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Cuento de Cuaresma: 10 gramos de Quinina

Ciencia versus superstición

Cristo de las Injurias

Pese a ser una zona tranquila, fue imposible encontrar sitio donde aparcar, y no hubo más remedio que hacerlo en doble fila. Un montón de brazos, demasiados, llevaron en volandas la imagen del Cristo de las Injurias al taller. Ya a solas, Marciano Sobrino comprobó la prestancia de aquella escultura, considerada como uno de los mejores crucificados españoles del siglo XVI. Si el arte buscaba plasmar la belleza, incluso expresándose de manera trágica, a la vista estaba. Tenerla tan cerca, pese a no ser más que un trozo de madera hábilmente tallado, sobrecogía, además de explicar su venerada devoción y el interés de los estudiosos por desvelar su autoría. Le llevó un tiempo examinar su anatomía, tan precisa como humana. No era mucho lo que había que hacer, más allá de limpiar la capa de suciedad que afeaba su pintura. Únicamente, se tenía constancia que la cruz, cuando se creó la cofradía, allá por 1925, había sido sustituida para garantizar su salida en procesión, aunque solo el “titulus”, ligeramente ladeado, presentaba riesgo de desprenderse. Lo desmontó y limpió, observando que en su reverso había pegada una hoja de papel, en el que, escrito con buena letra bastardilla, ponía: “10 gramos de quinina”. Si bien no entraba en su trabajo descifrarlo, quiso saber qué secreto guardaba aquella frase. Le dijeron que hablase con el sacristán, un hombre vinculado familiarmente a la catedral desde hacía un siglo, que le contó una historia referida por el difunto campanero, que la escuchó de una tía abuela, por si le ayudaba. Tomó notas del largo relato, y ordenándolas construyó otro, sin más pretensiones que encontrarle algún sentido al asunto.

Ya a solas, comprobó la prestancia de aquella escultura, considerada como uno de los mejores crucificados españoles del siglo XVI. Tenerla tan cerca, pese a no ser más que un trozo de madera hábilmente tallado, sobrecogía

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-A mediodía vino don Heriberto, el fabriquero. Mañana tienes que hacerle un mandado con el carro. ¡Qué hombre!, te desnuda con la mirada. Entró por el corral, sin llamar, y me pilló dando el pecho a la niña. Le come el deseo. No sé si sabes que baja al río para vernos lavar.

Martín frunció el ceño y preguntó por la niña.

-La pobre hija apenas toma, y no le baja la calentura.

Calló, aunque no pudo evitar que en su mente se agolparan las imágenes de la pasada epidemia de cólera, cuando le contrataron para llevar con su carretón los cadáveres al improvisado cementerio de las Cortinas de San Miguel. Se lavó y marchó a la catedral. Al entrar en el claustro se topó con el fabriquero que salía de la tesorería.

-Mi mujer me dio recado de que me necesita.

-Sí, mañana temprano, tenemos que ir al Monasterio de San Jerónimo a recoger unas cosas. Avisa a ese perdulario de Germán para que te eche una mano. Pásate antes por la fábrica, hay que llevar un cajón y unas mantas.

El día amaneció nublado. Don Heriberto llegó acompañado del doctoral. Hicieron el camino hasta San Frontis sin mediar palabra. En la portería del monasterio un piquete de soldados a caballo, sable en mano, contenía a duras penas el tumulto que formaban medio centenar de mujeres, unos pocos hombres y algunos niños, que forcejeaban por entrar, gritando encolerizados ¡mueran los frailes! Preguntaron por el comisionado de rentas y arbitrios de amortización. Después de un rato llegó un hombre bajo y calvo, vestido con una levita gris. Sudaba, y parecía malhumorado. Los prebendados, sin descubrirse, se presentaron:

Cristo de las Injurias Fernando Lozano Bordell

-Heriberto Nougaro y Práxedes Cabarga.

Le alargaron un papel con fecha de aquel mismo día – 12 de octubre de 1835 - firmado por el jefe político, autorizándoles a recoger los enseres y mobiliario litúrgico que estuviesen en buen uso. Entraron por la puerta del claustro mayor. El que fuera el más grande y rico de los conventos zamoranos ofrecía un estado deplorable: puertas, ventanas y rejas habían sido arrancadas. Se veían grandes calvas en la tarima, y las paredes, salpicadas de desconchones y dibujos obscenos, mostraban aún las huellas de las hogueras en las que se calentaron los franceses y la chusma durante el Trienio Liberal. Solamente unas pocas celdas de la panda del mediodía, ocupadas por la comunidad, días atrás exclaustrada, estaban habitables.

