Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Club La Opinión-El Correo

Lee íntegro el pregón de Semana Santa de José Luis Martínez Almeida en el Club La Opinión-El Correo de Zamora

El alcalde de Madrid dio un discurso muy zamorano para anunciar la Semana de Pasión en el foro del periódico

¿Ya nos sigues?Márcanos como medio preferente
Añádenos en Google

José Luis Martínez-Almeida fue el pregonero de la Semana Santa en el CLUB LA OPINIÓN-EL CORREO DE ZAMORA el pasado miércoles 9 de abril, ante un Teatro Ramos Carrión que se quedó pequeño para acoger a todas las personas que querían escuchar al regidor madrileño.

Como alcalde de Madrid, Martínez-Almeida es alcalde de decenas de miles de zamoranos que viven en la capital de España y siguen sintiendo como suya la Semana Santa de Zamora. Por eso, aceptó encantado ser pregonero de la Semana Santa de esta ciudad hermana, y sorprendió al público zamorano demostrando un vasto conocimiento de la historia e idiosincrasia de esta provincia.


Queridos zamoranos,

En el momento de dirigirme a vosotros para anunciar la llegada de la Semana Santa de Zamora, quisiera transmitiros en primer lugar el inmenso honor que siento por haber sido elegido para llevar a cabo esta misión.

Quiero tener unas palabras de agradecimiento especial a la persona que me lo pidió, Carmen Ferreras, que lleva ya 25 años al frente del Club de la Opinión, un tiempo en el que, con su profesionalidad, su tesón y su talento se ha convertido en toda una institución en esta ciudad.

Gracias, Carmen, por tus amables e inmerecidas palabras de introducción y por concederme la oportunidad de dirigirme a todos vosotros hoy. No puedo olvidarme tampoco de la Fundación Caja Rural, por su apoyo tanto al Club de la Opinión como a este acto.

Y principalmente: vaya por delante el testimonio de mi agradecimiento, de mi respeto y de mi cariño hacia todos los zamoranos – a los que vivís aquí y a los de la diáspora- y, por supuesto, de manera especial, a los que habéis querido acompañarme en este magnífico teatro Ramos Carrión esta tarde.

Sé bien que con vuestra presencia aquí mostráis vuestra cercanía, más que a mí voz, a la voz del pueblo de Madrid, al rumor de sus bulliciosas calles, que hoy os traigo a Zamora como lo que soy, el representante de los madrileños, que es el más alto honor de mi vida.

Amigos todos,

En mi época de joven opositor adquirí el hábito -la virtud me atrevería a decir- de ordenar metódicamente cualquier exposición en la que me embarcaba en el momento de comenzar. Ya a punto de cumplir los cincuenta parece muy tarde para cambiar esta costumbre y por ello quisiera establecer el esquema general de este pregón desde el principio.

En efecto con mis palabras no querré otra cosa que hablar y reflexionar desde el corazón sobre tres aspectos que paso a enumerar a continuación:

En primer lugar, la grandeza de vuestra fiesta mayor, la Semana Santa de Zamora, admirada en España y el mundo.

En segundo la belleza, verdaderamente asombrosa, de la “bien cercada” Zamora, que deslumbra a todo aquel que la visita.

Y, finalmente, cantar, como alcalde de la capital de nuestra nación, los lazos de cercanía, de consanguineidad, de amistad y de parejo amor a España que desde tiempo inmemorial han unido a Zamora con Madrid y a Madrid con Zamora.

No es pequeña tarea esta la que me propongo y, por ello, ruego a mi piadosa audiencia que supla con su generosidad el vuelo que le pueda faltar a mis palabras, vuelo que deberá ser alto, como alto es el encargo encomendado.

La Semana Santa de Zamora, patrimonio de España y de la familia humana.

