA este lunes. La que fuera presidenta del Congreso de los Diputados fue recibida en el paraninfo del Colegio Universitario con un sonido muy tradicional, el del Barandales, y por la directora general de LA OPINIÓN-EL CORREO DE ZAMORA, Ángeles Rivero; el redactor jefe del periódico, Luis Garrido y el gerente del mismo, Carlos Zardaín.

Alejandro García Benito
Al inicio de su intervención, Pastor reconocía al público congregado que se hacía cargo del pregón no solo con honor, sino «con emoción profunda, responsabilidad y un privilegio que me acompañará toda la vida». Antes de comenzar su discurso, los asistentes escucharon unas piezas del conjunto musical Lignum Sonus para crear el ambiente propicio de escucha de un pregón que estuvo presidido por el obispo de Zamora, Fernando Valera, e introducido por la conductora del Club, Carmen Ferreras. También estuvo presente en el escenario, de alguna forma, el escultor benaventano José Luis Alonso Coomonte, fallecido hace apenas tres meses, ya que cinco de sus cruces, cedidas por la cofradía de Jesús en su Tercera Caída presidían el escenario del paraninfo.
Respeto, verdad y silencio
Ana Pastor comenzó su intervención describiendo una ciudad llena «de respeto, verdad y silencio» en los días de la Pasión, que en Zamora no es simplemente una fecha señalada en el calendario ni una mera costumbre, «sino una raíz viva de su identidad, donde la fe no se grita: se camina y se proclama. No se exhibe: se guarda. No se improvisa: se hereda. Es la forma más sincera que tiene Zamora de mirarse al alma», aseguró. Con esa fe, la exministra de Sanidad también quiso confesar que vive su Semana Santa, «como hija de esta tierra, sobria y fiel. Como alguien que aprendió antes a guardar silencio que a encontrar palabras para explicar lo que sentía».
«En Zamora nadie pregunta por qué procesionas, aquí la fe se comparte sin explicaciones»
Recordó en aquel momento esa herencia de estos días que recibió siendo solo una niña, «en la calle, de la mano, con frío y con asombro. Sin entenderla del todo, pero sintiéndola entera», describió, para tener unas palabras de recuerdo a la Real Cofradía de Jesús en su Entrada Triunfal en Jerusalén, considerada la primera procesión por parte de todos los niños y niñas zamoranos.
Una infancia que aprende pronto que la Semana Santa de su ciudad no se contempla ni se celebra, sino que «se vive como una herencia íntima, como una forma de comprender la vida», aseguró Pastor. Para ello, la ciudad se prepara: «No de forma brusca ni evidente, sino con cambios en el ritmo, la mirada, el silencio. Las calles se vuelven más lentas, las conversaciones bajan el tono, los pasos se hacen más conscientes», describió Pastor, para añadir que, en esos mismos días, «la vida se llena, la casas se abren, las familias se reencuentran y los que están fuera, vuelven». Todo ello «aliñado con una gastronomía típica donde no faltan ni las sopas de ajo ni los dulces tradicionales».
El corazón del cristianismo
«La Semana Santa nace del corazón del cristianismo: la Pasión, la Muerte y la Resurrección. Y cuando las cofradías medievales sacaron ese relato a la calle, lo hicieron para compartirlo, para hacerlo visible, para enseñarlo caminando», como se demuestra en Zamora, comenzando con esa procesión del Domingo de Ramos que enseña que la fe «también puede ser alegría, que creer también puede ser sonreír, que Cristo entra en nuestra vida con sencillez», como cuando entra en Jerusalén encima de esa borriquita.
