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La Opinión de Zamora

El destemplado sonido del alma

David, Alberto, Benito y Mauri componen dos de las seis parejas de merlús que esta noche recorrerán la ciudad, herederos de una tradición centenaria

David Prieto, Alberto Vicente, Benito Lorenzo y Mauri Aguado. | Emilio Fraile | A. Q. Y LOZ

Benito Lorenzo es merlú desde 1979. Su compañero, Mauri Aguado, toca la corneta en la madrugada del Viernes Santo desde 1990. David Prieto y Alberto Vicente levantan a los cofrades desde 2009 para que acudan puntuales a la Plaza Mayor. Son dos de las seis parejas de merlús que la Congregación “activa” cada Viernes Santo, herederos directos de una tradición que se remonta al siglo XVII, a los mismos orígenes de la cofradía de Jesús Nazareno.

Atilano González, uno de los merlús más recordados Cortesía de la familia Ángel Quintas

“Es el sonido del alma. Algo sentimental. Una gran responsabilidad pero, al final, este es el sonido más representativo de la Semana Santa de Zamora. Transmitir eso es una gran carga”, asegura David Prieto, que se cuelga el tambor cuando el Yacente entra en Santa María para descolgarlo ya pasado el mediodía del viernes. “A la Plaza Mayor llegas hecho polvo, ya no sientes ni los labios”, asegura sonriente Alberto, que tampoco se resiste a hablar de la responsabilidad. “Cuando vas en la banda, si te equivocas, no pasa nada. Pero aquí... Es ponerte la corneta en la boca y tienes enfocándote a la cámara de televisión, los móviles, todo el mundo pendiente de lo que haces... Es difícil”, apostilla. Alberto, hijo de Ángel Vicente —merlú durante más de treinta años, fallecido justo antes de la pandemia— es además fiel reflejo del hilo conductor entre generaciones de, quizás, la figura más popular de la Semana Santa de Zamora. “Yo toda mi vida he visto al merlú en la puerta de mi casa. Era mi padre. Mi mayor ilusión en la Semana Santa era ser merlú”, afirma.

Partitura de El Merlú

Partitura de El Merlú LOZ

La figura del cofrade que, armado de sordina, tiene como fin despertar a los cofrades de Jesús Nazareno está recogida en las primeras ordenanzas de la Congregación, como recordaba José Andrés Casquero en su artículo titulado “Merlú”, publicado en este diario el 14 de abril de 1995. “Dicha cofradía tiene obligación de tener a un vicario que la sirva y convide a los hermanos y toque la trompeta y cobre los cuartos”. Las posteriores ordenanzas y reglamentos apenas han variado lo esencial. Su fin, “despertar con toques repetidos a los hermanos”, para lo que se sirven de cornetas —no trompetas—, instrumentos que entonan cuatro compases a los que responde el tambor, enlutado y destemplado, con quince golpes.

La antigüedad y el propio nombre de merlú son difíciles de documentar. Su origen parece ligado a la figura del sayón que abría el cortejo en el que Jesús, con la cruz a cuestas, caminaba hacia el Calvario. El personaje, que en La Congregación es un cofrade, abre la carrera con la corneta. No es raro que el desfile, al fin y al cabo una “teatralización” de la Pasión de Cristo, tome la figura de la representación popular del cortejo.

Consideraciones históricas aparte, lo cierto es que el merlú trasciende a la propia Semana Santa. La escultura de Antonio Pedrero junto a San Juan ayuda a esto. “Recuerdo a un niño que no vio y dijo que la estatua se había bajado a la calle”, recuerda Benito Lorenzo. Una anécdota entre muchas, pues son muchos los años a las espaldas de estas dos parejas. Mauri Aguado recuerda un acto en Oviedo. “Tocamos y vemos a una señora asturiana que salía de misa. Se acerca a nosotros despacio, abre la cartera y nos da una moneda... Se pensaba que estábamos pidiendo”. El otro extremo también lo vivió esta pareja, en este caso en Madrid. “Tocas en Cibeles para el pregón de la Casa de Zamora y se acerca una mujer, que salió de Zamora con 15 años y que no había vuelto, y nos dice que le hemos recordado a su infancia. Son detalles bonitos”. No tan bonitos los recuerdan, entre risas, David y Alberto. “Un hermano nos pidió ir hasta el barrio de Siglo XXI a tocar y salieron varios vecinos que nos echaron del barrio”, recuerdan. “!Y una mujer soltó a los perros para que nos fuéramos de la Alberca!”, rememora Prieto.

Anécdotas de los barrios, que son los lugares donde “se ve al verdadero merlú”, coinciden los cuatro compañeros, que evidencian una excelente relación. La Congregación cuenta con seis parejas, como seis son las zonas en las que está dividida la ciudad. Cada pareja se encarga de una zona. “Cuando te toca el centro eres como una estrella de rock”, asegura David Prieto, “pero el verdadero merlú no está ahí. El merlú es estar los dos solos, por una calle alejada del centro, donde la gente está durmiendo y solo oyes a lo lejos el ruido de la Plaza Mayor, y tocar”, aseguran. Porque hay que tocar en todos los barrios, y también frente a las casas de los mayordomos, como manda la tradición. “Hay veces que casi hay que llamar al timbre”, aseguran los merlús. “Con las ventanas antiguas esto no pasaba. El climalit es el peor enemigo de los merlús”, asegura Alberto Vicente, miembro de una nueva generación de merlús que, a la vista de las ventanas actuales, tendrá que soplar más fuente. Sea como fuere, la continuidad de la tradición está asegurada.

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