Porque, en efecto, ¿quién pudiera cantar como se merece el hechizo del silencio de la Semana Santa de Zamora?, ¿quién la solemne severidad de sus cofrades, la belleza de los pasos, el recogimiento de sus procesiones, el destemplado toque del Merlú que eriza la piel a la ciudad entera?; ¿quién puede no conmoverse al escuchar el tañer del Barandales , o del Bombardino de las Capas Pardas como nos acaba de suceder a todos los presentes al comienzo de este acto?

¿Quién puede describir lo que despierta en el alma el acto del juramento del Silencio ante el impresionante Cristo de Las Injurias, el paso de los hachones humeantes, de los terciopelos negros y morados, de las capas pardas, de sus matracas en la noche del Miércoles Santo, de los hermanos de la Congregación en la madrugada del Viernes Santo?

Más que a un servidor público quizás deberíais haber invitado a un poeta para cumplir con esta misión. Porque efectivamente, la Semana Santa de Zamora es mucho más que una tradición; es un testimonio vivo de devoción, de cultura, de pasión, y de identidad arraigada hasta los huesos.

Cada metro que recorren vuestros pasos por las calles de esta ciudad, cada rincón por el que transcurre el cortejo procesional, cada devoto que se postra ante el paso o el altar está impregnado con siglos de devoción sentida a flor de piel.

Zamora es una ciudad que, a lo largo de los siglos, ha sabido preservar lo más valioso de su tradición, de su historia y de su alma. 

Desde los orígenes de esta tradición milenaria, a finales del siglo XIII, y hasta nuestros días Zamora ha construido una identidad única con el pueblo como protagonista y con referentes como el imaginero Ramón Álvarez, orgullo de toda una ciudad y su provincia, más aún este año en que celebráis el bicentenario de su nacimiento en Coreses. Don Ramón renovó la Semana Santa de Zamora y cinceló algunas de las imágenes de mayor devoción como la virgen de la Soledad y Nuestra Madre de las Angustias.

GALERÍA | José Luis Martínez Almeida da el pregón de la Semana Santa de Zamora

GALERÍA | José Luis Martínez Almeida da el pregón de la Semana Santa de Zamora. / Jose Luis Fernández

Y muy pronto, cuando comencemos a contemplar los pasos que procesionan por sus calles durante esta Semana Santa, no podremos sino dejarnos contagiar por la profunda emoción que provoca el legado que representáis todos los zamoranos, con vuestra devoción inquebrantable, con vuestro respeto hacia lo sagrado, con la austeridad de vuestras celebraciones y con la solemnidad que caracteriza cada uno de los actos que tendrán lugar en estos días. 

Noches cerradas en las que el silencio y la música lo impregnan todo. Cantos gregorianos el Viernes de Dolores; estrofas de Miguel Manzano para invocar a un Jerusalén que pide conversión; miserere castellano al abrigo de la capa parda, la oración del Salmo 50 convertido en Miserere en la noche del Jueves Santo, mientras el Cristo Yacente camina en parihuelas por las calles de Zamora. 

O escuchar el himno de una ciudad, la Marcha de Thalberg, que suena por primera vez en la Semana Santa de Zamora a las cinco de la mañana en la iglesia de San Juan y pone en marcha a todo un pueblo guiado por vuestro popular paso conocido como “El Cinco de Copas”. 

Decir que la Semana Santa de Zamora es una de las más emblemáticas de toda España es ya un lugar común, pero no por ello deja de ser una verdad incontrovertible.

Es verdaderamente ejemplar la manera en que aquí se conserva la pureza de las tradiciones, el cuidado por el detalle y, sobre todo, el profundo sentido religioso de estos días en el que renovamos la memoria de los acontecimientos supremos de la historia de la humanidad, como son la Pasión, Muerte y Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo; alfa y omega; principio y fin; camino, verdad y vida para el alma.

