La palabra
Lo que hace falta es lo que afirmaba san Agustín: "Camina por el hombre y llegarás a Dios"
"Tienen a Moisés y a los profetas; que los escuchen" (Lc 16,29).

Retrato de Jesucristo
Ignacio Enríquez Sobrino
En el evangelio de hoy, san Lucas presenta la parábola del hombre rico y del pobre Lázaro (Lc 16, 19-31). El rico personifica el uso injusto de las riquezas por parte de quien las utiliza para un lujo desenfrenado y egoísta, pensando solamente en satisfacerse a sí mismo, sin tener en cuenta de ningún modo al mendigo que está a su puerta. El pobre, al contrario, representa a la persona de la que solamente Dios se cuida: a diferencia del rico, tiene un nombre, Lázaro, abreviatura en hebreo de Eleázaro (Eleazar), que significa precisamente Dios le ayuda.
San Lucas, desde la honda sensibilidad humana y religiosa que le caracteriza, contrapone las bienaventuranzas de los pobres a los lamentos de los ricos (Lc 6,20-26). Quiere dejar bien claro desde un principio el sello personal de su mensaje subrayando el compromiso práctico que entraña el discurso programático de Jesús en el inicio de su ministerio público.
En esta ocasión el evangelio de Lucas recorre la problemática de la pobreza y la injusticia como uno de los temas transversales. Entre otras razones, porque le preocupaba el peligro que amenazaba a algunos cristianos de finales del siglo I: si no adinerados, sí acomodados en los confortables estándares de una vida mundana, holgada y despreocupada.
Hoy, Jesús nos encara con la injusticia social que nace de las desigualdades entre ricos y pobres. Como si se tratara de una de las imágenes angustiosas que estamos acostumbrados a ver en la televisión, el relato de Lázaro nos conmueve, consigue el efecto para agitar los sentimientos: "Hasta los perros venían y le lamían las llagas" (Lc 16,21). La diferencia está clara: el rico llevaba vestidos de púrpura; el pobre tenía por vestido las llagas.
El conflicto aparece no en la existencia de la figura de los ricos, sino en el uso indebido de las riquezas como veíamos en el evangelio del pasado domingo: "no podéis servir a Dios y al dinero" (Lc 16,13). El rico Epulón no es condenado por haber cometido determinadas injusticias, sino por la sencilla razón de no vivir más que para sí, por no compartir solidariamente su corazón y sus bienes con su vecino necesitado, su "prójimo". Lo que separa al uno del otro es la puerta cerrada de la casa del rico, su actitud despiadada hacia el que mendiga en su portal, siendo así que Lázaro es la oportunidad que le brinda el padre Abrahán para redimirse.
Este relato nos ha conmovido a lo largo de la historia y ha llevado a la conversión a multitudes, pero, ¿qué mensaje hará falta en nuestro mundo desarrollado, hipercomunicado, globalizado, para hacernos tomar conciencia de las injusticias sociales? La auténtica riqueza es llegar a ver a Dios, y lo que hace falta es lo que afirmaba san Agustín: "Camina por el hombre y llegarás a Dios". Que los "lázaros" de nuestro día a día nos ayuden a encontrar a Dios.
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