Religión
A María por Jesús
"El amor cristiano sería un amor huérfano o deficiente si careciera de esa relación íntima con la madre de todos"

Virgen de La Soledad. / Archivo
El amor cristiano sería un amor huérfano o deficiente si careciera de esa relación íntima con la Madre de todos.
En ocasiones me gusta comparar el amor cristiano con el amor de una madre. Quizá en este mundo no haya otro amor que se le pueda parecer más o mejor. Por lo general, el amor materno es un amor entregado, sacrificado, que da sin esperar nada a cambio. Así es como los cristianos procuramos que sea también nuestro amor hacia los demás: un amor gratuito, como el de Jesús, que da la vida no solo por sus amigos sino hasta por sus enemigos.
Sin embargo, el amor de una madre —solo por el hecho de serlo— no significa que sea perfecto. Es un amor natural y, como tal, imperfecto. Solo el amor de nuestro Dios y Señor es un amor perfecto: es el amor de un padre con corazón de madre. A menudo nos puede resultar más fácil expresar y vivir la paternidad divina en nuestra vida creyente que su maternidad divina. Tal vez esa sea una de las razones por las que Dios quiso darnos a la Virgen María: porque es la figura maternal que nos muestra de forma perfecta esa maternidad de Dios hacia quienes somos sus hijos adoptivos.
Con razón podemos decir que el amor de la madre biológica es la primera mediación o la primera enviada que Dios pone en nuestra existencia para manifestarnos su amor. Dios se nos manifiesta, por tanto, en el amor de nuestras madres (claro, las que están en sus cabales). Ellas son reflejo maravilloso de la dimensión materna de Dios. Ahora bien, como decía antes, el amor de las madres no es perfecto. Sí que lo es, sin embargo, el amor de la Madre de Cristo. Él nos la ha entregado para que la tratemos también como nuestra propia madre.
El amor cristiano sería un amor huérfano o deficiente si careciera de esa relación íntima con la madre de todos. Se hace necesario, por tanto, que quien aún no la tenga o no la haya descubierto, se abra a dicha relación con María. Ella es, en definitiva, el camino más corto para llegar al Hijo. Donde está la Madre está el Hijo. Por otra parte, quien tenga con ella una relación devocional que dé el paso a una relación personal. Una buena manera de comenzar es pidiéndole a Dios con insistencia que María entre en tu vida; ya que tu vida está en la de María.
Después de Cristo no vamos a encontrar mejor compañera de viaje. Si el Hijo nos advierte lo mucho que necesitamos "nacer de nuevo" para abrirnos y avanzar en la vida nueva que nos ha traído, ¿puede haber mejor forma que "entrar en la placenta" de la Virgen Madre? Se trata de sumergirse en esa agua del Espíritu Santo que fecundó sus entrañas virginales y que también quiere hacer fecundo nuestro caminar, libre de aguas estancadas…
Muchas veces hemos dicho: "A Jesús por María", pero no es verdad menor que también podemos afirmar de corazón: "A María por Jesús".
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