Zamora, con su amor por lo que es suyo, con la generosa dedicación de generaciones que han transmitido estos sentimientos y esta forma de vivir la fe, hace de esta Semana Santa un acontecimiento que no solo atrae a los devotos, sino también a aquellos que, desde fuera de Zamora, se sienten atraídos por la magia de esta ciudad y la experiencia espiritual sin parangón que tiene lugar cada año en estas sagradas fiestas.

Esta ciudad, por sus calles empedradas, sus monumentos, su atmósfera que parece detenida en el tiempo, se convierte en el escenario perfecto para que la pasión, la fe y la historia se encarnen -es decir, se hagan carne- de manera incomparable todos los años.

Y es que, como en tantas otras partes de España, la Semana Santa no es solo una fiesta religiosa, sino una fiesta de la cultura, del arte, de la música y de la memoria colectiva. Una tradición transmitida de padres a hijos de generación en generación.

En cada paso, en cada uno de los sonidos que resuenan en la noche, en cada gesto de los cofrades, se escribe una página de historia que nunca debe olvidarse.

Zamora es una ciudad que sabe cómo fundir su pasado con su presente, cómo conservar lo que es eterno, pero sin dejar de ser una ciudad viva, moderna y pujante. La Semana Santa de Zamora es solo un reflejo de esta capacidad de mirar hacia el futuro sin olvidar el peso de la tradición.

Y por ello, lo que mañana empezaremos a celebrar, aunque principalmente es un acontecimiento religioso, también es una celebración de la identidad de este pueblo, de su cultura y de su alma.

La Semana Santa de Zamora es, en cierto modo, el espejo de la ciudad misma: profunda, seria, solemne, pero también cálida, acogedora y con un espíritu abierto que invita a todos a sentirse parte de ella.

Es un honor para mí como alcalde de Madrid estar hoy aquí, como testigo de esta grandeza que, sin duda, es motivo de orgullo para todos los zamoranos y para todos los españoles.

Nuestras ciudades no solo comparten una cercanía geográfica, sino también una relación emocional que ha perdurado a lo largo de los siglos. Nuestra relación es mucho más que la de dos puntos sobre un mapa, es una relación de afecto, de respeto y de admiración mutua.

Madrid y Zamora, en efecto, comparten algo más que un territorio, comparten una visión común de lo que significa ser parte de España, de vivir con la cabeza erguida, con orgullo de nuestras tradiciones y con el amor por lo que nos une. En Madrid, como en Zamora, celebramos la Semana Santa con una profunda devoción, con una intensa participación de nuestros ciudadanos, con una exaltación de la religiosidad y la espiritualidad que marca nuestros días de reflexión.

Y aunque nuestras celebraciones puedan diferir en algunos aspectos, hay algo que es común a todas las ciudades de España: la entrega de sus gentes, la pasión con la que viven estos momentos, el amor a las imágenes y a los rituales que les conectan con lo más profundo de su ser, con sus raíces y su historia.

La Semana Santa de Zamora es un testimonio de esa entrega, de ese fervor, de esa pasión que nos es común.

Dentro ya de muy pocos días, cuando escuchamos el sonido de los tambores y trompetas de la Banda Ciudad de Zamora, cuando sintamos el olor a caramelo de las almendras garrapiñadas que los cofrades de la Congregación reparten el Viernes Santo; cuando veamos las luces que iluminan las calles de esta ciudad, cuando el aire se llene del eco de las marchas procesionales, estaremos siendo testigos de algo mucho más grande que un evento puntual. Estaremos siendo testigos de una tradición que perdura en el tiempo, que se renueva con cada generación y que, con cada nueva Semana Santa, reafirma su identidad, su alma y su ser.

Manifestaciones espirituales como las que se sucederán esta Semana Santa en toda la península son, en su esencia, manifestaciones de lo que significa ser español, de lo que significa formar parte de un país lleno de historia, de una de las naciones más antiguas de la tierra, de un país que ha contribuido como muy pocos a los logros artísticos, culturales y civilizatorios de la humanidad; de lo que significa, en definitiva, pertenecer a una identidad espiritual que recorre los siglos, a una comunión de vivencias y de emociones compartidas que atraviesa la historia y que tiene tanto futuro por delante como pasado a sus espaldas.

