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Ganadería

Una feria contra el olvido: Porto pelea por el futuro de la raza alistano-sanabresa

La organización confía en que el atractivo de la feria de Porto mantenga viva una tradición centenaria que reivindica una raza autóctona en peligro de extinción

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Porto de Sanabria

Cada 26 de agosto Porto se viste gala llueva, nieve o truene. En esta ocasión los portexos y visitantes han tenido que capear la XXIII feria de la raza alistano-sanabresa bajo una lluvia intensa.

La feria que tiene su origen hace más de cien años acoge el Concurso Morfológico Nacional de la raza Alistana-Sanabresa, con cerca de 170 cabezas. Un encuentro que busca mantener viva una tradición centenaria y reivindicar una raza autóctona en peligro de extinción

La jornada, sin embargo, ha estado condicionada por la meteorología. La lluvia intensa ha marcado el tradicional arrastre y la entrega de premios del concurso, así como toda la feria. Después de un año marcado por la sequía y las altas temperaturas, la lluvia hizo acto de presencia precisamente durante una de las grandes jornadas del calendario de Porto.

Francisco Blanco, alcalde de Porto inaugurando la feria

Francisco Blanco, alcalde de Porto inaugurando la feria / Irene López Alonso

La afluencia fue menor de la esperada, aunque la organización confía en que el atractivo de la feria siga siendo suficiente para mantener una tradición que consideran irrenunciable. “Supone representar un poco el trabajo de los ganaderos de un año”, explica Óscar Puente, presidente de AECAS, Asociación Española de Criadores de ganado bovina Raza Autóctona Alistana Sanabresa.

No han sido, además, dos años fáciles. Este por la lluvia, y el anterior por los incendios. A pesar de las dificultades, los ganaderos han acudido con ilusión y han conseguido reunir una representación importante de animales procedentes de distintos puntos de la provincia de Zamora y de otras zonas. En total, se han contabilizado aproximadamente 168 cabezas, distribuidas en distintas categorías: terneros, novillos, novillas, reproductoras, sementales y bueyes.

El concurso morfológico premia todas esas categorías junto a los reconocimientos generales al mejor lote, mejor ejemplar y mejor ganadería. El palmarés de esta edición ha dejado como mejor ganadería al portexo, José Bruña; el premio al mejor lote ha sido para Emilio Riesco, de Guarrate; y el reconocimiento al mejor ejemplar ha correspondido a Paulino, de Villanueva. En las categorías específicas, el portexo José Bruña se ha impuesto en bueyes, seguido por Óscar Puente, de Tábara. En terneros, el primer premio ha sido para Roberto Fuentes, de Carbajales de Alba, y el segundo para Paulino, de Villanueva.

En novillos, el primer puesto ha correspondido a Carlos del Amo, de Andavías, y el segundo a Obdulio Dierez, de Castromil. En novillas, Brais García, de Castromil, ha obtenido el primer premio, mientras que Alberto Hernández, de Andavías, ha logrado el segundo. La categoría de reproductoras ha reconocido en primer lugar a Emilio Riesco, de Guarrate, y en segundo a Roberto Fuentes, de Carbajales de Alba. Finalmente, en sementales, el primer premio ha sido para Paulino, de Villanueva, y el segundo para Óscar Puente, de Tábara.

Ternero de la ganadería José Bruña

Ternero de la ganadería José Bruña / Irene López Alonso

Más allá de los galardones, la verdadera batalla que se libra en Porto es la de la supervivencia. La raza Alistana-Sanabresa, autóctona de esta zona se encuentra en peligro de extinción y su mantenimiento depende de un reducido número de explotaciones. Para quienes participan en la feria, conservarla no es solamente una cuestión ganadera, sino también una forma de proteger el patrimonio histórico y cultural de la comarca.

Durante buena parte del siglo XX, estos animales fueron esenciales para la vida de las familias rurales. Fueron animales de trabajo, utilizados para cultivar los huertos, transportar cargas y sacar adelante las economías domésticas, como señala Adrián Bruña, ganadero. También fueron una fuente fundamental de alimento en una época en la que las posibilidades eran mucho más limitadas que en la actualidad.

Hoy, paradójicamente, el valor de estos animales se encuentra también en la calidad de su carne. La carne de ternera Alistana-Sanabresa se ha convertido en uno de los productos que buscan determinados establecimientos y asadores, lo que abre una oportunidad para una raza que lucha por no desaparecer, comenta el alcalde de Porto, Francisco Blanco. Quien también indica que el número de ganaderos locales se ha reducido de manera considerable. Actualmente, quedan únicamente tres en el municipio, aunque la presencia de productores procedentes de otros puntos permite que la exposición continúe creciendo.

Desde el Ayuntamiento se intenta facilitar la continuidad de estas explotaciones. Los ganaderos locales disponen de pastos gratuitos y se les ofrecen facilidades relacionadas con la gestión de sus explotaciones. El alcalde apunta que son medidas que pretenden compensar, al menos parcialmente, una realidad económica complicada: los costes y las exigencias de mantener una explotación ganadera aumentan, mientras que la rentabilidad permanece en el límite.

La asociación de ganaderos, AECAS, desempeña en este sentido un papel fundamental. Desde el propio municipio se reconoce la labor de estas organizaciones para mantener, promocionar y dar visibilidad a la raza. Sin ese trabajo, la continuidad de la Alistana-Sanabresa sería todavía más complicada.

