Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Identidad

Alba y Anaís o cómo ganarse el corazón de San Miguel de Lomba en un verano

Las dos jóvenes que regentaron el establecimiento este verano se han ganado el cariño de los vecinos, quienes reconocen su labor como un punto clave de encuentro

Anaís y Alba en le chiringuito de San Miguel de Lomba

Anaís y Alba en le chiringuito de San Miguel de Lomba / Irene López Alonso

¿Ya nos sigues?Márcanos como medio preferente
Añádenos en Google
San Miguel de Lomba

Hay lugares que parecen poca cosa hasta que cierran. Un chiringuito que solo tienen unas mesas, una pequeña barra, una cafetera, una mesa de ping pong en la terraza…Pero, llega septiembre y evidencia que allí dentro había mucho más: conversaciones, reencuentros, partidas de cartas, el café de después de comer, cervezas con los amigos al caer la tarde y, sobre todo, vecinos.

En San Miguel de Lomba el chiringuito ha cerrado sus puertas después de un verano de intenso trabajo. Detrás de la barra han estado Alba y Anaís, dos jóvenes de Castro y Galende, que llegaron al chiringuito casi por casualidad y que se han marchado convertidas, para muchos, en unas vecinas más.

La historia comenzó en Semana Santa. Las dos estaban en paro y necesitaban trabajar. Alba tenía un empleo que se terminaba y Anaís necesitaba ingresos. Una propuso la idea de hacerse cargo del chiringuito y la otra no necesitó demasiado tiempo para aceptar. “No me costó mucho convencer a Anais, a los cinco minutos ya había dicho que sí” recuerda entre risas Alba.

Así empezó una temporada que se ha prolongado desde el 12 de junio hasta el 29 de agosto. Casi tres meses de trabajo intenso, muchas horas y apenas descanso. También un tiempo en el que las jóvenes han descubierto que regentar un bar es bastante más que servir cafés y poner cervezas.

Es atender a quien entra solo, escuchar al que necesita conversación, aprenderse las costumbres de los habituales y estar pendiente de que no falte hielo, leche o cualquier cosa imprescindible para que la barra siga funcionando. Y, en un pueblo pequeño, también significa formar parte de la vida cotidiana de sus vecinos.

Anais y Alba destacan la forma en que los vecinos de San Miguel las han acogido. Incluso han promovido una campaña para que no bajaran la persiana. Señalan que siempre había gente en el bar: “desde que abríamos”. Entre los habituales estaban los jugadores de la partida. Venían prácticamente todos los días. Otros se acercaban a tomar el café después de comer. Por la noche llegaban las cervezas. Y siempre había alguien dispuesto a sentarse un rato más. Y es que como muchos vecinos reconocen: “un bar de un pueblo no es solo un negocio”.

Lo explica Juan, vecino de San Miguel que vive habitualmente en Benavente pero que regresa con frecuencia. Para él, el chiringuito ha sido, este verano, el lugar donde se ha reunido todo el pueblo: “Te puedo decir que es el 98 % de que la gente del pueblo nos veamos aquí”. Además, señala la gran labor de Anais y Alba “Estas chicas ya forman parte del pueblo. Ha sido de verdad un verano maravilloso gracias a ellas. Es lo que le falta a estos pueblos para tener un poco de vida y que nos veamos”.

Juan señala el bar como un punto de encuentro dentro los pueblos. Y ahí aparece una de las grandes paradojas de los pequeños municipios. Durante el verano, las calles recuperan voces, las casas vuelven a abrirse y llegan quienes viven fuera. Pero cuando septiembre avanza, todo vuelve a encogerse. Quedan los vecinos de siempre y las persianas bajadas de los negocios que no pueden sobrevivir durante todo el año con una población reducida. Juan lo sabe bien. En invierno viene al pueblo y puede pasar todo un fin de semana sin encontrarse prácticamente con nadie: “si hay doce o trece vecinos, yo vengo el viernes, me voy el domingo y no he visto a nadie” cuenta.

Señala que si estuviera el bar abierto o un local social, la cosa sería diferente. Defiende la necesidad de buscar fórmulas que permitan mantener espacios de encuentro durante todo el año. No necesariamente un bar tradicional, reconoce, porque la rentabilidad puede no existir. Pero sí algún lugar parecido a los antiguos teleclubes o centros sociales, un espacio abierto donde la gente, especialmente los mayores, pueda salir de casa y encontrarse.

Este verano, Anais y Alba han hecho algo más que abrir las puertas del chiringuito, organizaron actividades y conciertos, consiguieron que el chiringuito tuviera todavía más vida. Durante las fiestas de San Miguel de Lomba los vecinos quisieron reconocer públicamente su trabajo y dedicación, haciendo una mención especial para ellas y un aplauso que resumió lo que habían significado aquellos meses. “Las vamos a echar de menos” reconocen los vecinos.

La fiesta de despedida del chiringuito de San Miguel de Lomba

La fiesta de despedida del chiringuito de San Miguel de Lomba / Irene López Alonso

“Nos han hecho ser como una más de San Miguel” explica Anaís. Quizá esa sea la mejor manera de contar lo ocurrido. Alba y Anaís llegaron para trabajar durante unos meses. El pueblo, sin embargo, las incorporó a su memoria de verano. Y ellas, sin pretenderlo, hicieron algo que trasciende el negocio: pusieron una barra donde sentarse y consiguieron que la gente volviera a verse. Ahora, toca recoger. Guardar las cosas. Bajar la persiana. Decirse adiós. A ellas les da pena, mucha más de la que quizá esperaban cuando aceptaron aquella propuesta. Pero también tienen nuevos planes: Alba comienza a preparar su oposición de veterinaria y Anaís se muda a León para estudiar algo que siempre estuvo en su mente, técnico de emergencias.

El chiringuito de San Miguel de Lomba cierra sus puertas, pero el cariño de un pueblo que queda con Anaís y Alba. Y ellas se llevarán algo que no estaba en el contrato ni en la caja del bar: la certeza de haberse ganado un sitio entre la gente de San Miguel.

Un sitio al que, quizá, cuando llegue junio, todos esperen verlas volver a abrir la puerta.

Tracking Pixel Contents