La belleza eterna de Zamora

Queridos amigos, tras loar con auténtica pasión la profundidad del drama espiritual de la Semana Santa de Zamora, paso ahora a cantar la belleza eterna del escenario donde, año tras año, tiene lugar este drama.

Y lo hago henchido de admiración hacia una ciudad que, como un susurro del pasado, resuena en el alma de quien la contempla: Zamora, la perla del Duero, la joya románica de España, un lugar donde cada esquina, cada calle cada plaza nos ofrece un lienzo vivo de piedra y de memoria.

Zamora no es solo una ciudad; es un poema esculpido en la meseta castellana, un canto a la eternidad que se alza a orillas del río Duero, cuyas aguas reflejan siglos de historia, identidad y carácter.

Basta con caminar por sus calles empedradas, estrechas y serenas, para sentir que uno ha cruzado un umbral invisible que le traslada mágicamente hacia una era más noble.

Es una ciudad que no grita su grandeza, sino que la susurra con humildad, con la dignidad de quien sabe que su belleza no necesita alardes.

Y en el corazón de esta hermosura reposa su mayor tesoro: la arquitectura románica, un legado que ha hecho de Zamora motivo de orgullo para España, santuario de piedra que nos habla de fe, de arte y de un pueblo que buscó trascender lo efímero, un pueblo que solo en el Más Allá tenía cifradas sus esperanzas.

Permitidme, amigos, la audacia de que compartir con vosotros los sentimientos que alguien que no tiene la suerte de vivir entre vosotros siente al contemplar los tesoros de vuestra ciudad; permitidme llevaros de la mano hacia los tres hitos principales que coronan este legado románico, tres joyas que no solo embellecen la ciudad, sino que la definen.

GALERÍA | José Luis Martínez Almeida da el pregón de la Semana Santa de Zamora

GALERÍA | José Luis Martínez Almeida da el pregón de la Semana Santa de Zamora / Jose Luis Fernández

En primer lugar, la Catedral de San Salvador, esa “pequeña gran dama” del románico del Duero que acogerá además este año una nueva edición de “Las Edades del Hombre”. Su silueta, dominada por el prodigioso cimborrio de escamas, se alza como un faro sobre la meseta. Vuestro templo mayor es verdaderamente un prodigio de armonía y audacia. Su cimborrio, con influencias bizantinas y francesas, parece un sueño petrificado, una cúpula que desafía la gravedad y abraza el cielo.

Entrar en su interior es sumergirse en un silencio sagrado, donde las bóvedas de crucería y los capiteles esculpidos narran el legado de una fe inquebrantable. No es solo un templo; es un símbolo, un latido de piedra que sigue resonando en el alma de Zamora.

A su interior acudís cada semana a rezar a algunas de las imágenes de mayor devoción de vuestra Semana Santa, la Virgen de La Esperanza y el Santísimo Cristo de Las Injurias.

A pocos pasos, encontramos la Iglesia de San Pedro y San Ildefonso, otro baluarte del románico zamorano que nos transporta al corazón medieval de la ciudad. Erigida sobre cimientos visigodos y transformada entre los siglos XII y XV, esta iglesia es un testimonio de la evolución del arte y la devoción.

Su fachada austera, coronada por una torre robusta, guarda en su interior un espacio de serenidad y grandeza. Las bóvedas góticas que se añadieron con el tiempo dialogan con los elementos románicos originales, creando una sinfonía arquitectónica que emociona por su simplicidad y su profundidad. Es un lugar donde el pasado no se siente lejano, sino vivo, palpitante, invitándonos a detenernos y escuchar.