Pero la ganadería extensiva, como la de la raza alistano-sanabresa, no solo aporta un producto o conserva una raza. También desempeña una función ambiental. Los animales permanecen buena parte del año en libertad, aprovechando los pastos y contribuyendo a mantener limpio el monte. En una comarca marcada por la presencia de grandes masas forestales, esa labor tiene una importancia que va más allá de la actividad económica.

“Si hubiese mucha más ganadería como había hace medio siglo, probablemente el incendio hubiese sido mucho menor”, sostiene Francisco Blanco. La presencia de ganado ayuda a controlar la vegetación, crear y mantener zonas de pasto y reducir la acumulación de materia vegetal que puede actuar como combustible en caso de incendio.

Esa filosofía forma parte del día a día de ganaderos como Adrián Bruña. Su explotación ha acudido a la feria con diez cabezas: bueyes, un toro, una vaca, una cría y una ternera. En total, su ganadería cuenta actualmente con unas 300 cabezas entre vacas y terneros. Su forma de trabajar representa el modelo extensivo que todavía pervive en Porto. Los animales permanecen sueltos durante todo el año, sin pastores eléctricos y con una intervención mínima. En invierno bajan a zonas donde reciben alimentación suplementaria cuando es necesario y, cuando llega el buen tiempo, suben a la sierra. Allí permanecen en libertad, aprovechando los recursos naturales.

Buey ganadería Bruña

Buey ganadería Bruña / Irene López Alonso

Es una forma de vida que Bruña conoce bien y que decidió recuperar después de haber vivido durante años en Madrid. Hace seis años cambió la ciudad por Porto y asegura que no se arrepiente. En el municipio ha encontrado una libertad y un ritmo de vida que, según explica, le permiten disfrutar del monte, de la naturaleza y de actividades que en una gran ciudad quedan relegadas a momentos concretos.

Su visión de la feria, sin embargo, es mucho menos optimista. Para él, el encuentro ha evolucionado “a peor”. No porque haya perdido importancia para el pueblo, sino porque ha dejado de cumplir la función comercial que tenía antiguamente: el trato.

Antes, las ferias eran auténticos puntos de encuentro para el ganado y para los ganaderos. Los animales se llevaban para ser vistos, valorados y, en muchos casos, vendidos. El trato formaba parte esencial de la jornada. Las fotografías, las llamadas y las visitas a las explotaciones han sustituido buena parte de las operaciones que antes se cerraban cara a cara en las ferias. “El trato ya se hace por teléfono, por fotos”, explica Bruña. La feria se ha convertido fundamentalmente en un espacio de exposición.

Él mismo ha llevado sus bueyes con la esperanza de que puedan venderse, pero reconoce que ya no es una feria de trato como las de antes. El comprador puede ver fotografías, conocer las características de los animales y negociar sin necesidad de desplazarse.

Aunque el trato ya no es lo que mantiene el evento, la feria ha evolucionado y sigue viva. Los propios portexos lo definen como una forma de unión que se mantiene “a su manera”. Ya no es exactamente la feria ganadera de hace un siglo, sino una celebración que combina ganado, mercado, tradición y encuentro social. Precisamente por eso consideran importante que continúe.

La feria tiene además el valor simbólico de haber superado ya el centenario de esta tradición. Cada edición añade un capítulo más a una historia que comenzó cuando el ganado constituía una parte esencial de la economía local. La celebración del Concurso Morfológico Nacional añade ahora una dimensión ganadera y técnica que refuerza ese carácter: los animales no solo se exhiben, sino que son valorados y comparados por categorías, poniendo el foco en las características propias de la raza y en la selección que realizan los ganaderos. Mantener hoy la feria y el concurso exige adaptarse a una realidad completamente diferente, pero también demuestra que la tradición puede encontrar nuevas formas de continuar.

El público en la exhibición de arrastre

El público en la exhibición de arrastre / Irene López Alonso

Entre las actividades que contribuyen a conservar ese carácter tradicional se encuentra también la exhibición de arrastre. Aunque algunos portexas, como Tomasa, reconocen que no recuerdan esta práctica en las ferias a las que acudían de niñas, pero, consideran positivo que se haya incorporado en los últimos años, especialmente porque se realiza con ganado de la propia zona.

La lluvia ha impedido que esta XXIII edición luzca con todo su potencial. Las calles han recibido menos visitantes pero, pese a ello, las vacas, los toros y los bueyes han vuelto a ocupar su espacio. Y esa imagen es, en el fondo, la razón de ser de la feria. Cada animal expuesto representa horas de trabajo, una explotación familiar y una forma de entender el territorio. Representa también una raza que durante generaciones permitió sobrevivir a las familias de la zona y que hoy busca un nuevo lugar en un mercado que empieza a valorar la calidad, la producción extensiva y el origen de los alimentos.

En Porto saben que no será fácil. La burocracia, la escasa rentabilidad, el envejecimiento de los ganaderos y la falta de jóvenes dispuestos a continuar amenazan la continuidad de la actividad. Pero mientras haya ganaderos que sigan llevando sus animales, vecinos que acudan y una institución que apueste por mantener la cita, la feria seguirá siendo una ventana abierta a una parte de la historia rural de Sanabria.

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