Se ha ido por fin Salvador Illa y lo ha hecho en el momento más duro de la pandemia, con las unidades de cuidados intensivos de los hospitales colapsadas, caos y confusión por las arbitrarias medidas restrictivas en las comunidades autónomas y la creencia de que el ritmo de las vacunaciones impide ser optimistas en esta tercera ola que cuenta, además, con la amenaza de nuevas cepas. Hay quienes sostienen, y todo parece indicarlo, que si no renunció hasta el último momento, tras ser designado candidato socialista a presidir la Generalitat, fue para aprovechar el viento demoscópico favorable. Sin embargo cuesta entender qué viento puede soplar a favor de este hombre después de su calamitosa gestión de la sanidad en una etapa difícil y sumamente delicada, pavorosa por decirlo de otra manera.

Illa llegó a un ministerio de bajo perfil de gestión, al tener cedidas las competencias a las autonomías, para cumplir con la cuota del socialismo catalán y por razones estratégicas del Gobierno. Nadie podía imaginarse entonces, como es natural, que se iba a encontrar con la mayor crisis de la sanidad de la reciente historia de España. Cualquiera con más luces y mejores dotes técnicas podría haber naufragado en el intento; Illa se hundió. Su fracaso no es que lo haga evidente la curva ascendente del virus, sino su control errático y partidista de la crisis, el atolondramiento a la hora de definir el riesgo y las medidas para contenerlo, la falta de previsión en la compra de suministros esenciales que todavía se percibe por la falta de jeringuillas para las vacunaciones. Primero fueron las remesas de mascarillas defectuosas adquiridas a China, etcétera. Hasta el chupinazo de la campaña de vacunación parecido al de los sanfermines y, acto seguido, el frenazo. No hablemos del tono propagandístico de él y su pareja de baile, el ínclito Fernando Simón. Muchos se preguntan por qué no lo acompaña en su nueva travesía. Suerte a Darias; hacerlo peor le resultará complicado.