«En Zamora nadie pregunta por qué procesionas, porque aquí la fe se comparte sin explicaciones, como lo vienen haciendo generación tras generación nuestras cofradías, que son el alma que camina. Sin ellas, Zamora sería otra ciudad», aseguró la política popular, quien quiso hacer un pequeño homenaje —con un alto en su pregón— a las hermandades. «Sin vosotras, nade de esto sería posible. Sois quienes, año tras año, en silencio y sin buscar protagonismo, preparáis cada detalle; quienes cuidáis cada paso, quienes enseñáis a los que vienen detrás. Sois trabajo constante, compromiso y continuidad. Sois quienes, con vuestra dedicación, permitís que Zamora siga viviendo su Semana Santa con la misma verdad, año tras año», describió. «Gracias por vuestra entrega, por vuestro esfuerzo y por todo lo que hacéis. Gracias por custodiar, año tras año, una herencia», añadió.
Tradición, arte y espiritualidad se unen en la Semana Santa de Zamora a lo largo de estos días. «Cada jornada ofrece una vivencia única, marcada por el recogimiento, la solemnidad y la emoción, formando un relato continuo que avanza desde el dolor hasta la esperanza de la Resurrección», relató, para comenzar a desglosar, uno a uno, todos los desfiles procesionales de la Pasión zamorana, arrancando con el Nazareno de San Frontis, cuando el Jueves de Pasión «cruza el Duero como quien inicia un destino irrevocable». Otro Cristo, el del Espíritu Santo, es llevado en andas «entre incienso y silencio, por las calles de piedra que ascienden hacia la Catedral, donde la ciudad contiene el aliento».
Hasta el cementerio
Otro Cristo, este vivo, de manos abiertas, camina con los hermanos de la Hermandad Penitencial de Nuestro Señor Jesús de Luz y Vida hacia el cementerio, donde «en la quietud profunda, la memoria de los ausentes se convierte en oración y esperanza, anunciando la promesa de la Resurrección», señaló.
«En tiempos de ruido y prisas, esta Semana Santa ofrece valores cristianos necesarios»
Tras un Domingo de Ramos familiar, «donde los más pequeños miran sin entender del todo, pero sintiendo que algo importante está pasando», llega el Lunes Santo, con las tres caídas de Jesús y el Cristo de la Buena Muerte, «que atraviesa la noche en silencio, mientras Zamora se recoge en sombras y oración profunda». El caminar despacio del Martes Santo —con la Cofradía del Jesús del Vía Crucis y la Hermandad Penitencial de las Siete Palabras— da paso al silencio del Miércoles Santo donde «Zamora entera ora callando. No es un silencio impuesto. Es un silencio que nace solo, que se respeta, que se comparte», describe, asegurando que «no hay momento más hermoso mientras muere la tarde que el ‘sí, juramos’ y todo es ya silencio».

El ritmo del Jueves Santo
«De tierra y farol» se viste la fe esa noche zamorana con la Hermandad Penitencial del Santísimo Cristo del Amparo, impactada por el ritmo que imprime al Jueves Santo el Barandales, «un sonido que Zamora reconoce como propio y que no solo llama a la procesión, llama a la memoria. La ciudad sabe que algo comienza, que algo importante va a suceder», afirmó. Pasan entonces la Virgen de la Esperanza, los pasos de la Santa Vera Cruz, Jesús Yacente —en Jueves Santo— y llega el Viernes Santo con el tiempo detenido y los miles de hermanos de Jesús Nazareno acompañando a Cristo al Calvario, tiñendo de luto las calles con el Santo Entierro y sintiendo el dolor de Nuestra Madre de las Angustias.
Tras una espera «que duele», llega al fin la luz del Domingo de Resurrección, «cuando la espera ha alcanzado la forma más honda, cuando la noche se ha llenado de un silencio que parece definitivo», la ciudad «ha caminado junta, ha recordado, acompañado y ha comprendido, sin necesidad de palabras, que hay realidades que solo se aprende viviéndolas», subrayó.
Verbos como respetar, esperar, acompañar, sostener y recordar aprenden los zamoranos en estos días. «Hoy, en tiempos de ruido y prisas, esta Semana Santa ofrece valores cristianos, más necesarios que nunca: dignidad de toda persona, sacrificio por amor, perdón, humildad, esperanza. Y los frutos de esta tradición son respeto, comunidad y verdad», finalizó Ana Pastor.
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