Y qué decir de la Iglesia de Santiago de los Caballeros, ese pequeño tesoro que guarda en su modestia una historia inmensa. Situada extramuros, cerca del castillo, este templo del siglo XII está ligado al mito y la leyenda. Se dice que aquí fue armado caballero el mismísimo Cid Campeador, un eco del Romancero Zamorano que resuena en sus muros de mampostería.

Su sencillez es su fuerza: una sola nave, un ábside semicircular, y un ambiente de recogimiento que parece susurrar los secretos de aquellos días de gestas y honor. Santiago de los Caballeros no impone; seduce, con la discreción de quien sabe que la verdadera belleza reside en el alma.

Pero Zamora es mucho más que sus monumentos. Hay en esta ciudad una atmósfera singular, un halo que envuelve cada rincón y que no se puede explicar con palabras, sino solo sentirlo.

GALERÍA | José Luis Martínez Almeida da el pregón de la Semana Santa de Zamora

GALERÍA | José Luis Martínez Almeida da el pregón de la Semana Santa de Zamora / José Luis Fernández

Es el murmullo del Duero al acariciar el Puente de Piedra, ese testigo silencioso del siglo XII que aún une las dos orillas de la ciudad. Es el tañido de las campanas que resuena entre las murallas, recordándonos que aquí el tiempo camina despacio.

Es la luz dorada del atardecer que baña las iglesias románicas, tiñendo la piedra de un fulgor casi místico. Es el silencio de las plazas, roto solo por el eco de los pasos sobre el adoquín, como si la ciudad entera conspirara para ofrecernos un instante de paz.

Zamora no se visita; se vive. Es una experiencia que trasciende lo físico y se instala en el espíritu. Sus más de veinte iglesias románicas, sus murallas, su castillo, sus aceñas restauradas, todo ello conforma un tapiz de una riqueza abrumadora. Pero lo que verdaderamente hace única a esta ciudad es su capacidad de hacernos sentir pequeños ante la grandeza del pasado, y al mismo tiempo, inmensamente vivos en el presente.

Por eso perderse en Zamora es encontrarse. Porque aquí, en esta “Bien Cercada”, la belleza no es solo un atributo: es una promesa, un regalo que nos dejaron aquellos que, con sus manos y su fe, esculpieron un pedazo de eternidad.

Por ello, como madrileño que soy, quisiera expresar hoy aquí entre vosotros mi deseo de que la voz de las piedras de Zamora siga resonando, que su atmósfera nos siga abrazando, y que esta ciudad de belleza imperecedera continúe señalándonos el camino hacia la eternidad.

Los lazos entre Zamora y Madrid

Cuentan los cronistas medievales que, a finales del siglo IX, Alfonso III de Asturias, llamado el Magno, reconstruyó Zamora, la urbanizó, restauró sus contornos dotándola incluso de palacios y baños y la convirtió en una de las ciudades más importantes de los reinos cristianos de la península ibérica en aquel entonces.

El cronista musulmán al-Razi señala además un dato que me gustaría subrayar. En efecto parece ser que Alfonso III repobló Zamora con cristianos mozárabes procedentes de Toledo y de su provincia.

Basándome en este hecho cierto y documentado que nos ha llegado a través de los siglos me atrevo a imaginar que quizá algún cristiano de lo que en aquel entonces era Madrid, cansado de vivir bajo el yugo mahometano, decidió acudir a la llamada del monarca y buscar su libertad viajando hacia el norte, hacia Zamora, y acabó siendo uno de los repobladores de la ciudad reconstruida a orillas del Duero por el rey Alfonso.

¿Y por qué no seguir soñando?

Me gusta pensar que siglos después una descendiente de ese cristiano que llegó a la provincia de Zamora en la Edad Media emprendió ya en la Edad Moderna el camino de vuelta a Madrid, convertida por aquel entonces en una ciudad inmensa que atraía a españoles de todos los rincones de la península.

Esta zamorana imaginaria de las que les hablo bien podría llamarse -¿por qué no?- Inmaculada y apellidarse Sanz y ocupar actualmente el cargo de vicealcaldesa de Madrid.