Tras echar un vistazo a lo poco que merecía la pena, metieron en el cajón algunas albas, casullas y manípulos, dos cálices y un copón de plata, un incensario y naveta de peltre, y dos salvillas abolladas, y envolvieron en las mantas un crucifijo grande, de algo más de dos varas, salvado durante la francesada, por el canónigo Martín Pérez de Tejeda.

Ya en la catedral, llevaron ropas y vasos sagrados a la sacristía, y dejaron la imagen en un cuarto de la fábrica. Martín esperó junto a la puerta de la tesorería, hasta que un capellán le entregó los veintidós reales convenidos por su trabajo. Garrapateó una firma en el recibo, le dio seis a Germán, y se fue a casa.

Días después, ayudó al carpintero del Cabildo a colocar el crucifijo en la sacristía de la Capilla del Cardenal. Lo colgaron de dos grandes escarpias de forja, sujetas a la pared por gruesos tacos de madera. Mientras recogía la bachilla de las herramientas, Martín vio encima de la cajonería un trozo de una púa de la corona de espinas; posiblemente se había roto al retirar las mantas. Furtivamente lo envolvió en el pañuelo del cuello, y lo guardó en el bolso del pantalón.

Durante todo el día la niña no paró de llorar y vomitar. El rostro de la madre reflejaba el cansancio y la zozobra de no saber qué tenía, ni qué hacer para calmarla. Agotada de tenerla en brazos, en un rato que dejó de llorar, la arrimó al escaño, y cruzando los brazos sobre la mesa, rendida, se durmió. El padre se recostó junto a la niña. No habían pasado más de dos horas cuando el llanto de la criatura los despertó. Estaba ardiendo, y tenía la carita enrojecida y desencajada. Martín, nervioso, sacó la espina del pañuelo.

- Ayer cogí esto en la catedral. Es de la corona de espinas del cristo que trajimos de San Jerónimo. Mi madre le tenía mucha fe. Blanca, sin pensárselo, envolvió la púa en uno de los picos que tenía tendidos junto al hogar, y lo ató al cuello de su hija.

El que fuera el más grande y rico de los conventos zamoranos ofrecía un estado deplorable: puertas, ventanas y rejas habían sido arrancadas

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Durante la mañana los sollozos de la criatura se hicieron más débiles. A media tarde pasó a verla don Tomás Fajardo, médico militar que había servido en uno de los regimientos al mando del duque de Wellington. Malherido en una escaramuza con los franceses, convaleció durante meses en el Hospital de la Encarnación, y terminada la Guerra de la Independencia, pensando que este era un sitio tan malo como cualquier otro, se quedó en Zamora. Tenía fama de liberal, y vivía, con un ama, en una casa de la Rúa, que hacía esquina con la calle de las Infantas. Blanca les lavaba la ropa, y por ella sabía de la enfermedad de la chiquilla. Entró en aquel chiscón, de techos bajos y paredes húmedas, pegado a la muralla, junto a San Isidoro, que hacía las veces de vivienda, y reconoció a la niña. Parecía un caso claro de fiebres palúdicas. Al retirarle la ropa vio el pico, que a modo de escapulario le habían anudado, y desenrollándolo descubrió la espina.

-¿Qué es esto?

Martín balbuceó algunas explicaciones, y avergonzado la cogió y la puso en el revellín de la chimenea.

-La niña se curará, no necesita de ninguna magia. Tened confianza, y si os sirve de consuelo, rezad.

Después, rebuscando en el maletín, sacó pluma y tintero, y en un trozo de papel, membreteado en seco con su nombre, escribió: 10 gramos de quinina.

-Dile al boticario de Cabañales que te la prepare en diez papeletas. Dadle una diaria, con un poco de azúcar. Ya pasaré a pagárselo.

Al cabo de unos días la criatura comenzó poco a poco a coger el pecho con ganas. La fiebre fue remitiendo, y en un mes el susto había pasado.

En Navidad trajeron a la catedral un hato de enseres del Monasterio de Valparaíso. Llamaron a Martín para ayudar a los albañiles que colocaron las puertas del relicario de los monjes bernardos en la entrada de la sacristía de la Capilla del Cardenal, ahora convertida en sala capitular. Para enjalbegar las paredes fue necesario bajar algunos espejos y cuadros, y el Cristo de las Injurias. Una vez en el suelo, Martín comprobó que una de las espinas estaba rota. Cuando volvió por la tarde, sin dar descuentos a nadie, unió la púa con cola de pescado, la frotó con saliva para que no se notase, y pegó en el reverso del “inri” la receta que le había dado don Tomás.

Marciano Sobrino, por más que buscó, no encontró rastro alguno de aquel artesanal reparo. Quizás su fantasía le había jugado una mala pasada. Sea como fuere su empeño por desvelar aquel azaroso arcano, escrito con letra de pendolista, si es que era tal, seguiría sin respuesta.

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