La memoria de nuestro poeta Waldo Santos se encamina en unas pocas semanas, al siglo de su llegada al mundo en Castronuevo, ahora, en junio, el día 3. Cien años ya. Ni la distancia de los tiempos emblandece o desfigura la huella de su presencia entre nosotros. Para la nueva generación que despuntó con este siglo Waldo solo está en los libros, en sus libros y como testimonio vivo y presente, en las palabras de quienes lo sintieron amigo y compartieron juntos caminos y conversaciones, años y años, por la vida adelante. Yo quiero traer su recuerdo en estos días como poeta de la Pasión. Nunca huyó de su fe, nacida en un hogar de un buen hombre de pueblo y de iglesia, Rafael, su padre, el sacristán nada menos. No apartó a un lado su fe sino que la modeló a su modo y manera tras los años del seminario mayor en los que se empapó de la teología con la que luego entendió mucho mejor la realidad del hombre para ponerse a su altura. Aquellos estudios le sirvieron para andar y desandar caminos y abrazar amigos y poemas y compartir ambos un buen café, de puchero si era posible, un clavel en la solapa, sempiterno, inmarchitable, porque era el mismo siempre, ¿o no?, y la vara en la mano con la que delineaba su paso y lo ajustaba a su aire. Y en los inviernos, la capa castellana que movía con la elegante naturalidad de un buen hombre. Waldo estaba donde hubiera que juntar amigos y disfrutar de su amistad. Como poeta de las tierras del Pan, sabía que la amistad había que sembrarla, segarla en sazón, acarrearla y trillarla en la era de las bondades y afectos para convertirla en hogaza común y generosamente repartida. Waldo estaba donde hubiera un verso suelto que gavillar, un río cercano y solo al que hablar, una campana que tañer en un adiós, una travesura de niño grande que reír, una soleá o seguiriya, madres de la emoción, que sentir dentro, muy dentro, o un folio que escribir y llenar de verdad y de ley, que éste sí fue el oficio que ejerció para sacar adelante a los suyos y poner su vida en el cauce de un trabajo sacrificado pero feliz. Waldo fue aficionado de verdad a todo lo que llevase el nombre de Zamora, fuese lo que fuese. Un poeta de ley. Y nunca mejor dicho, que ambos valores se unieron en su vida tan intensamente. Era natural, el poeta se hizo Waldo, no al revés. Hoy le escribo en estas páginas como poeta de la Pasión. Porque tiempo y lugares habrá a lo largo de este año para recordarle en ese sumario de aptitudes y aficiones que consagraron su vida. Poeta, entendido en el flamenco, estudioso de Teología, hablando con Dios y con el hombre a la vez en los tribunales, entendiendo la justicia como una verdad por la que trabajar y a la que servir y no como una profesión, aunque lo fuera.

Hoy le escribo en estas páginas como poeta de la Pasión. Porque tiempo y lugares habrá a lo largo de este año para recordarle en ese sumario de aptitudes y aficiones que consagraron su vida

En estos días de Pasión recuerdo a Waldo con la mirada puesta en la Zamora que amaba con pasión y en la Pasión que amaba con intensidad, como él decía “entre las dos alegrías”, de Ramos y Resurrección. Dio un pregón, en Valladolid, en 1994, empujado por la amistad de unos zamoranos a los que, como hacía siempre, no sabía decir que no. Fue una sus muchas y buenas costumbres. En él nos habló de la Zamora “de arraigada paciencia, archivo de olvidos inmerecidos, de barandales trágicos e irredentos”. Descendió con su poesía hasta los pies al Cristo del Amparo, en Olivares donde “el río dejaba casas arroñadas y con fango todas sus calles, de pescadores y ceramistas”. O el poema a la Verónica que escribió para acompañar a los hermanos del paso en el centenario de la imagen en 1985. O los versos lisos y sinceros con que habla con Simón de Cirene al que ayuda a llevar la cruz de Cristo en la quinta estación del Vía Crucis del arte zamorano que solo unos años antes, en 1991, había escrito para el dibujo excepcional de Luis Quico, empleado ahora en el cartel de este año, tan lejos de su propósito inicial.

Waldo, hombre pegado siempre a la tierra, transfigurado en barro de palabras, recordó al hombre que cosió la música de Thalberg a la madrugada del Cinco de Copas, José Aragón, al que recordó en su pregón: “¡amigo Aragón, en donde estés, sabes que te llevamos presente y que si no estás con nosotros, será seguramente porque te tiene y te retiene en otra esfera Quien puede y manda!”. Dictó su pregón con la llaneza propia de quien sabe conversar con todo el mundo, incluso con Dios de tú a tú, con sinceridad, sin ambages. O sea, Waldo en estado puro. Hasta ahí llegó su fe. En su pregón sitúa la Resurrección “como el no va más allá de la fiesta, llena de una paz donada, buscada, perseguida y trabajada”. “Sin la Resurrección -hizo suyas las palabras de Pablo- vana sería nuestra fe”. Y añadió: “No debería ser fiesta de tristeza ni aún recordando a tantos como nos faltan ya porque ya estarán donde tienen que estar, con toda seguridad”.

Sus versos a imágenes de la Pasión están hoy aquí en otra página. Cristo del Amparo, hecho como él de barro de pueblo o de arrabal. La Verónica, mujer de tradición que no de Escrituras y Simón de Cirene, el labriego que, como tantos otros de su pueblo de Castronuevo que él conoció y amó, entre ellos su padre y sus hermanos, ayudó al Señor a llevar su cruz, al volver de la labor, en algunos momentos de la vida.

Waldo, al recordar hoy tu voz rotunda, firme, de combatiente de la palabra y la verdad, voz con la que llamabas al pan, pan y al vino, vino, entiendo un poco más tu pensamiento aquel día del pregón cuando hablabas de la Resurrección. Es la Verdad que nos queda tras estos días de fiesta que decías. Lo es todo. Y si no estás aquí, parafraseando tus palabras de entonces es “porque estarás donde tienes que estar, con toda seguridad”. Y ahora pongamos tus versos aquí, otra vez, a nuestro lado.

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