No me resisto a realizar una breve interrupción en este pregón para agradeceros encarecidamente a todos los zamoranos, especialmente a los de la comarca de Sanabria que os encontréis aquí hoy, que nos hayáis prestado esta maravillosa persona que es Inmaculada para que venga a trabajar y a vivir a Madrid.

Su ejemplo es solo uno más de los millares y millares de zamoranos que, sobre todo a partir de los años cincuenta, arribaron en Madrid en busca de un lugar en el que trabajar y sacar sus familias adelante. Sé muy bien que no han dejado de sentir ni un instante la lejanía de esta hermosa tierra y aquí siguen teniendo su corazón. Pero Madrid tiene mucho que agradecerles porque sin ellos -sin el tesón, la lealtad y la inteligencia que os señala a los zamoranos- mi ciudad no hubiera sido capaz de convertirse en la capital que es hoy en día.

En efecto, uno de los capítulos más importantes y fundamentales de la historia compartida entre Madrid y esta tierra que hoy me acoge, ha sido, sin duda, el protagonizado por los zamoranos que decidieron hacer de la capital de España su nuevo hogar. Aquellos hombres y mujeres que, con la dignidad, el trabajo y el sacrificio como bandera, llegaron a Madrid buscando un futuro mejor, sin perder nunca el amor y la lealtad a su tierra natal.

El camino hacia la capital no fue fácil. De hecho, muchos de estos emigrantes llegaron a Madrid con poco más que sus ilusiones, dispuestos a comenzar desde lo más humilde. Sin embargo, el carácter firme, la perseverancia y el amor por el trabajo de los zamoranos hicieron que, poco a poco, se fueran ganando un lugar en la gran urbe. 

Con el paso de los años, los zamoranos que emigraron a Madrid comenzaron a destacar en múltiples facetas, no solo en el ámbito laboral, sino también en la cultura, en la política, en el arte, y en las tradiciones que ellos mismos supieron mantener vivas en su nuevo entorno.

Y no quiero ni puedo olvidar el pequeño protagonismo que ha tenido Madrid en la Semana Santa de Zamora.

GALERÍA | José Luis Martínez Almeida da el pregón de la Semana Santa de Zamora

GALERÍA | José Luis Martínez Almeida da el pregón de la Semana Santa de Zamora / Jose Luis Fernández

Madrid acogió la Jornada Mundial de la Juventud en el año 2011 y durante esa celebración desfilaron por nuestras calles algunos de los pasos más importantes de las Semanas Santas de España. Y entre ellos, “Crucifixión”, de la Cofradía de Jesús Nazareno, “Vulgo Congregación”; que hasta paso la noche en el propio Ayuntamiento.

O cómo olvidarme de la gran exposición que por título “Tiempo de pasión. La Semana Santa de Zamora" acogió el Museo de la Ciudad de Madrid y que congregó a alguno de los mejores pasos de vuestra Semana Santa, entre ellos “El Longinos”. 

Pero sin duda, la historia más curiosa que vincula a Madrid con la Semana Santa de Zamora es el encargo que recibió el escultor Mariano Benlliure con tan solo 15 años para ejecutar el paso “El Descendido”. Cuentan las crónicas, que don Mariano alquiló una buhardilla en Madrid y que tras ejecutar a la Virgen y al Cristo, tuvo que tirar un tabique para poder extraer el grupo, lo cual le mereció el desalojo de la vivienda.

Vidas y anécdotas que hermanan a Zamora y a Madrid.

Y en este relato de vidas que se entrelazan, no puedo dejar de hacer una mención especial a Claudio Rodríguez, un hijo de Zamora cuya luz cruzó los campos del Duero para iluminar Madrid. Nacido entre las calles humildes de su tierra, llegó a la capital en 1951, con 17 años y tan solo una beca como equipaje. Trajo consigo algo más que sueños: trajo una voz que transformaría las letras españolas. Claudio no fue solo un poeta; fue un milagro, un puente entre la Castilla profunda y el alma vibrante de la gran urbe.

Él, que nunca olvidó el rumor del Duero, hizo de la capital un lugar más hondo, más luminoso. “Todos llevamos una ciudad dentro” escribió tan sabiamente en su “Poema a Zamora” y, en efecto, el en su alma llevaba dos. Sus poemas son un canto a la memoria de su origen y una ofrenda a la ciudad que lo acogió. Emigrar, para Claudio, no fue solo partir; fue construir, elevar. En su obra resuena la gratitud hacia Madrid, que lo abrazó, y el orgullo de una Zamora que siempre llevó en el alma. Así, este poeta nos recuerda que un solo hombre, con su talento y su corazón, puede dejar una huella eterna en la historia de una ciudad.

El ejemplo de Claudio Rodríguez es tan solo uno entre tantos de la aportación de los zamoranos a Madrid, esencial para el crecimiento y la transformación de la ciudad durante el siglo XX.

Desde aquellos que trabajaron en la construcción de infraestructuras básicas hasta los que formaron parte de los sectores comerciales y servicios, cada uno de ellos contribuyó al engrandecimiento de la capital de España con su esfuerzo y dedicación. Es por ello por lo que, como alcalde de Madrid, quiero rendir homenaje hoy aquí a todos estos zamoranos y, en general, a todos los que, en su momento, decidieron hacer de la capital su hogar.

Lo que consiguieron es un testimonio de lo que significa el sacrificio y la perseverancia. Su esfuerzo y su amor por su tierra natal nos deben servir de ejemplo. Ellos son un reflejo del espíritu indomable de la gente de Zamora, un pueblo que, sin importar las circunstancias, nunca ha dejado de luchar por lo que es suyo, por lo que es justo y por lo que es noble.

El Romancero Viejo y la Semana Santa de Zamora

“Allá en Castilla la Vieja

un rincón se me olvidaba,

Zamora había por nombre,

Zamora la bien cercada”

Quisiera que estos célebres versos del Romancero Viejo en los que se hace mención a vuestra tierra sirvieran para introducir la reflexión con la que quiero cerrar este pregón.

Las grandes ciudades que, como Madrid, viven lanzadas al futuro con su bullicio y su afán de modernidad, saben en el fondo que sus raíces se hunden en lugares como este, en ciudades como Zamora, símbolos vivos de lo que perdura, de lo que trasciende.

Madrid podrá mirar al cielo con sus torres de cristal, y está bien que así lo haga, pero es en Zamora donde el alma encuentra su reflejo, donde se custodia la esencia de lo que somos.

Y así, quiero que sepáis que en las ciudades que corren hacia el porvenir no olvidamos que nuestra fuerza viene de estas tierras ricas en historia, en fe y en una hermosura que no necesita alardear para saberse inmensa.

Por todo ello, al despedirme, os invito a sentir el orgullo de ser zamoranos, guardianes de un legado que sostiene no solo a Castilla, sino a toda una patria que, en días como estos, vuelve los ojos a Zamora, la bien cercada, para recordar quiénes somos y de dónde venimos.

Madrid, en boca de su alcalde, os envía hoy un saludo lleno de respeto, de admiración y de cariño.

Que la Semana Santa de Zamora sea este año, como siempre, un motivo de orgullo para todos los zamoranos y para todos los que, desde fuera, venimos a rendir homenaje al testimonio de vuestra fe.

Que esta Semana Santa os traiga la paz, la reflexión y la esperanza que todos necesitamos en estos tiempos.

Y que los lazos que nos unen, los lazos de amistad, de cultura y de historia, sigan siendo cada vez más fuertes, más profundos y más duraderos.

¡Viva la Semana Santa de Zamora!

¡Viva Zamora!

¡Viva España!

Tracking Pixel Contents